Alberto Piris - rodelu.net |
6 de noviembre de 2007
|
Otra vez Marruecos
El Reino de Marruecos “llamó a consultas” a su embajador
en Madrid a fines de la pasada semana, cuando se hizo pública la visita de
los Reyes a Ceuta y Melilla. Digamos que, en la era de las comunicaciones
inmediatas y universales, cualquier consulta que el Gobierno de Rabat
tuviera que plantear a su representante diplomático en la capital de
España, para aclarar pormenores o escuchar sus opiniones, no haría
necesario que éste se trasladase a Marruecos.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Pero el lenguaje diplomático está lleno de sutilezas para
los no iniciados, y del mismo modo que una “nota verbal” es un escrito
formal, redactado conforme a unas normas rígidas e inmutables, y no tiene,
por tanto, nada de oral, una “llamada a consultas” tampoco tiene nada de
llamada ni de consulta, sino que es un modo de mostrar desagrado por
alguna decisión adoptada por el Gobierno ante el que está acreditado el
embajador en cuestión. Es una forma atenuada de retirada del embajador,
reduciendo temporalmente el nivel de la representación diplomática y
mostrando explícitamente un enfriamiento en las relaciones entre ambos
países.
También en lenguaje diplomático, el Gobierno del país que
sufre esta medida puede replicar adoptando análoga decisión y retirando a
su embajador, si desea mantener la presión y, probablemente, agravar un
poco más la situación. Por el contrario, puede no darse por aludido y
dejar las cosas como están, a la espera de que ulteriores medidas
apaciguadoras y el paso del tiempo hagan retornar las relaciones a su
nivel normal y enfriar definitivamente el conflicto. Al escribirse estas
líneas, ésta parece ser la postura adoptada por el Gobierno de España y la
tónica moderada con la que acaba de comenzar la visita.
No es nada nuevo el hecho de que las relaciones
hispano-marroquíes sufran, a veces de modo imprevisto, altibajos notables,
a causa de los varios intereses conflictivos existentes entre ambos
países. Pero como también son numerosos los intereses coincidentes, de ahí
que estos periodos febrífugos que elevan de cuando en cuando la
temperatura de la relación entre ambos países no sean de muy larga
duración y no lleguen a alcanzar el punto de no retorno. No debe
sorprender que todo esto ocurra entre dos Estados que en el pasado se han
enfrentado en varias ocasiones y cuyos “lazos históricos”, a los que tan a
menudo se alude en sentido encomiástico, han dejado impresa en ellos la
nefasta huella del colonialismo y sus inevitables secuelas.
Todo lo anterior no quita importancia a la decisión
adoptada por Marruecos ni evita la posible agravación del conflicto. Es
siempre peligroso, en cualquier país, azuzar a la opinión pública en uno u
otro sentido y, una vez excitada, adoptar las decisiones apropiadas para
satisfacerla. Y mucho más peligroso es, todavía, dejarse arrastrar por
esta dinámica, tan poco controlable, cuando lo que se desea es distraer a
la ciudadanía de otros problemas internos, agitando el señuelo de una
antigua y popular hostilidad exterior, como a menudo ha hecho en el pasado
el Gobierno de Rabat.
No constituye un alivio de la actual tensión saber que en
ambas ciudades españolas “se ha desatado la euforia patriótica”, o que los
miembros del fantasmal Parlamento del vecino país consideren la visita
“una seria provocación y un ataque al pueblo marroquí”, y organicen
manifestaciones para mostrar su hostilidad a España. Y no porque las
expresiones de patriotismo español y marroquí, respectivamente, no tengan
ciertos fundamentos comprensibles, sino porque el apasionamiento ciego
puede llevar a estallidos de violencia, si en lo que es legítima
aspiración de unos pueblos se infiltran actividades agitadoras, siempre
decididas a llevar el agua a su molino.
Es, pues, muy recomendable para las autoridades de ambos
países mantener la calma y encontrar, por el momento, el punto de
equilibrio entre el innegable derecho de los Reyes de España a visitar dos
ciudades españolas, y el del Gobierno y el pueblo marroquíes a expresar su
permanente reivindicación sobre ellas —a las que llaman “ciudades
expoliadas”—, dentro de los términos de pacífica y obligada convivencia
entre dos pueblos vecinos.
En poco contribuyen al éxito del viaje real declaraciones
como las del diputado del PP Gustavo de Arístegui, máxime cuando fue su
partido el que más complicó las relaciones hispano-marroquíes y al que
evidentemente molesta hoy el hecho de que haya sido un Gobierno socialista
el que haya propiciado la primera visita oficial de los Reyes a las dos
ciudades africanas. Considerar ésta en simple clave electoral revela tanta
ruindad como todo lo que ha rodeado a la esperpéntica actuación del
principal partido de la oposición en torno al juicio y sentencias dictadas
por los atentados del 11M.
Por último, no se asuste el lector si escucha una nueva
amenaza de “Marcha Verde” contra Ceuta o Melilla. Todo eso forma parte de
la dinámica del actual conflicto, pero se puede sospechar que ni los
intereses españoles ni los propiamente marroquíes resultarían beneficiados
si la tensión subiese hasta tan peligroso punto. Es de esperar y desear
que la razón se imponga a la pasión, también en Rabat.
Publicado en Estrella
Digital de España el 6 de noviembre de 2007
|