Alberto Piris - rodelu.net |
18 de octubre de 2007
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La guerra en los suburbios
Cómo haya de evolucionar la guerra en el futuro ha sido
siempre preocupación, no solo de los ejércitos, que han de ejecutarla
sobre el campo de batalla, sino también de los que tienen la grave
responsabilidad de decidirla y dirigirla: los gobernantes. Pero la
historia de las guerras muestra lo difícil que es adivinar la evolución de
este fenómeno social. A lo largo de toda su vida profesional, los
militares estudian con detalle cómo hacer las guerras del pasado, que es
lo que se explica, por lo general, en las academias militares de todo el
mundo. Y cuando en éstas surge algún espíritu iluminado que aventura
nuevas teorías, el fracaso suele acompañarle.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Pocos años después de concluida la Segunda Guerra
Mundial, la organización de los ejércitos, sus tácticas y estrategias se
empezaron a regir por el previsible uso del arma nuclear. Pues bien,
ningún artefacto de este tipo se utilizó en combate después de Nagasaki,
aunque el mundo estaba —y, en parte, sigue estando— erizado de proyectiles
nucleares de muy distinto tipo, listos para ser utilizados. En cambio,
algunos de los ejércitos vencedores de aquella contienda, poseedores de
los más modernos medios de combate, fracasaron al abordar nuevos tipos de
guerra no previstos, como ocurrió a Francia en Indochina y Argelia, a EEUU
en Vietnam o a la Unión Soviética en Afganistán.
Desde entonces, y como siempre ha ocurrido, la guerra
sigue presentando facetas mutantes en muy rápida evolución. Los Balcanes,
África, Oriente Medio han sido escenarios de intervenciones militares que,
siguiendo el principio antes enunciado, se abordaban utilizando los
instrumentos mentales y materiales propios de conflictos anteriores, no
siempre en consonancia con el problema real planteado.
Desde hace mucho tiempo, un apartado secundario de los
manuales tácticos de todos los ejércitos suele tratar del llamado “combate
en localidades”, es decir, en zonas urbanas o pobladas, del mismo modo que
se dedican secciones especiales a las peculiaridades del combate “en
montaña” o “en bosques”. Siempre ha sido evidente que las características
de la lucha en esos espacios físicos implican condicionamientos que
obligan a hacer excepciones a lo que suele ser el empleo de las armas
combatientes en terreno abierto.
No es preciso mostrar dotes adivinatorias para intuir que
el modo de combatir que hoy se practica en Iraq y en Afganistán va a
determinar en gran manera la evolución de la guerra. En un mundo en el que
el campo está cada vez menos poblado y aumenta velozmente el número de
habitantes que se refugian en las ciudades —y, sobre todo, en los extensos
y enmarañados suburbios de las capitales del mundo menos desarrollado—,
los enfrentamientos armados más complejos se producirán en esos nuevos
teatros de operaciones.
Más de mil millones de personas habitan ya en los
degradados cinturones suburbiales de las grandes capitales del mundo,
cifra que crece al ritmo de unos 25 millones al año. Si a esto se une el
hecho de que son esos suburbios el lugar donde con más facilidad anidan y
se multiplican algunos modernos factores de inestabilidad que afectan a
toda la humanidad (fanatismo, miseria, opresión, explotación, etc.), las
perspectivas que esto presenta son harto preocupantes.
En EEUU se estudia ya cómo hacer frente a este nuevo tipo
de guerra. El investigador estadounidense Nick Turse escribe: “El
Pentágono ha decidido prepararse para cien años más de guerra contra los
diversos núcleos de los inquietos y oprimidos pueblos de los suburbios”.
Sus expertos —afirma— se disponen a afrontar “una lucha interminable que
la Historia les indica que nunca podrán ganar”, pero que producirá enormes
destrucciones, desestabilizará naciones enteras y acarreará más y más
muertes de personas inocentes.
Su famosa DARPA (Agencia para Proyectos de Investigación
Avanzada de Defensa) ya estudia los nuevos instrumentos necesarios.
Vehículos aéreos de observación, muy pequeños y no tripulados, que puedan
cubrir el cielo de las ciudades y transmitir información instantánea a los
mandos militares. Instrumentos para observar a través de muros y paredes y
permitir penetraciones rápidas en todo tipo de edificios. Armas que en vez
de afectar solo a individuos aislados produzcan simultáneos efectos
paralizantes en grandes aglomeraciones. La imaginación no tiene límites.
No hay que ser muy suspicaz ni mal pensado para sospechar
que el desarrollo de tácticas e instrumentos para controlar multitudes
suburbiales hostiles en países extranjeros puede tener también
aplicaciones de índole puramente local, al servicio de la seguridad de los
Estados. La dinámica investigadora en este campo procede, por tanto, no
solo de los ejércitos sino también de las fuerzas policiales, en una
peligrosa sinergia multiplicadora, sin olvidar los intereses de las
grandes corporaciones prestas a fabricar y vender los nuevos instrumentos
bélicos de tan universal aplicación.
Que la guerra en los suburbios pueda ser la sucesora de
la guerra nuclear en las preocupaciones humanas es un claro síntoma del
desquiciamiento que parece aquejar hoy a vastos sectores de la humanidad.
Publicado en Estrella
Digital de España el 16 de octubre de 2007
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