Alberto Piris - rodelu.net |
12 de febrero de 2008
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Europa ante Afganistán
La reunión a nivel ministerial de la OTAN, que tuvo
lugar en la capital de Lituania la semana pasada, ha puesto de manifiesto
las discrepancias entre los países miembros de la Alianza sobre cómo
afrontar la crítica situación en la que se encuentran las tropas
desplegadas en Afganistán.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Lo que con más claridad ha salido a la luz es el sordo
enfrentamiento entre los cuatro aliados (Canadá, Estados Unidos, Holanda y
Reino Unido) que actúan en las zonas oriental y meridional, luchando
contra la resistencia talibana en operaciones de mayor riesgo y sufriendo
mayor número de bajas que los demás, y los que sólo participan
oficialmente en las tareas de reconstrucción humanitaria, en el norte y
oeste del país, como es el caso de España (así como de Alemania, Francia e
Italia, entre otros).
Estas discrepancias, no obstante, vienen aquejando a la
misión de la OTAN desde un principio y son producto de una situación que
ha sido bastante común en diversos conflictos anteriores, pero no
suficientemente analizada en el caso de Afganistán. Es el intento de
llevar a cabo operaciones de reconstrucción y pacificación mientras siguen
vivos los rescoldos de la guerra que produjo el caos que se trata de
reparar y se desarrollan a la vez operaciones puramente militares para
aniquilar los restos de la resistencia local.
Se trata de un viejo dilema, sobradamente conocido en los
círculos dedicados a la ayuda humanitaria. La forma de resolverlo no está
clara: ¿hay que esperar a que cese la guerra para iniciar la
reconstrucción? O bien: ¿se puede trabajar en tareas humanitarias mientras
continúa la violencia armada? Las teorías al respecto son muy variadas y
los ejemplos de situaciones similares vividas recientemente en otros
países no permiten definir una fórmula definitiva y de aplicación general.
Pero por comprometida y peligrosa que sea tan confusa
situación, mucho más peliagudo es descubrir lo que en dicha reunión apenas
salió a la luz y, por tanto, apenas fue objeto de comentarios. El núcleo
del problema es que, para los europeos, en general, el modo como perciben
la situación afgana viene condicionado por los propios problemas
interiores de la Unión Europea. Dicho brevemente: Europa contempla a
Afganistán más como un medio o un instrumento que como un fin en sí mismo.
Un medio para reforzar su escasa coherencia política y para cuajar un
proyecto de ámbito internacional que refuerce las débiles estructuras
comunes de política exterior y de defensa.
En un artículo publicado en El País el pasado 7 de
enero, Joschka Fischer, que fue ministro de Asuntos Exteriores y
Vicecanciller de Alemania, se lamentaba de que Occidente estaba
dilapidando “sus éxitos” en Afganistán, por falta de compromiso y de
previsión. Por no empeñarse allí con más medios y voluntad más firme.
Afirmaba que si esta misión fracasara “Europa tendría que pagar un precio
inaceptablemente elevado y el futuro de la OTAN estaría en peligro”.
Estas palabras revelan con insultante sinceridad cómo
para algunos destacados políticos europeos el destino del pueblo afgano,
su desventurado presente y su incierto futuro, es decir, el mayor o menor
bienestar en su vida cotidiana, si bien sirven de justificación para la
intervención militar de la OTAN en ese país, son, en último término,
asuntos secundarios en relación con los intereses propiamente europeos (la
consolidación política de la Unión, el planeamiento y la ejecución de una
política exterior y de seguridad común, la pugna soterrada por la
hegemonía entre los grandes países europeos, etc.), entre los que no
conviene ignorar la supervivencia de la OTAN, tras haberse esfumado el
enemigo que la hizo nacer y encontrarse a la búsqueda de nuevas misiones
que la vuelvan a hacer necesaria.
Se lamentan los dirigentes políticos por Europa, más que
por el pueblo afgano. Aunque en este momento muchos soldados de la OTAN,
incluidos los españoles, estén desempeñando una loable y necesaria misión
de ayuda humanitaria, lo que en las cúpulas políticas y militares se
percibe es, por encima de todo, una instrumentalización de la crisis
afgana por motivos puramente europeos y otánicos.
No se escuchan tantos lamentos por el sufrimiento diario
de los afganos como por el desdoro y la humillación que un fracaso final
de las operaciones actualmente en desarrollo podría suponer para el
prestigio de la Unión Europea y el de la OTAN, y por el obstáculo que eso
supondría para la evolución futura de ambas entidades. Es como si la
Policía de un país antepusiese el prestigio de su propia imagen y el
“honor del Cuerpo” a la seguridad de la población; o como si una
corporación municipal diera más importancia a la reputación de su ciudad
que al bienestar de los ciudadanos.
Publicado en Estrella
Digital de España el 12 de febrero de 2008
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