Alberto Piris - rodelu.net |
21 de septiembre de 2007
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A de Alá
Desde 1996, año en el que los talibanes conquistaron
Kabul, la capital de Afganistán, hasta que a finales del 2001 fueron
expulsados del poder por la coalición militar dirigida por EEUU, el
régimen político impuesto por los “estudiantes del Islam” (es lo que
significa la palabra “talibán”) a la población afgana sometió al país a
una dura disciplina de vida.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Ese régimen fue la máxima expresión de la brutalidad
islamista: se prohibió la música, el cine, la televisión, la fotografía y
hasta el vuelo de las cometas, tan comunes en el país. Reclutaban por la
fuerza a un hombre de cada familia, o en cada tienda, local o comercio, o
entre los que poseían tierras. Si no podían pagar un sustituto eran
forzados a servir en el ejército de los talibanes. Los hombres que se
dejaran la barba demasiado corta podían ser azotados; las mujeres dejaron
de estudiar o trabajar y no podían abandonar el hogar a menos de ir
acompañadas de un miembro masculino de la familia. La aplicación estricta
de las leyes musulmanas convirtió al país en una tiranía teocrática sin
igual en el mundo.
Fue así como, incluso en las provincias de talante más
conservador e islámico, se vio con alivio la caída del régimen talibán y
la ocupación militar internacional que impuso un nuevo gobierno en Kabul.
La ocupación produjo dos consecuencias de efecto retardado: por un lado,
hizo concebir esperanzas a los afganos de una transformación beneficiosa
de sus modos de vida; por otro, el rápido y poco cruento derrocamiento del
talibanismo permitió que los iluminados estrategas del Pentágono
imaginaran que se podría hacer lo mismo con el régimen de Sadam Husein en
Iraq.
Ambos efectos han resultado ser muy negativos. La
desdichada invasión de Iraq se ha convertido ahora en el principal
problema que tiene que resolver EEUU y que afecta a toda la comunidad
internacional. Y las esperanzas de los afganos de mejorar sus condiciones
de vida se están evaporando ante la lenta reconstrucción del país, la
ineficacia del gobierno de Kabul, la inseguridad, la corrupción, el
aumento de la delincuencia y la reactivación del cultivo de opio como
factor básico de la economía. A esto se une el creciente número de
víctimas inocentes causado por las operaciones militares de las fuerzas
ocupantes, lo que aumenta el rechazo que éstas producen.
Pero hay poblaciones afganas donde no se teme la llegada
de los talibanes porque... ¡ya están allí de nuevo! En Musa Qala
(provincia de Helmand), por ejemplo, los talibanes restablecieron el
pasado mes de febrero su poder, nombrando al gobernador del distrito, al
jefe de policía y a los tribunales islámicos. Pero, conscientes de los
errores del pasado, introdujeron cambios para hacerse más aceptables por
el pueblo. Un jefe talibán declaraba: “Si la gente quiere ver la
televisión en sus casas u oír música, pueden hacerlo. No les diremos
nada”. Y añadía: “Todos pagan los diezmos a su muláh, y lo hacen
voluntariamente, nadie les fuerza”. No insistía en el hecho de que
cualquier afgano sensato se rascaría gustoso el bolsillo ante un talibán
armado y decidido a cobrar su religioso impuesto revolucionario.
Un residente local declaraba: “Nadie dice ahora al pueblo
lo que tenemos que hacer. Nos dejamos la barba o nos la afeitamos. Nadie
le molesta al que cultiva opio, que se compra y se vende a gran escala”.
Durante su anterior época en el poder, los talibanes eliminaron casi por
completo el cultivo de opio; ahora son más flexibles y se sospecha que
participan en los beneficios de su venta y exportación.
Pero los talibanes no han renunciado a sus principios
básicos: la emisora de radio local exhorta a los oyentes a unirse a la
yihad, emite canciones y marchas patrióticas sin acompañamiento musical y
es un foco permanente de agitación contra la ocupación militar. Intenta
con ello dominar el temor de los ciudadanos ante las represalias militares
efectuadas por las fuerzas de ocupación y por las del gobierno de Kabul,
que mantienen a la población en un estado de tensión permanente y fuerzan
a muchos a emigrar.
Algunas escuelas han reabierto, aunque la mayoría están
derruidas. Se prohíbe la coeducación y, en tanto no se construyan nuevos
centros escolares, las niñas permanecen en sus casas: “No nos oponemos a
la enseñanza. Apoyamos las escuelas que educan de acuerdo con la cultura
afgana y la ley islámica —afirma un jefe talibán— pero controlamos bien lo
que en ellas se enseña. Por ejemplo, queremos que en nuestra escuela, al
enseñar el abecedario, se diga ‘A de Alá’ y no, como antes, ‘A de Anor’
[anor significa “granada”], ‘Y de Yihad’...”.
Triste sino, pues, el de los afganos. Se ven obligados a
seguir viviendo entre las imposiciones absurdas de una teocracia adusta y
las explosiones de las bombas lanzadas por los ocupantes extranjeros, que
con ellas pretenden hacerles libres y democráticos. Bombas destructoras
por un lado y religión opresora por otro. Este parece también el sino de
gran parte de la humanidad, que no muestra muchas señales de progreso al
adentrarse en el siglo XXI.
Publicado en Estrella
Digital de España el 18 de septiembre de 2007
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