Alberto Piris - rodelu.net |
27 de septiembre de 2007
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Del sah de Persia al presidente Bush
De nada suele servir lamentarse a toro pasado de los
errores históricos que han traído larga cola de sangre y calamidades a
muchos pueblos de la Tierra, cuando no a toda la humanidad. Esto es así
porque es fácil refutar ese tipo de historicismo, señalando que las
circunstancias en el pasado eran otras, que el ámbito cultural aceptaba
tales o cuáles prácticas —hoy rechazadas o tenidas por abominables— o que
el equilibrio de poder entonces reinante hacía obligada la toma de ciertas
decisiones cuyos efectos no podían preverse en aquel momento.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
A esto último cabe responder diciendo que, aunque a nadie
pueden exigírsele dotes adivinatorias, siempre es responsabilidad de los
que ejercen el poder político el anticipar con la mayor precisión posible
las consecuencias de sus decisiones, no sólo a corto plazo, sino también
los efectos a más larga distancia temporal. Y esto aunque la visión a
largo plazo vaya a contrapelo de las necesidades democráticas que suelen
poner el límite de la perspectiva, todo lo más, en una o dos
confrontaciones electorales, porque estas necesidades de inmediata
perentoriedad ciegan las visiones a muy largo plazo, que son las que, en
último término, conforman el devenir de los pueblos y dan sentido
histórico al quehacer de sus gobernantes.
Que a finales del siglo XIX el Imperio Británico,
entonces dominador de medio mundo, en estrecha cooperación con los
pujantes Estados Unidos de América del Norte, propiciara la creación en
Palestina de un “hogar judío”, y que esta decisión se materializara en
1917 en la “Declaración Balfour”, por la que Londres garantizaba el
establecimiento en Palestina de una “patria nacional para el pueblo
judío”, son las raíces de uno de los más graves problemas que tiene que
afrontar hoy la comunidad internacional —y que nadie previó en su
momento—, desde que Ben Gurión proclamó en 1948 la creación del Estado de
Israel y se desencadenó la catástrofe palestina.
Las consecuencias de aquellas decisiones se están hoy
pagando con sangre, se agravan año tras año y son causa de nuevas
decisiones, a cuál más desacertada, como las que, tomadas en Washington en
el último decenio, han llevado al callejón sin salida que es hoy Oriente
Próximo, y a la eclosión de un terrorismo fanático de base religiosa, de
deletéreos efectos.
Entre los graves errores estadounidenses del pasado, que
han llevado a la caótica situación actual en muchas partes del mundo,
cobra hoy especial importancia la intervención, a través de la CIA y con
la inevitable cooperación británica, que en 1953 derribó en Irán el
régimen democráticamente elegido del primer ministro Mossadeq, para
reinstalar en el poder al joven sah Reza Pahlevi, con los resonantes
títulos de “Rey de reyes” y “Luz de los Arios”, tan querido después por
las revistas españolas del corazón, con su rutilante uniforme cubierto de
condecoraciones y su bella y estéril esposa. (Cuando ambos visitaron
Madrid, el 10 de junio de 1958, quien firma estas líneas, joven teniente
de Artillería, formaba con sus soldados a lo largo del paseo de la
Castellana, en honor a tan distinguidos huéspedes del general Franco).
Los sucesivos gobiernos de Washington consideraron al
despótico y corrupto régimen del sah como el bastión imperial de EEUU en
el corazón de Oriente. Fue EEUU quien rearmó sus ejércitos y formó a sus
militares, y el que adiestró a la temible policía secreta del sah, la
Savak. Pero fue precisamente el programa “Átomos para la paz”, patrocinado
por el presidente Eisenhower, lo que puso a Irán en el camino de esa
nuclearización que tanto preocupa hoy al Gobierno de EEUU, hasta el punto
de hacerle batir los tambores de guerra.
El golpe del 19 de agosto de 1953 fue el hito que marcó a
medio plazo el declive de EEUU en la zona, aunque Washington se frotó las
manos por el aparente éxito inicial de la operación. En realidad, su
principal efecto fue el de poner fin a un interesante capítulo del
movimiento democrático iraní, que pretendía recuperar el control de los
recursos nacionales en beneficio del pueblo. Cuando en 1979, tras 25 años
de reinado, el sah huyó al exilio, el recuerdo de la intervención de EEUU
en el golpe de 1953 intensificó la animadversión iraní hacia Washington.
Hoy día, en este largo periodo final de la nefasta
presidencia de Bush en EEUU, hay voces que muestran su temor porque éste,
para lavar su deteriorada imagen, pueda iniciar una nueva aventura militar
contra Irán, so pretexto de destruir el programa nuclear de este país.
En vez de escuchar a los halcones del Pentágono y a los
neocons que le asesoran, mejor haría Bush en atender el consejo del
general Abizaid, antiguo jefe del Centcom (mando militar de EEUU en
los territorios de África nororiental, Oriente Próximo y Asia central),
quien afirmó: “Hay muchos modos de convivir con un Irán nuclear. Veamos:
hemos vivido con una Unión Soviética nuclearizada; hemos vivido con una
China nuclear, y estamos conviviendo también con otros países nucleares”.
Pero es de temer que, a tenor de lo observado en la intervención militar
de EEUU en Iraq, no sean la razón y el juicio ponderado los que determinen
las decisiones, sino el fanatismo y la cerrazón mental.
Publicado en Estrella
Digital de España el 25 de septiembre de 2007
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