Alberto Piris - rodelu.net |
16 de septiembre de 2007
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Ben Laden ayuda a Bush
Cualquier ciudadano estadounidense que, preocupado u
horrorizado por la peligrosa deriva antidemocrática que en EEUU han
sufrido los derechos humanos y la política nacional (mentiras oficiales
para la invasión de Irak, cárceles de Guantánamo y Abu Ghraib, vuelos de
la CIA, prisiones secretas en el extranjero, violación continua de la
intimidad personal, etc.) como consecuencia de la guerra global
antiterrorista proclamada por Bush, hubiera empezado a advertir con alivio
que la opinión pública internacional mostraba cada vez más abiertamente su
oposición a tan abusivas prácticas, ya puede dar por perdida la esperanza.
Osama Ben Laden ha venido a echar una mano a Bush con el reciente vídeo
difundido en todo el mundo, seis años después de los atentados del 11 de
septiembre en EEUU.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
No es coincidencia que el mismo día en que se publicaron
algunos detalles del citado vídeo el director de la CIA compareciera
públicamente con dos claros objetivos: asustar un poco más -si esto es aún
posible- a la población, no solo la de EEUU sino la de todo el mundo, y
defender sin el menor asomo de crítica interna las actividades de la CIA
que, con el pretendido objeto de capturar y destruir a los miembros de Al
Qaeda, no conocen límites legales ni morales y violan sin sonrojo las
normas internacionales sobre derechos humanos.
Parecería como si el comunicado de Ben Laden hubiera sido
preparado en el departamento de propaganda negra de la CIA. Aunque no
contiene ninguna amenaza concreta e inmediata, el recuerdo del 11-S sirve
para reavivar los miedos ocultos en los habitantes de EEUU: desde la
alusión a los “19 jóvenes que fueron capaces de cambiar el rumbo” de la
vida estadounidense (referida a los terroristas aéreos) hasta la risible
invitación a “abrazar el Islam”. Todo ello ha permitido al director de la
CIA, general Hayden, declarar que Al Qaeda “prepara atentados de gran
envergadura contra la nación americana”, atentados que, según él,
“causarían enormes daños materiales y tendrían importantes consecuencias
económicas”. Por si quedaba alguna duda, remachó: “Quiero ser lo más crudo
posible acerca del peligro que tenemos que afrontar”.
Hayden insistió en la conveniencia de seguir utilizando
cárceles secretas para confinar a los sospechosos de terrorismo, donde los
interrogatorios puedan llevarse a cabo sin restricciones. Afirmó que la
Agencia actuaría siempre dentro de la legalidad “pero en el límite de lo
que está permitido por la Ley”. A la vista de lo ocurrido a este respecto
desde el 11-S, está claro que, a pesar de sus eufemísticas declaraciones,
la tortura en sus diversos grados sigue estando a la orden del día entre
los métodos habituales de la CIA. El dimitido Fiscal General, Alberto
Gonzales, que en su día apoyó tales prácticas, se sentirá personalmente
reivindicado, aunque sea con retraso.
Como aviso a los “blandos” europeos, el general Hayden
dijo que la crítica que en Europa se ha hecho a los vuelos secretos de la
CIA y a la existencia de centros ilegales de detención en varios países de
la UE, ha sido mal dirigida y exagerada. Ya lo saben, pues, los diputados
del Parlamento Europeo y los miembros del Consejo de Europa, que en su día
se empeñaron en saber la verdad, tras las denuncias de algunos medios de
comunicación. Y que mostraron estar doblemente equivocados al apuntar sus
sospechas hacia la CIA —que es inocente, por definición y por voluntad de
su Director— y al ignorar, ahora sí culpablemente, que sus propios
gobiernos cerraban los ojos ante las tortuosas andanzas de la Agencia por
los aeropuertos europeos.
Aunque la cuenta de muertos en Iraq sobrepase ya con
mucho a la suma de todos los que perecieron en las Torres Gemelas, en el
Pentágono y en el avión que se estrelló en Pensilvania, y aunque la ruina
causada en aquel país supere en muchos órdenes de magnitud a los efectos
del 11-S en EEUU, el mito del 11-S volverá a actuar sin remedio. Ben Laden
lo sabe. Sabe que el mejor modo de ahogar la democracia e impedirla
desarrollarse, para que no pueda actuar como un espejo que deslumbre a
quienes todavía rigen su vida por los dictados de Alá, es tener
permanentemente asustados a los ciudadanos en los que debe sustentarse
todo esfuerzo democrático. Que los propios demócratas vayan poco a poco
destruyendo su democracia, limitando sus derechos y libertades, creando un
mundo orwelliano donde todos estén debidamente vigilados. Donde pedir que
se ponga fin a una ocupación injusta de un país extranjero sea tachado de
antipatriota. Donde recordar que la tortura es la más vil humillación que
un ser humano puede infligir a otro, se considere un acto dirigido a
socavar la seguridad nacional.
Osama y los suyos han jugado sus cartas, y el Occidente
ha respondido con lo único que sabe hacer Bush: más de lo mismo. En la
Casa Blanca, el vídeo de Ben Laden ha debido caer como agua de mayo y
quizá les haya sabido a poco. Con un par de ellos más antes de las
próximas elecciones, el triunfo del “bushismo” estará asegurado así como
su continuidad a través del presidente sucesor.
Publicado en Estrella
Digital de España el 11 de septiembre de 2007
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