Alberto Piris Alberto Piris - rodelu.net
20 de enero de 2008

¿Hace falta cantar el himno nacional?

Un viejo corresponsal de varios medios de comunicación latinoamericanos en Oriente Medio, que de cuando en cuando me telefonea para preguntarme sobre cuestiones españolas, cuando se relacionan con el área geográfica de su interés, me llamó hace unos días para averiguar detalles sobre un asunto que había provocado su curiosidad. Acababa de leer en Internet que se había elegido un texto para el himno nacional español. Una “lírica”, me decía, traduciendo directamente la palabra inglesa lyrics: la letra de una canción.

Alberto Piris
General de Artillería en la Reserva
No acababa de entender, me dijo, si es que España había creado un nuevo himno después del franquismo, o si los españoles habían decidido modificar su himno, en atención al septuagésimo aniversario de su monarca, de cuya celebración había tenido noticias simultáneamente. Al fin y al cabo, me recordó, los británicos también cambian la letra de su himno, según sea hombre o mujer quien ciña la corona. Pensé que estaba de broma, pero se extendió en divagaciones sobre los himnos nacionales de ciertos países, que le interesaban debido a una monografía que, al parecer, prepararía sobre esa materia cuando se retirase a su ciudad natal.

Hube de aclararle que el himno nacional de España nunca ha tenido texto oficial y, por tanto, no es cantable. Le dije que, en el pasado, ciertos creadores habían propuesto algunas letras que alcanzaron muy poco éxito entre la población, donde si unos las consideraban enfervorizadoras, otros las tomaban a chirigota.

Además, añadí, hay que tener en cuenta que las graves y sangrientas vicisitudes interiores que nuestro país sufrió durante el siglo XX, que él conocía someramente, habían hecho difícil que todos los ciudadanos de España, en su conjunto, se sintieran representados por una misma partitura musical en forma de himno nacional. Himnos y banderas, utilizados con fines partidistas y de enfrentamiento, acaban desvalorizados para amplios sectores de los pueblos, como es de sobra sabido y en lo que mi interlocutor estaba de acuerdo.

“Claro —me apuntó—, entonces serán los militares, los soldados, los que habrán deseado tener un himno patriótico, para cantar en sus desfiles y actos solemnes ¿no es así?”. Sentí desengañarle, informándole de que los soldados españoles disponen de diversos himnos con los que excitar sus ardores guerreros, y que no era por ahí por donde iban los tiros, expresión ésta que comprendió sin dificultad, a pesar de su aparente doble sentido.

Cuando le dije que lo que él había leído se refería a una propuesta hecha a medias por un órgano deportivo y por una agencia que vela por los derechos de los cantautores, le tocó mostrar su perplejidad. Perplejidad que fue en aumento cuando le detallé que el origen de esta iniciativa se hallaba en los estadios deportivos y en los triunfos de algunas selecciones nacionales españolas.

“Lo que quieren, entonces, es un himno deportivo ¿es eso?”, me replicó con lógica aplastante. Me vi en la obligación de precisar la cuestión: “Nuestros deportistas se quejan de que son los únicos que no tienen nada que cantar cuando se iza su bandera y suena por los altavoces el himno nacional, en honor de alguno de sus éxitos”.

Es de suponer, convinimos ambos, que Nadal, ganando un partido de tenis en solitario, no expresaría deseos de entonar un solo, por patriótico que fuese, al recibir un premio; pero otras selecciones deportivas, más nutridas, sí desean, al parecer, poder desahogar sus pulmones, celebrando sus triunfos con el himno cantado a coro. Además, añadí, si el estadio está en España, toda una multitud de espectadores queda con la boca abierta cuando suena su propio himno, sin poder corearlo. No es cosa de despreciar tanta potencia sonora y deportiva.

Concluí mis explicaciones diciéndole que lo que había leído era sólo una propuesta, no oficial, hecha por dos organismos privados que nada tienen que ver con el Estado. Y que deberá ser tramitada antes de su aceptación definitiva, trámite que exigirá recabar medio millón de firmas a los ciudadanos, antes de iniciar la discusión parlamentaria que la aprobará o rechazará.

Cuando mi corresponsal colgó, releí despacio el texto propuesto al alimón por el COE y la SGAE. Hay que convenir en que, como posible himno nacional, tiene la ventaja, sobre otros contemporáneos y de notoria fama, de que no exige que nos lancemos a tomar las armas para matar enemigos y lograr que su sangre riegue nuestros resecos surcos, como en la vecina Francia; tampoco menosprecia a los demás países, como proclaman enfáticamente los alemanes. Ni incurre en resonantes y enigmáticas grandilocuencias, como la argentina “Oíd, mortales, el grito sagrado”, la colombiana “¡Oh, gloria inmarcesible!” o la boliviana que invoca al “hado propicio”.

Eso tiene la ventaja de que, si finalmente no es aceptado, dada la inanidad del texto sugerido bastaría cambiar unas pocas palabras para utilizarlo como himno de algún colegio, de esos que cantan los chavales en una entrega de premios. Su autor no habría trabajado en balde. Porque, y esto es lo que muchos nos preguntamos, ¿tanta falta hace ahora, en verdad, poder cantar el himno nacional?


Publicado en Estrella Digital de España el 15 de enero de 2008

 
PORTADA ALBERTO PIRIS