Alberto Piris - rodelu.net |
9 de septiembre de 2007
|
Tres apuntes de fin de verano
Intimidades reales
En la página web de El Periódico se publicaba el
pasado jueves una noticia relativa al homenaje en Londres a Diana de
Gales, a los diez años del accidente en el que perdió la vida. En ella se
leía: “Por expreso deseo de los príncipes Guillermo y Enrique, la
ceremonia se mantendrá en la intimidad. Cerca de 500 invitados asistirán
al servicio, que será transmitido en directo tanto por la BBC como por la
cadena privada ITV”.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
No hay duda de que las cosas propias de las realezas
tienen poco en común con las de los demás mortales, carentes de sangre
azulada. Porque no es fácil entender cómo se puede considerar celebrada
“en la intimidad” una ceremonia a la que se invita a 500 personas y a dos
importantes cadenas de televisión. Pero si el lector desea averiguar a qué
puede deberse tan amplia extensión del llamado círculo íntimo, vea lo que
al respecto informó la BBC: “Forman parte de la lista de invitados los
antiguos miembros del personal que atendía a la Princesa, todas las damas
de honor y pajes que asistieron a su boda en 1981 y más de 110
representantes de organizaciones benéficas y de otro tipo con las que ella
estuvo relacionada”. A su lado, el ennoblecido cantante sir Elton John no
pasa de ser un simple invitado más.
Es evidente que la intimidad de las personas reales da
mucho de sí. De no ser así, además, no habría material suficiente para
alimentar a las revistas del corazón y de la prensa rosa, que podrán
explotar a fondo la descripción de los atuendos de ese medio millar de
invitados supuestamente íntimos.
No hubo milagro en Lourdes
Si los asuntos de las realezas reinantes están henchidos
de hechos chocantes, no menos cabe decir de otros asuntos relacionados con
las religiones también reinantes. El Corriere della Sera del pasado
miércoles recogía la sorpresa y el desconcierto de los peregrinos
aerotransportados desde Roma a Lourdes y regreso, en un vuelo chárter
fletado especialmente por el Vaticano (mediante su propia agencia de
viajes llamada “Obra Romana de Peregrinajes”), cuando en los controles
aeroportuarios de Tarbes fueron despojados de las usuales botellas de agua
milagrosa, producto de obligada adquisición por quienes viajan a dicho
destino.
A falta del deseable milagro que hubiera permitido a los
peregrinos atravesar sin problemas la molesta vigilancia antiterrorista
que tanto incordia hoy a los viajeros aéreos, sorprende la ignorancia y la
imprevisión de las jerarquías religiosas del famoso santuario mariano
—situado en la conocida villa de 15.000 habitantes y 230 hoteles— y la de
los comerciantes sacros de la plaza, al no organizar con tiempo la venta
de tan carismática agua en botellitas de 100 mililitros, para satisfacer
las normas vigentes en la aviación comercial.
Se trataba, en todo caso, de un vuelo de prueba, en un
ambicioso plan que incluye peregrinaciones aéreas a Fátima, Santiago de
Compostela, Jerusalén y Polonia. Es de imaginar, por tanto, que los
avispados vendedores de recuerdos sagrados de los santuarios
correspondientes a futuros vuelos vaticanos pondrán ya en práctica medidas
adecuadas para facilitar a los viajeros el viaje de regreso, y conocerán
de pe a pa cuáles son los artículos de recuerdo que pueden franquear los
controles sin necesidad de tener que implorar la milagrosa ayuda de los
cielos.
Los trajes del difunto y el honor del general
No solo puede sorprender al lector el número de invitados
a un acto supuestamente íntimo, sino también la posesión por una sola
persona de cerca de doscientos trajes, como publicaba hace unos días el
diario chileno La Tercera, al informar de que Augusto Pinochet, el
hijo del dictador chileno del mismo nombre, había puesto a la venta una
veintena de los trajes de su difunto señor padre en una céntrica sastrería
santiaguina. Al no caber todos en la misma tienda —puntualiza el diario—
otros trajes se ofrecerán también en diversos locales.
Llama la atención la candidez del sujeto al anunciar la
venta: “Lo único que puedo decir es que esos trajes son usados, incluso
por mí. Mi padre me los regaló hace mucho tiempo”. Los trajes, algunos,
pues, doblemente usados, se cotizan en torno a los 1000 dólares (unos 740
€).
Entre
el honor y el dinero, lo segundo es lo primero”, dice el viejo refrán
español. La estirpe de los Pinochet satisface bien el proverbio, pues no
hay que olvidar los conflictos que todavía rodean a la oculta herencia del
general y sus cuentas secretas en el extranjero. ¡Con la de veces que él
aludió enfáticamente al honor en muchas de las alocuciones pronunciadas
durante su dictadura!
Publicado en Estrella
Digital de España el 4 de septiembre de 2007
|