Alberto Piris - rodelu.net |
9 de agosto de 2007
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Lluvia de armas en Oriente
Como es sabido, Francia y EEUU han hecho pública
recientemente su decisión de incrementar la venta de armas a algunos
países situados en ese arco de creciente y muy grave inestabilidad, que se
extiende desde el Magreb hasta Pakistán, en el que abundan los conflictos
reales o potenciales y donde hoy está situado el más peligroso barril de
pólvora capaz de incendiar el mundo. Este hecho no oculta, sin embargo, la
presencia en dicha zona de otros países, también eficaces exportadores de
armas, entre los que Rusia ocupa una posición destacada y donde China
empieza ya a abrirse camino.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Obedece
esta dinámica armamentista a algún motivo de seguridad nacional de los
países importadores? Nada más lejos de la realidad. Tómese el caso de los
Emiratos Árabes Unidos, situados en el corazón de Oriente Medio, en la
embocadura del Golfo Pérsico, núcleo de la que es hoy la zona de más grave
conflictividad que ha conocido la historia de esta región.
Los siete emiratos que componen la federación tienen en
conjunto menos habitantes que la Comunidad Valenciana y, sin embargo, se
hallan a la cabeza de los países del citado arco de inestabilidad, en la
lista de compradores de armas durante el año pasado, en las que
invirtieron casi 1800 millones de euros, de los que más de la mitad se
embolsaron las empresas armamentistas de EEUU.
La dinámica que lleva a los Emiratos a armarse hasta las
cejas no obedece evidentemente al temor de ser invadidos por algún país
vecino. Los motivos son básicamente dos: por un lado, la acumulación de
grandes recursos económicos, obtenidos de la exportación de petróleo y gas
natural y, por otra parte, la presión vendedora de las grandes
multinacionales del armamento (acompañada de la presión política y
diplomática de los países a los que éstas pertenecen), que no pueden
perder tan excelente fuente de ingresos.
Todo ello está condicionado, además, por la situación
geoestratégica, ya que si los Emiratos hubieran estado, por ejemplo, en
Darfur, pasarían tan desapercibidos para el mundo como lo ha estado la
población de esta desértica región sudanesa hasta que el olor de la muerte
ha llegado a apestar en los pasillos de las cancillerías occidentales.
Con Rusia rearmando a Irán y Argelia, China haciendo lo
mismo con Pakistán, EEUU con Israel, Omán, Egipto, Kuwait, Túnez, los
citados Emiratos y Arabia Saudí, el entrecruzamiento de intereses
encontrados permite sospechar que esta lluvia de armas sobre una zona tan
críticamente inestable en muy poco va a contribuir a su seguridad y, menos
aún, a la futura pacificación.
La realidad es que el único beneficio tangible de esta
reforzada actividad armamentista es el que apuntarán en sus libros de
contabilidad los fabricantes de armas y, de rebote, los países donde éstos
radican. Del mismo modo que las armas que EEUU liberalmente ofreció a los
muyaidines afganos, para que éstos contribuyeran con su esfuerzo a
expulsar a la Unión Soviética de Afganistán, se volvieron luego contra los
propios soldados estadounidenses, con los efectos por todos conocidos, no
es descartable que en un futuro no muy lejano los misiles contracarro
“Milán”, que Francia ha vendido a Libia, acaben en manos de algún grupo
rebelde que los utilice contra los vehículos de combate franceses que,
bajo bandera de la ONU, acudan a pacificar algún otro país.
Al fin y al cabo, algo parecido ocurrió —aunque en
circunstancias muy distintas— en la guerra de las Malvinas, cuando aviones
y misiles de fabricación francesa, exportados a Argentina, hundieron uno
de los mejores navíos de la flota de Su Majestad Británica. Nunca se puede
garantizar cómo ni cuándo ni dónde van a ser utilizadas las armas que se
fabrican y se exportan, por muchas limitaciones legales que se pretenda
aplicar.
La lluvia de armas sobre Oriente que se nos anuncia no
anticipa un porvenir halagüeño. Hubiera sido preferible que, en vez de
armas, el chaparrón vertido sobre esa zona hubiera sido de denodados
esfuerzos diplomáticos a cargo de las más influyentes organizaciones
internacionales, de ayudas económicas para quienes en verdad las necesiten
y, sobre todo, de justicia y legalidad internacionales, aplicadas con
imparcialidad y no en función de los intereses exclusivos de las grandes
potencias y del clientelismo de las potencias menores.
No es ese el camino por el que hoy se mueven los
esfuerzos de la comunidad internacional, y pocos motivos se aprecian para
el optimismo.
Publicado en Estrella
Digital de España el 7 de agosto de 2007
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