Alberto Piris - rodelu.net |
26 de enero de 2008
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Suicidas en Kabul
El lunes de la pasada semana tuvo lugar en Kabul un
audaz atentado suicida, ejecutado por un grupo de cuatro talibanes. La
acción no ha tenido mucho eco en los medios españoles de comunicación, a
pesar de que la implicación de nuestro país en la difícil posguerra que
viene padeciendo el desdichado pueblo centroasiático debería hacernos
prestar más atención a esas noticias.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Ciertos detalles específicos permiten valorar mejor lo
ocurrido. El atentado se produjo en el hotel Serena, un lujoso
establecimiento de cinco estrellas, utilizado habitualmente por los
extranjeros que visitan la capital afgana o trabajan en ella, apenas
separado un centenar de metros de la residencia oficial del presidente
Karzai.
En el mismo hotel se halla la embajada de Australia, que
no se vio afectada por el hecho, aunque se estudia su traslado a otra zona
más segura. Por otra parte, el ministro noruego de Asuntos Exteriores se
encontraba en el hotel en ese momento y resultó ileso, aunque en el
atentado murió un periodista de la misma nacionalidad. El número de
víctimas fue relativamente reducido —en relación con la magnitud del
atentado—, apenas una veintena entre muertos y heridos, frente a los 35
muertos de los que se jactó posteriormente el comunicado oficial talibán.
En éste se decía: “Hemos prometido mostrar al mundo la debilidad del
Gobierno de Kabul. Si podemos llevar a cabo una acción como ésta en las
mismas narices de Karzai, ¿quién nos impedirá alcanzar los objetivos que
nos propongamos?”.
El atentado se ejecutó con una nueva táctica, lo que ya
se había anunciado a finales del pasado año. Ésta implica primero el uso
indiscriminado de armas de fuego y, después, la activación de explosivos
en la modalidad suicida. Cuatro terroristas, disfrazados de policías,
irrumpieron en el hotel: uno fue abatido en la recepción tras un tiroteo
contra los responsables de la seguridad interior del edificio, lo que no
le impidió activar el cinturón explosivo que portaba. Otro hizo lo mismo
en el salón principal, lanzando a su alrededor una lluvia de bolas de
acero. Un tercero repitió la operación en la sauna, tras llegar a ella
disparando en todas direcciones. El cuarto se dio a la fuga, no se sabe
bien si debido a un cambio de ideas o por cumplir un plan preconcebido.
Ese cuarto individuo, que no disparaba, iba grabando con
una cámara el desarrollo de la operación. Localizado y detenido
posteriormente, la cámara fue recuperada por la policía, que mostró a los
periodistas parte de su contenido.
Por esas fechas el presidente Bush, durante su gira por
Oriente, se reunía con diversos dirigentes árabes, mostrando una vez más
su irrefrenable verbosidad. Su secretaria de Estado hubo de cerrarle la
boca en una ocasión, para impedir que siguiera profiriendo
inconveniencias. Al aludir públicamente y en tono humorístico, en ese
mismo momento, a la discreta nota que le acababa de pasar la Sra. Rice,
intentó dar la imagen de un hombre sin complejos ni vergüenzas, pero lo
que surgió del incidente fue la figura de un tosco individuo a quien el
ejercicio de la diplomacia le viene muy ancho.
Así que, llevado por su deseo de mostrarse amable con los
aliados saudíes —esos dirigentes tan democráticos y deseosos de comprar
armas estadounidenses—, a fin de mostrar su sintonía personal con ellos,
afirmó en una entrevista ante las cámaras de televisión: “Además, nosotros
rezamos al mismo Dios”. De tal berenjenal teológico sobre la unicidad de
ambos dioses los talibanes de Kabul le sacaron pronto. En un vídeo grabado
antes de partir para ejecutar el atentado, uno de los suicidas proclamaba:
“Hago esto por Alá; no por ningún grupo ni por ninguna persona”. Los
talibanes, pues, mataban en nombre de Alá a los que rezaban al Dios
cristiano, dejando en mal lugar las agudas intuiciones religiosas de Bush.
Según declaró un portavoz talibán: “Vamos a seguir
atacando de este modo en muchos más lugares. Hemos asaltado el hotel
porque en él se alojan extranjeros. Sabemos que no son militares, pero
matándolos forzaremos a sus ejércitos a abandonar nuestro país”. La
dirección de la policía afgana manifestaba una opinión distinta: “Son un
enemigo incapaz de mantener el territorio, que no pueden hallar refugio
entre el pueblo y no saben hacer otra cosa que atacar suicidándose. Los
talibanes no nos atacan de frente. Por eso siguen matando gente con
atentados de este tipo”.
Ambas declaraciones se complementan: los talibanes
recurren a la estrategia de la guerrilla, tanto urbana como campesina,
eludiendo siempre que pueden el enfrentamiento directo, pero sin rehuir el
sacrificio personal suicida, lo que multiplica ominosamente su eficacia.
Ante esta realidad tan peligrosa, de poco servirán los esfuerzos del
presidente Bush, durante la citada gira, por orientar hacia Teherán la
animosidad de los estados árabes, mientras ignora el deterioro de la
situación en Afganistán y se engaña a sí mismo con la pretendida difusión
de la democracia en Oriente Medio, irradiada desde el ocupado Iraq. No hay
peor ciego que el que no quiere ver.
Publicado en Estrella
Digital de España el 22 de enero de 2008
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