Alberto Piris - rodelu.net |
29 de julio de 2007
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Europa ante la nueva Rusia
La esgrima diplomática que viene ejercitando
recientemente Moscú, y con la que parece llevar la iniciativa frente a
EEUU y la Unión Europea (UE), está poniendo de manifiesto la carencia en
Europa de una verdadera “política rusa”, digna de este nombre.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Uno de los objetivos del Gobierno de Putin es frenar el
continuo avance de la OTAN hacia las fronteras de la Federación Rusa,
hecho que —en su opinión— pone en tela de juicio la renacida capacidad de
Moscú para hacerse respetar como una gran potencia en todos los ámbitos
donde intenta mostrar su poderío: energético, económico, político, militar
y diplomático.
Del mismo modo que, en los años 70 del pasado siglo, la
política de Washington veía en el Extremo Oriente el juego de una caída de
fichas de dominó que llevaría al Sureste asiático a depender del comunismo
chino, el presidente ruso sospecha hoy que la teoría del dominó es
enteramente aplicable a la influencia de la OTAN en la Europa del Este, y
teme que la Alianza Atlántica extienda sus tentáculos a Moldavia, Ucrania
y, quizá a corto plazo, a Georgia.
La política imperial de zonas de influencia, que durante
el siglo XIX y parte del XX sembró Europa de graves conflictos bélicos,
está renaciendo en nuestro viejo continente. Lo malo es que, frente a esas
tensiones ya evidentes, Europa parece carecer de una política propia,
coherente y bien organizada. Algunos países europeos miran de reojo a EEUU
y siguen las insinuaciones que de allí les llegan, quizá sin advertir que
a Washington no le afecta mucho lo que desde allí se ve como simples
cuestiones intraeuropeas, aunque influyan directamente sobre la segunda
superpotencia mundial y rival —sólo en algunos aspectos concretos— del
imperio estadounidense.
Mientras los europeos perdemos vanamente el tiempo
discutiendo sobre los textos que han de regir nuestra Unión o incluso
sobre los nombres que hay que dar a los cargos de ésta (Ministro o Alto
Representante), cuestiones más importantes quedan de lado, como es la de
valorar la crítica importancia que tiene establecer un marco adecuado para
las relaciones entre la UE y la Federación Rusa, que acerque posturas
entre ambas partes y clarifique los frecuentes malentendidos que se
producen.
La suspensión del Tratado de Fuerzas Convencionales en
Europa (FCE) por Moscú no es sino un paso más en una larga serie de
desencuentros entre Rusia y Occidente. Este tratado, que se firmó en 1990,
tendía a rebajar las tensiones entre ambos bloques, al limitar las fuerzas
desplegadas en ciertas zonas geográficas de ambas partes, y beneficia por
igual a las dos, al permitirles una disminución del gasto militar. Pero la
OTAN no ratificó el acuerdo al exigir la previa retirada rusa de sus bases
militares en Moldavia y Georgia.
Sin embargo, nadie cree que Rusia pretende amenazar
militarmente a Europa. De lo que en realidad se trata es de una lucha por
esferas de influencia, como ocurrió durante la Rusia zarista o la Unión
Soviética, en zonas y territorios que a lo largo de la Historia han
cambiado en numerosas ocasiones de fronteras, de sistemas políticos y
hasta de nombre, y por donde se ha extendido, en conflictos incesantes, la
acción de los diversos imperios que nacieron y desaparecieron sobre la
vieja Europa.
Una nueva pugna se inicia en el triángulo Washington,
Bruselas, Moscú. La amenaza de la suspensión definitiva del FCE es una
baza en manos rusas, que juega en varios campos, incluyendo el futuro de
Kosovo respecto a Serbia, o el juego de farol relacionado con el escudo
antimisiles, algunos de cuyos componentes EEUU pretende instalar en
Polonia y la República Checa. Si a esto se une la cercanía de las
elecciones presidenciales en Rusia, es indudable que un endurecimiento de
la política exterior favorecerá a Putin o al previsible sucesor por él
designado.
Urge, pues, que los dirigentes europeos, por encima de
otras cuestiones que les enfrentan, se sienten a hablar con Rusia y
procuren hacerlo con una voz unánime, por difícil que esto resulte, habida
cuenta de las discrepancias ya habituales que tienen su asiento
principalmente en Londres o Varsovia. La inmediatez geográfica de esa gran
potencia que, desaparecida la URSS pero heredera de ella, busca su nuevo
lugar bajo el sol, así como los estrechos vínculos ya establecidos entre
la UE y Rusia, deberían ser las principales preocupaciones de la nueva
Europa que se pretende construir.
No deja de ser hipócrita el hecho de repudiar
reiteradamente al régimen de Moscú por sus rasgos de autoritarismo y
violencia política, y negociar con entusiasmo con Arabia Saudí o China,
donde cualquier germen de democracia es simplemente inexistente y el
respeto a los derechos humanos es asunto que ni se menciona..
Publicado en Estrella
Digital de España el 24 de julio de 2007
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