Alberto Piris - rodelu.net |
29 de enero de 2008
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La tragedia de Gaza
Es la brutalidad del Israel de los últimos decenios (la
misma que, en realidad, empezó ya a ejercitar cuando se creó el Estado en
1948, aunque entonces iba disfrazada con un velo de humana solidaridad y
una sensación de justicia social) la que ha contribuido a la amplia
difusión de las patéticas imágenes de la tragedia que sufre el pueblo
palestino que habita en la franja de Gaza.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
De ese modo, el propio gobierno israelí ha contribuido a
provocar en la opinión pública mundial amplios y crecientes sentimientos
de rechazo, que empiezan a hacer mella en lo que hasta ahora ha venido
siendo la habitual toma de posición ante los problemas causados por
Israel. Ésta consiste en una mezcla de tres factores: el púdico silencio
frente a las violaciones de los derechos humanos y la negativa a aceptar
las resoluciones de Naciones Unidas; el apoyo y la ayuda al Estado de
Israel en múltiples formas, por acción y omisión; y, por último, la
aberrante pero común idea de que el pueblo que sufrió la barbarie nazi,
ante la mirada cómplice de tantos dirigentes destacados del mundo
occidental, disfruta de una especie de bula que le permite ignorar a su
gusto la legislación internacional.
Bula de la que es evidente que carece el pueblo
palestino, especialmente los que habitan en la franja de Gaza. Éstos, en
el libre ejercicio de esa democracia que tanto preocupa a los gobiernos
occidentales, eligieron en enero de 2006 a sus representantes en el
Consejo Legislativo Palestino, dando el triunfo a Hamás. Cuando en marzo
del mismo año se formó un gobierno que reflejaba los resultados de las
urnas, se decretó el bloqueo internacional de Gaza, apoyado conjuntamente
por EEUU, Israel y la Unión Europea. Cuando en junio de 2007, tras un
golpe de estado contra el presidente de la Autoridad Palestina, Hamás se
hizo con el control total de la franja, Israel estrechó el bloqueo,
estrangulando definitivamente a la población de Gaza y encerrando en la
franja a un millón y medio de palestinos, privados desde entonces de los
más elementales recursos de vida.
El muro que fue parcialmente derribado en la mañana del
23 de enero pasado es la más evidente muestra del aislamiento a que Gaza
ha estado sometida. Pero toda acción agresiva provoca una reacción y desde
que se inició el bloqueo los militantes de Hamás y de la Yihad palestina
han venido disparando misiles contra las poblaciones israelíes próximas a
la franja. Según informes de origen israelí, durante los dos últimos años
las acciones terroristas de ambas organizaciones han matado a 24
ciudadanos israelíes y a 13 miembros de sus fuerzas armadas.
Frente a esto, Israel aceleró el ritmo de los llamados
asesinatos selectivos, como consecuencia de lo cual han muerto centenares
de personas. Durante los dos últimos años, según informa el diario
Haaretz, las operaciones militares mataron a 816 personas en Gaza,
de los que 360 eran civiles no vinculados a ninguna organización
terrorista; 152 tenían menos de dieciocho años de edad y 48 no llegaban a
los catorce. Extraiga el lector sus propias consecuencias de los datos
anteriores a la hora de valorar la tragedia que se abate sobre la
población palestina.
Las perspectivas son nefastas. Las recientes
conversaciones de Anápolis exigían, como premisa para establecer contactos
previos entre el gobierno de Israel y la Autoridad Palestina, que el
presidente palestino cooperase con Israel para destruir a Hamás y someter
por la fuerza al pueblo de Gaza a su autoridad. No se hacía en ellas
alusión alguna a la reunificación política del pueblo palestino, premisa
lógica e ineludible para iniciar unas conversaciones de paz entre judíos y
palestinos, que no fueran simples concesiones benévolas de Israel al
pueblo ocupado sino un reconocimiento cabal de los derechos de éste. Solo
un gobierno de unidad nacional palestina podría sentarse a negociar con
Israel los términos de un futuro acuerdo de paz. Pero esto no parece que
interesa hoy en Washington ni en Jerusalén.
Los palestinos, derribando el muro y saltando a Egipto
para proveerse de lo que en su tierra no pueden conseguir, han extendido
ahora el problema al vecino país, que no puede limitarse a refrenar a las
muchedumbres que cruzan la frontera. Y han puesto de manifiesto la débil
posición del gobierno de El Cairo, que por un lado desearía ver destruida
a Hamás, organización gemela de los Hermanos Musulmanes egipcios, la
principal oposición a su régimen, y por otra parte no puede ignorar el
apoyo popular que en Egipto suscita la causa palestina.
Tres dirigentes políticos gastados y desacreditados, como
son el egipcio Mubarak, el israelí Olmert y el palestino Abbas, tienen
ante sí la imposible resolución de un problema que aumenta la
inestabilidad de unos países situados en una de las más críticas zonas del
globo terrestre. Europa y EEUU se juegan mucho en esta crisis, pero sus
propios problemas internos y la ceguera de algunos de sus dirigentes les
impiden adoptar una visión a más largo plazo, única que podría alumbrar
una solución eficaz.
Publicado en Estrella
Digital de España el 29 de enero de 2008
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