Alberto Piris - rodelu.net |
23 de octubre de 2007
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Ilustración: Alex Falco, artista gráfico cubano
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La trampa afgana
Afganistán es una espina clavada en el costado de la
opinión pública española desde que nuestros soldados se hallan de
guarnición en ese inestable país, con el bienintencionado propósito de
contribuir a su reconstrucción y asegurar su futura estabilidad. Es cierto
que lo hacen observando la plena legalidad nacional e internacional (la
misma que fue vulnerada cuando otras tropas españolas apoyaron en el 2003
la invasión angloamericana de Iraq), por lo que a este respecto nada hay
que objetar. Pero las circunstancias que definen hoy la situación en
Afganistán arrojan más sombras que luces y obligan a una permanente
reflexión sobre la necesidad de continuar con la misión.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
No es España una excepción. En Alemania, país cuya
implicación militar en Afganistán es parecida a la española (sus soldados
tampoco combaten directamente a la insurgencia, como sí hacen canadienses,
holandeses e ingleses) aunque despliega allí un número mayor de tropas, el
porcentaje de ciudadanos que en los dos últimos años apoyan la
participación militar de su país en misiones de pacificación ha descendido
del 46% al 34%, y el de los que se oponen a tales misiones ha pasado del
34% al 50%. Datos de gran interés, que no dejarán de tener repercusiones
políticas en cualquier proceso electoral, como las elecciones federales
alemanas de dentro de dos años.
La situación política en Afganistán se hace cada vez más
confusa y se advierte que el gobierno de EEUU no muestra mucha coherencia
sobre cómo abordarla. En los últimos tiempos, tanto desde Washington como
desde Kabul se han escuchado repetidas declaraciones oficiales que
anunciaban la inminente destrucción de todo residuo talibán en el país.
Este hecho no se ha producido sino, al contrario, todo indica la lenta
pero progresiva recuperación de los talibanes, no solo en aquellos lugares
donde han recuperado el poder local, sino también ante la opinión pública
afgana, cansada de sufrir los efectos de una ocupación militar extranjera
que no reporta los beneficios que tanto se pregonaron y sí mucho
sufrimiento y humillación.
Por eso causó mucha sorpresa la declaración del
presidente Karzai, a finales del pasado mes de septiembre, ofreciendo
participar en el gobierno de Kabul a dos destacados individuos muy
buscados por el contraterrorismo estadounidense: el mulá Omar,
conocido jefe talibán hoy en la clandestinidad, y el caudillo local
Hekmatyar, responsable de innumerables crímenes.
Hay que tener presente que Karzai no hubiera formulado
esa oferta sin contar con el previo asentimiento de EEUU, lo que deja en
mal lugar a la política de Bush, que por un lado sigue haciendo ondear la
bandera de la guerra global contra el terror, y bajo cuerda extiende la
mano —a través de Karzai— al terrorismo talibán. Éste no aceptó la
propuesta del presidente afgano, pues ponía como condición indispensable
la salida inmediata de todas las tropas extranjeras del país, lo que
Karzai no puede aceptar, ya que son éstas las que en la práctica sostienen
su capacidad de gobierno, por menguada que sea.
Los países de la OTAN cuyas tropas están desplegadas en
Afganistán deberían mirar con aprensión la posible entrada de talibanes en
el gobierno de Kabul. La idea no es nueva, pues ya fue propuesta en 2003
por quien entonces era embajador de EEUU en Kabul. Tanto éste como Karzai
son de origen pashtún —la misma etnia de los talibanes— y veían con
buenos ojos que los talibanes “moderados” pudieran iniciar una vía de
participación en el gobierno. Esto alarmó entonces a los dirigentes de las
otras etnias afganas, que recordaban el despótico gobierno talibán que
sometió al país a un tiránico régimen islamista durante cinco años.
La situación es, por tanto, muy delicada y puede derivar
hacia extremos que hagan difícil a la OTAN continuar su misión. Afganistán
no es un país homogéneo, sino una creación del colonialismo británico de
finales del s. XIX, para aislar su dominio en la India de la Rusia
Imperial. Además de los pashtunes, que constituyen la mayor minoría
étnica (y que pueblan también las zonas fronterizas de Pakistán), hay
otros grupos que forman una mayoría no pashtún y que están
vinculados con los otros países limítrofes (Irán, Turkmenistán, Uzbekistán
y Tayikistán). Estos grupos, ante el temor a una nueva hegemonía talibana,
no vacilarían en rearmarse y seguir a sus caudillos militares locales, que
podrían ser apoyados desde los citados países y desde otros Estados más o
menos interesados en esta zona, como Rusia, India o China.
Habría que temer, en esas circunstancias, un
recrudecimiento de los enfrentamientos étnicos afganos, ante los cuales
los contingentes militares de la OTAN, incluido el español, poco o nada
podrían hacer sino sufrir los graves efectos de una prolongada y
sangrienta guerra civil. Los gobiernos europeos cuyos soldados prestan hoy
en Afganistán funciones de pacificación y reconstrucción deberán valorar
esta hipótesis y prever, en su caso, la rápida retirada de los
contingentes allí desplegados.
Publicado en Estrella
Digital de España el 23 de octubre de 2007
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