Alberto Piris - rodelu.net |
11 de julio de 2007
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El enemigo en casa
Según una reciente encuesta realizada en el Reino Unido,
un número creciente de jóvenes musulmanes residentes en ese país, de
edades comprendidas entre 16 y 30 años, apoyan las versiones más
extremistas del islam y casi un 40% desearía vivir bajo las leyes
islámicas (la sharia). Tras los abortados intentos de atentado en
Londres y en el aeropuerto de Glasgow de la pasada semana, y en el
ambiente general de repulsa y temor al terrorismo islámico que se extiende
gradualmente entre las sociedades occidentales, tal reafirmación islamista
de los jóvenes musulmanes nacidos y educados en el Reino Unido está
preñada de serias amenazas.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Aunque el nuevo primer ministro británico, Gordon Brown,
ha manifestado su deseo de intensificar una campaña generalizada para
“ganar los corazones y las mentes de la comunidad islámica”, los indicios
más evidentes —como muestra la encuesta citada— no son nada positivos.
Para los más familiarizados con los modos de pensar de
los musulmanes europeos, es común interpretar que un amplio sector de su
juventud siente repulsión por una cultura secular que, como la occidental,
acepta libremente la ostensible transgresión de todo tipo de normas
morales y prohibiciones. En resumen: no desean “ser como nosotros”.
Partiendo de esa premisa, es fácil deducir que los esfuerzos de
integración en las sociedades de acogida están condenados al fracaso en
las actuales circunstancias.
Desbrozando todo lo accesorio en el problema del
extremismo islámico en las sociedades europeas, la principal conclusión a
la que se llega es que las políticas de integración no funcionarán bien,
porque la causa principal de la radicalización y el fanatismo es de
naturaleza religiosa, no política, ni social ni económica.
El Corán es de una gran crueldad contra los apóstatas,
los idólatras, los paganos o los que arrebatan a la comunidad islámica los
territorios conquistados. Aunque se aduce que la violencia implícita en
muchos preceptos del Corán que impulsan la guerra santa debe ser matizada
y atenuada por otros preceptos más transigentes del mismo texto, es
necesario convenir que en él se santifica y propugna con frecuencia la
violencia más extrema.
En esos preceptos religiosos encuentran su justificación
los terroristas suicidas, que hoy constituyen precisamente la modalidad de
terrorismo más difícil de combatir por los métodos tradicionales de las
fuerzas de seguridad, como muestra el reciente atentado sufrido en Yemen
por un grupo de turistas españoles.
Son bastantes los musulmanes que creen al pie de la letra
que sacrificando sus vidas por la religión alcanzarán de inmediato los
perfumados jardines del Paraíso donde les esperan las huríes, según se lee
en el Corán: “Sobre lechos con sábanas de brocado ellos se acostarán, y
los frutos de los dos jardines estarán al alcance de sus manos. Allí
estarán las jóvenes de mirada recatada, que ningún hombre ha tocado hasta
entonces. De ellos serán las huríes, de grandes y oscuros ojos, como
perlas ocultas bajo la concha, para recompensarles por los esfuerzos
realizados”.
Nada hay que objetar a los muchos especialistas en
islamología que aducen que una cosa son los textos sagrados y otra su
interpretación; y que recuerdan que en tiempos pasados “la literalidad de
los fundamentalistas islámicos dejó paso a una interpretación medieval más
alegórica” que permitía distinguir entre las leyes inmutables de su Dios y
las variables interpretaciones de los creyentes.
Pero la realidad del momento actual es muy otra y nada
parece todavía indicar que en el seno de las sociedades islámicas hoy
existentes ganen terreno y predominen las interpretaciones menos brutales
de los textos tenidos por sagrados. Las sociedades occidentales harían
bien en promover ese deseable renacimiento o ilustración que debe sufrir
el islam para dejar de lado la crueldad y la violencia que Al Qaeda
muestra hoy en todo su vigor. Pero mientras el musulmán creyente siga
pensando que conoce directamente la voluntad de su Dios y que actúa tal y
como ésta le indica, hay pocas esperanzas de renovación en la sociedad
islámica.
Ganar “los corazones y las mentes” de la comunidad
islámica no se facilita invadiendo por la fuerza sus países, sometiendo a
sus pueblos y humillándoles hasta los extremos por todos conocidos, como
sucede en Iraq o en Palestina. Pero promover una transformación del islam
desde dentro, único remedio eficaz que evitaría la sensación —hoy común en
muchos pueblos europeos— de que el enemigo está creciendo dentro de casa,
exige una finura intelectual y social, una capacidad diplomática y
cultural que la sociedad occidental moderna —esclava del consumismo y del
simple beneficio económico— no parece capaz de poner en práctica.
Publicado en Estrella
Digital de España el 10 de julio de 2007
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