Alberto Piris - rodelu.net |
2 de septiembre de 2007
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La guerra de los sargentos
Siete suboficiales del Ejército de EEUU publicaron el
pasado 19 de agosto un artículo colectivo en el diario estadounidense
The New York Times, con el significativo título: “La guerra, tal
como nosotros la vimos”. No se trata ahora, como ha ocurrido en algún caso
anterior, de altos mandos militares o cargos políticos de especial
responsabilidad que, una vez retirados de su actividad, por escrito y
públicamente critican la estrategia seguida por Bush en Iraq o en
Afganistán. Tampoco son las declaraciones —profusamente publicadas en EEUU
en los últimos tiempos— de soldados o de sus familiares, quejándose de las
condiciones en las que operan las tropas desplegadas en Iraq.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
El documento en cuestión tiene un especial valor por
tratarse, precisamente, de un grupo de suboficiales, esos mandos
militares, intermedios y esenciales, sin los que los ejércitos modernos no
podrían funcionar. Con un pie entre los soldados, relacionados
estrechamente con la tropa de los escalones inferiores de la jerarquía
militar, y con el otro pie en las planas mayores y núcleos de decisión
donde los mandos superiores planifican y deciden las operaciones, las
opiniones de un suboficial en campaña resultan imprescindibles si se desea
conocer la realidad militar del momento.
Es tanta la inmediatez con la que los autores estaban
viviendo la guerra que, antes de enviar el artículo y mientras éste era
redactado, uno de los siete firmantes recibió un disparo en la cabeza en
el curso de una misión y hubo de ser evacuado a un hospital de EEUU. No
son, por tanto, testigos lejanos —desde la blindada “zona verde” de Bagdad
o desde cualquier despacho en un cuartel general— de lo que allí está
sucediendo.
Muchos de los aspectos tratados en su artículo han sido
ya objeto de comentario en anteriores columnas aquí publicadas. Así ocurre
cuando afirman que “...una amplia mayoría de iraquíes se sienten cada vez
más inseguros y nos ven como una fuerza de ocupación que, tras cuatro
años, no ha logrado restablecer la normalidad; y cada vez será más difícil
conseguirlo si continuamos armando a todos los bandos enfrentados”. Este
asunto merece especial atención.
Bush no ha aprendido la más vieja lección de los ya
tradicionales errores políticos de su país. EEUU también armó a los que
luego formarían Al Qaeda, cuando decidió expulsar a la URSS de Afganistán.
Los suboficiales, que en su escrito dan una breve y atinada lección sobre
contrainsurgencia, indican que “crear aliados que combatan a nuestro
favor” es esencial para ganar esta guerra, pero sería necesario que esos
aliados “fueran fieles a quien les arma y organiza”. No sucede así: “Los
jefes de batallón (del Ejército iraquí) no tienen influencia sobre miles
de sus soldados que, en una cadena de mando anómala, sólo a sus propias
milicias profesan verdadera lealtad”. Los suníes, escasamente
representados en el gobierno y en las unidades militares, organizan sus
propias milicias, a menudo con el apoyo de EEUU, porque creen que es el
único modo de protegerse contra las milicias chiíes y frente a un gobierno
y una policía donde los chiíes son mayoría y se sirven de ella para
consumar sus venganzas.
En resumen, según los firmantes del documento, EEUU lucha
“en un alucinante contexto de enemigos muy decididos y de aliados poco
fiables”. En estas circunstancias, se reconoce que la deseable
reconciliación política solo se producirá en términos iraquíes, y no según
las exigencias de Washington: “No habrá soluciones que satisfagan por
igual a todas las partes, y habrá vencedores y vencidos. Solo nos queda
elegir el lado en el que nos situamos. Intentar satisfacer a todas las
partes en conflicto, como hacemos ahora, solo garantizará que a la larga
seamos odiados por todos”.
Tras recordar el deplorable estado en el que sobrevive
gran parte de la población iraquí, cuya principal preocupación es saber
“dónde y cómo tienen probabilidades de ser asesinados”, no pueden sentirse
satisfechos entregando paquetes de ayuda: “Necesitamos seguridad, no
comida gratis”, les reprochó un iraquí.
Para concluir, escriben: “Hemos de reconocer que nuestra
presencia puede haber liberado a los iraquíes de un tirano, pero también
les ha privado de su propia autoestima. Pronto advertirán que el mejor
modo de recuperar la dignidad perdida es llamarnos por nuestro nombre
—ejército de ocupación— y forzar nuestra retirada”.
No tema Bush, ni los altos jefes del Pentágono, aprender
con humildad la breve lección que unos suboficiales les dan con tersa
claridad. Como colofón, puntualizan: “No es necesario referirse a nuestra
moral. Como soldados comprometidos, cumpliremos nuestra misión hasta el
fin”. Porque saben que hay indicios más que sobrados para dudar de la ya
quebrantada moral de las tropas desplegadas en Iraq, cada vez más
extenuadas y desmotivadas, y a menudo constreñidas a protegerse a sí
mismas más que a cumplir las misiones que les son asignadas. Tarea esta
última en la que el cuerpo de suboficiales juega un papel decisivo en
todos los ejércitos del mundo.
Publicado en Estrella
Digital de España el 28 de agosto de 2007
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