Alberto Piris - rodelu.net |
31 de octubre de 2007
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A coces en el tren
La secuencia videográfica más difundida por los medios de
comunicación españoles durante la semana pasada fue la de un espécimen
humano, de género masculino y edad juvenil, coceando el rostro de una
joven que probablemente era la primera vez en su vida que le veía, pero
quien, con toda seguridad y mal que le pese, tendrá que aceptar que a
partir de ahora su destino estará en cierta forma vinculado al de su
agresor, no sólo a efectos mediáticos sino también jurídicos y sociales.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Es difícil saber cuántas veces las cadenas españolas de
televisión han podido complacerse emitiendo la citada secuencia, que fue
grabada por una cámara de vídeo situada en el vagón del ferrocarril donde
se produjo la agresión. Como dato orientador, cabe recordar que durante un
solo informativo, en la sobremesa del pasado miércoles 24, en una cadena
de ámbito nacional se repitió el fragmento en cuestión hasta siete veces
en menos de media hora. Llegaba a producir desazón tanta insistencia en
difundir semejante ejemplo de irracional brutalidad humana.
Cualquier aficionado a la equitación sabe de sobra que un
caballo no cocea sino cuando se siente amenazado o su instinto le lleva a
proteger los cuartos traseros, allí donde sus ojos no pueden ver la
aproximación de algún peligro. Pero el individuo que pateó la cara de la
joven que con él compartía el vagón no se defendía de nada ni se protegía
de ningún riesgo. Su coz fue un modo de agresión —que le debió de resultar
cómodo e instintivo— contra un ejemplar de su misma especie cuyo aspecto
exterior, simplemente, no le complacía. Ni los caballos se comportan de
ese modo.
No comentaré ahora los extraños y, para muchos,
incomprensibles vericuetos seguidos por los órganos judiciales implicados
en el caso, ni las variadas interpretaciones de las decisiones adoptadas
(¿delito o falta?, ¿prisión o libertad?), máxime cuanto que en estos días,
precisamente, no está la Justicia española en un punto de alta
consideración popular. Tampoco voy a aludir a la conducta posterior del
agresor (¿arrogancia o simple chulería?), ampliamente difundida, ni la
voracidad de algunos medios de comunicación, dispuestos a pagar lo que sea
necesario para conseguir alguna exclusiva en relación con el caso, aunque
esté protagonizada por un individuo tan poco recomendable. Dejemos, pues,
a esos medios pasar de una basura a otra sin sentir vergüenza. Parece que
es lo suyo.
Conviene hacer alusión al comportamiento del testigo
presente en la escena, al que algunos reprochan su pasividad, precisamente
cuando en el mismo día en que por vez primera se difundía la secuencia
aquí comentada se publicaba una noticia relativa a un joven que intentó
mediar en otra agresión y murió a consecuencia de su abnegada actuación.
En un vagón poco concurrido, como el de este caso, pocos se atreverían a
hacer frente a un individuo de cuya chulesca y violenta actuación (mantuvo
impasible un teléfono junto a la oreja mientras agredía a la muchacha)
podría intuirse alguna propensión a esgrimir una navaja. No todos pueden
ser héroes en cualquier momento. Resulta, además, reprobable el hecho de
que su rostro no fuera velado en la copia del vídeo que se difundió
públicamente, lo que le ha ocasionado después ciertas molestias. Asunto
éste que lleva de nuevo a considerar lo embarazoso de algunas situaciones
que la proliferación de cámaras de vídeo, con vistas a aumentar la
seguridad urbana, puede llegar a producir en circunstancias insospechadas.
Es necesario también reflexionar sobre el hecho de que la
gran relevancia mediática de este incidente se debe a una circunstancia
meramente coyuntural: el que una cámara de vídeo hubiera registrado la
agresión y que la secuencia grabada en ella haya sido puesta en manos de
los medios de comunicación. Un sondeo efectuado en la prensa catalana esos
días dio como resultado natural una abrumadora mayoría en favor de la
instalación de cámaras de vigilancia en el Metro barcelonés. No obstante,
del mismo modo que se ha demostrado que la pena de muerte no disuade a los
asesinos, es de temer que la presencia de cámaras de vigilancia tampoco
sea la panacea contra los habituales delincuentes urbanos. Lo que se
advierte en los numerosos vídeos sobre atracos a joyerías, donde se
observa que las medidas de seguridad resultan ineficaces para impedir el
delito, aunque luego faciliten la detención del delincuente.
Aludo en último lugar al racismo. Si un agresor se
comporta del modo por todos visto porque cree identificar en la muchacha a
una inmigrante, lo mismo hará cuando identifique a rivales deportivos,
vecinos que le son molestos, compañeros de trabajo con los que no se
entiende, etc. Pero es seguro que el hecho de enfrentarse a una mujer, más
joven y débil que él, incapaz de defenderse eficazmente, estimuló su
cobarde agresión. En estos casos sólo el temor a encontrar una respuesta
firme puede inhibir la innata brutalidad del cobarde bravucón. Las
academias que enseñan defensa personal para mujeres podrán explotar con
mucho éxito el vídeo en cuestión.
Sólo una educación ciudadana abordada a todos los niveles
de la enseñanza pública será capaz de crear, a la larga, esas bases
indispensables para una pacífica convivencia en las que se sustenta toda
civilización que merezca la pena.
Publicado en Estrella
Digital de España el 30 de octubre de 2007
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