Pero el paralelismo no puede ir más allá. Comparada con
el cerrado régimen soviético de la época, sobre el que sólo unos analistas
tenidos por “kremlinólogos” podían aventurar algunos tímidos juicios, la
república estadounidense presenta una cristalina transparencia en muchas
de sus actividades políticas, y el desconcierto que rodea a la actividad
de EEUU en Iraq obedece más a la ineptitud y a la descoordinación que a un
oculto y desconocido designio.
Ese desconcierto, que no ha logrado ser disipado ni por
las intervenciones ante el Congreso de los dos máximos responsables,
político y militar, allí destacados, ni por las repetidas declaraciones de
Bush, anunciando limitados planes de retirada gradual de tropas, obedece
sobre todo a una triple realidad: no existe todavía una estrategia
definida para salir del embrollo iraquí; el mismo recurso al engaño y a la
mentira que condujo a la invasión del país se está utilizando ahora para
confundir a la opinión pública sobre la situación real de Iraq y las
falsas esperanzas de pacificación; y, por último, en ningún momento se ha
tenido la intención de abandonar el país de modo definitivo y regresar al
anterior statu quo.
Necesitado de prestar atención a Irán y a Israel así como
a Turquía (sin olvidar Siria), teniendo presente el petróleo, agitando la
bandera de la guerra contra el terrorismo (una de las muchas
condecoraciones que ostentaba el general Petraeus en su exposición ante el
Congreso es la “Medalla del Expedicionario en la Guerra Global contra el
Terrorismo”), incapaz de reconocer los errores anteriores y de excusarse
por ellos, empecinado en mantener el rumbo aparente de una política
exterior que hace ya muchos meses se le fue de las manos (y de la que el
ex presidente Aznar fue fiel colaborador en su momento), Bush se ve
imposibilitado de transmitir a su pueblo la imagen que tanto ha cultivado:
la del íntegro y resuelto Comandante en Jefe, cuyo pulso no vacila y que
busca al enemigo allí donde se encuentre y lo aniquila, al más puro estilo
del legendario John Wayne.
Pero ahora, obligado por la opinión pública a tomar
decisiones concretas sobre Iraq, Bush sólo ha sido capaz de inventar una
frase para los titulares del día siguiente: “return on success”, es
decir, retirada tras el éxito. Expresión que nada resuelve, porque no
existe una vara de medir que señale cuándo y cómo se alcanza el éxito. Si
algo mostró la presentación audiovisual del general Petraeus en el
Congreso fue que los gráficos, tablas y estadísticas pueden servir para
ilustrar cualquier tendencia favorable; basta con elegir los datos y los
parámetros más propicios e ignorar los perjudiciales. Un detalle pasó algo
inadvertido: al preguntarle a Petraeus si las operaciones efectuadas en
Iraq, por él descritas y alabadas, aumentaban la seguridad interior de
EEUU, el general rehusó responder. Fue incapaz de llevar el engaño hasta
tan burdo extremo.
Con una frase tan resonante como imprecisa, el general
indicó que la estrategia a seguir es: “from leading to partnering to
overwatch”. Es decir, que se pretende pasar de dirigir la ocupación
militar de Iraq, a compartirla con los iraquíes y, por último, a
simplemente vigilarla. Es lo mismo que se intentó hacer en Vietnam, con el
resultado por todos conocido. La fórmula, pues, poco tiene de original y
sí de augurio de un nuevo fracaso.
Con ese modo peculiar que tiene Bush para hablar en
público, intercalando pausas durante las que pasea su mirada sobre los
oyentes y pliega la boca en un enigmático rictus (como si se preguntara:
¿habrán entendido mi brillante idea?), declaró que, si se produjera la
retirada, el día siguiente sería sangriento y terrible para los iraquíes,
en lo que puede concedérsele cierta parte de razón. Pero no se le ocurrió
siquiera insinuar que todo eso era debido a la invasión por él tramada y
ejecutada, y a la irresponsable actuación de los conquistadores desde el
primer momento de la ocupación, y no a la crueldad e incivilidad propias
del pueblo iraquí, como algunos turiferarios del presidente vienen
afirmando en la prensa que le es adicta.
No se avista, pues, solución al embrollo iraquí en el que
unos iluminados Bush, Blair y Aznar metieron al mundo, para mayor gozo de
Al Qaeda y sus terroristas afines. Embrollo cuyas consecuencias siguen
afectando muy negativamente a toda la humanidad, aunque sean los iraquíes
los que estén pagando hoy el más oneroso tributo de sangre.
Publicado en Estrella
Digital de España el 9 de octubre de 2007