Alberto Piris - rodelu.net |
13 de noviembre de 2007
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La credibilidad de la OTAN
Despidiéndose de sus familiares en el aeropuerto
de Gran Canaria, los soldados de guarnición en el archipiélago que estos
días parten hacia Afganistán, para relevar a las unidades españolas allí
desplegadas, mostraban su ilusión por participar en una misión que les
permite romper con las rutinas cuarteleras. A la vez, eran conscientes de
que iban a correr nuevos riesgos, aunque se consideraban bien preparados
para afrontarlos: “Para eso hemos sido instruidos”, manifestaba un joven
cabo. Añadía que ayudar al pueblo afgano, tras todo lo que éste ha venido
padeciendo, le parecía una misión noble y digna de su empeño.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Así suele suceder siempre; en los escalones operativos de
las unidades militares lo que inicialmente predomina es la ejecución de la
misión, el espíritu de equipo, el compañerismo y la ilusión colectiva,
sentimientos propios de muchos jóvenes cuando afrontan nuevas e inéditas
responsabilidades.
Ese estado de ánimo es muy distinto del que, según
algunas encuestas, aqueja a las tropas de EEUU en Iraq, donde cada vez son
más los soldados que solo piensan ya en sobrevivir y regresar vivos a
casa. No creen apenas en la importancia de su misión, recelan de las
grandilocuentes palabras de sus dirigentes políticos y solo confían en el
buen hacer profesional de sus compañeros: en el soldado que tienen al lado
cuando sufren una emboscada o en el que les cubre con sus armas cuando
hacen una descubierta.
Es también de sobra conocido el hecho de que, en Iraq,
llega a prevalecer la necesidad de protección propia de cada unidad
militar sobre la ejecución de la misión: “Yo cuido de mis hombres, y que
los iraquíes se las apañen como puedan”, declaraba un mando intermedio
estadounidense que no quiso revelar detalles sobre su nombre o su unidad.
Es comprensible que así sea, cuando los principales responsables políticos
y militares de la ocupación de Iraq dan ejemplo viviendo aislados en el
interior de la fortificada “zona verde” bagdadí, cada vez más
desconectados de lo que sucede al otro lado de sus muros.
Volviendo a Afganistán, se observa también una diferencia
entre lo que se discute en los más altos niveles del mando
político-militar otánico y la ilusión del joven soldado canario. En la
reunión que la OTAN celebró en Holanda el pasado mes, para tratar
cuestiones relativas al despliegue en Afganistán, afloraron sentimientos y
pareceres muy poco aleccionadores. Si por un lado EEUU exigió a sus
aliados europeos un incremento del esfuerzo militar en el país asiático,
otros miembros europeos de la OTAN mostraron opiniones distintas.
Es sabido que España —como Alemania, Francia (hasta
ahora) e Italia— no autoriza la libre participación de sus soldados en las
operaciones contra los talibanes, sino que limita su intervención a las
tareas de reconstrucción local. Sin embargo, la extensión de la actividad
insurgente a nuevas zonas del país hace que también las misiones de
reconstrucción impliquen a menudo amenazas que es preciso afrontar
militarmente. El tono general de la reunión reveló un asunto peligroso; de
lo que en ella se escuchó cabe sospechar que a los aliados no les preocupa
tanto la suerte del pueblo afgano como un concepto mítico de difícil
valoración: “la credibilidad” de la Alianza. Hubo pleno acuerdo al hacer
hincapié en que la misión afgana no debe fracasar, porque no solo el
futuro de Afganistán está en juego, sino también el prestigio de la OTAN.
Cuando se trata de valorar prestigios propios, el terreno
que se pisa se hace resbaladizo y aumenta la posibilidad de tomar
decisiones basadas en conceptos y valoraciones imprecisas, pero con alta
carga emotiva. Es significativa la opinión de un analista de un instituto
estratégico británico, que declaró: “Lo que estamos viendo aquí es que
algunos miembros de la OTAN se consideran parte de esta misión y desean
que tenga éxito, pero no quieren correr los riesgos que los otros
afrontan”. De ahí a la áspera pugna entre los aliados sobre modos y formas
de participación, hay un paso muy corto y ya se ha dado.
Pero la realidad es que el tiempo corre, la misión se
empantana, la reconstrucción se retrasa y los talibanes se recuperan en
zonas donde el ejército afgano no puede frenarlos, ante el cansancio de un
pueblo que empieza a estar harto de la ocupación. Los mandos militares de
la OTAN piden más tropas y su Secretario General afirma que ya disponen
del 90% de lo previsto.
No es la credibilidad de una OTAN creada para defender a
la Europa Occidental de la amenaza soviética lo que más debiera preocupar,
sino el modo de no agravar todavía más la caótica situación que en Oriente
Medio han creado las iluminadas “visiones” estratégicas del fanático
presidente de EEUU, quien para hacer frente al terrorismo del 11-S solo
supo lanzar sus bombas sobre unos pueblos indefensos.
Publicado en Estrella
Digital de España el 13 de noviembre de 2007
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