Alberto Piris - rodelu.net |
19 de febrero de 2008
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Los Balcanes, en erupción
La declaración unilateral de independencia de Kosovo,
formalmente anunciada en el Parlamento nacional el pasado domingo, es un
acontecimiento político preñado de graves riesgos para el futuro, a pesar
de estar apoyado por EEUU y varios países de la Unión Europea.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Por otro lado, es indudable que la continuidad de la
situación anterior se revelaba en la práctica como imposible. Tal
situación se vino manteniendo desde que la intervención militar de la OTAN
en 1999 puso fin a la guerra que había desencadenado el gobierno de
Belgrado contra los insurgentes del Ejército de Liberación de Kosovo.
Las negociaciones que intentaron resolver la inestable e
imprecisa situación política de la vieja provincia serbia, conducidas
primero por el finlandés Ahtisaari, en nombre de la ONU, y después por el
trío constituido por EEUU, la UE y Rusia, no alcanzaron el deseado
desenlace. Fue imposible llegar a un acuerdo sobre cómo interpretar la
resolución 1244 de la ONU, aprobada en junio de 1999, que exigía lograr
“una solución política a la crisis de Kosovo”, pero sin especificar cuál
podría ser tal solución. De nuevo, la habitual asepsia diplomática del
Consejo de Seguridad más que curar una herida la dejaba emponzoñarse en la
infructuosa esperanza de que sanase por sí sola.
Ante ese texto, la UE ha definido su postura mediante un
documento conjunto en el que se declara que la independencia de Kosovo, si
no estaba explícitamente contenida en la letra de la resolución 1244, sí
lo estaba en su espíritu: “La actuación para poner en práctica una
situación final [de independencia] es más compatible con las intenciones
de la 1244 que seguir bloqueando una situación que todos consideran
insostenible”.
Por su parte, Serbia y Rusia esgrimen otras razones: un
estado soberano, como es Serbia, no ha otorgado la independencia a Kosovo
y, no existiendo resolución alguna del Consejo de Seguridad que así lo
disponga, la segregación de la provincia kosovar viola gravemente la
legalidad internacional. Aducen en Belgrado y Moscú que la citada
resolución solo autoriza “una sustancial autonomía dentro de la República
Federal de Yugoslavia”, lo que en su opinión veta la independencia. Sobre
esta última cuestión, el documento de la UE interpreta que la integridad
territorial de Yugoslavia ha dejado de ser aplicable, del mismo modo que
la República dejó de ser “federal” al independizarse Montenegro.
El ministro de Asuntos Exteriores ruso declaró hace una
semana: “Estamos frente a una subversión de los mismos principios en los
que se basa la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa
(OCDE), principios esenciales en los documentos básicos de Naciones
Unidas”. Uno de esos principios estipula que las fronteras solo pueden
modificarse por acuerdo mutuo, como ocurrió en la escisión de la antigua
Checoslovaquia.
No existe unanimidad entre los países de la UE sobre esta
cuestión. En círculos diplomáticos de Bruselas se afirma que algunos
países europeos —entre los que se cita a España, Rumania y Chipre— temen
que la independencia unilateral de Kosovo pueda “excitar los movimientos
secesionistas en sus propios territorios”. También Grecia, Eslovaquia y
Chequia han manifestado reticencias.
Por su parte, Rusia podría apoyar a los independentistas
de los dos territorios georgianos (las antiguas repúblicas autónomas de
Abjazia y Osetia del Sur) que aspiran a depender de Moscú, mientras en
Tiflis, por el contrario, se sueña con la OTAN y con el apoyo inmediato de
EEUU. Otro probable conflicto queda así servido. Complica más aún la
cuestión el texto del plan estudiado en la ONU para Kosovo, donde si por
una parte se reconocería la independencia kosovar bajo vigilancia
internacional, dando a los albano-kosovares la posibilidad de elegir su
bandera, su himno nacional y una nueva Constitución, por otro lado se les
impediría la unión con Albania, a la vez que se niega a los
serbo-kosovares la posibilidad de integrarse en Serbia.
De momento, la UE aprobó el pasado sábado el envío de una
misión policial y jurídica a Kosovo, con el nombre de Eulex. Se
prevé que en junio sustituya a la misión civil de la ONU, para evitar
violaciones de los derechos humanos de las minorías y poner en marcha un
sistema viable de instituciones públicas de gobierno, donde hoy reina la
corrupción y la presión de las mafias.
Pero, mal que le pese a la UE, lo cierto es que los
Balcanes vuelven a entrar en erupción. No se puede saber cuándo plantearán
los serbios de Bosnia y Herzegovina su derecho a ser tratados como los
kosovares. O el de éstos a unirse más estrechamente con Albania. Ni cómo
la onda expansiva iniciada el pasado domingo afectará a las minorías
albanesas de Montenegro y Macedonia. O, yendo algo más lejos, al
rompecabezas étnico que se extiende hasta el río Dniester y los Cárpatos,
y sobre el que ya planean diversas inquietudes secesionistas.
Nuevos problemas que no podrán resolverse con el simple
ondear de la bandera de EEUU, como ha ocurrido en la capital kosovar, y
que obligarán a los gobiernos europeos a reflexionar más sobre las
repercusiones de las decisiones adoptadas con precipitación y poca
unanimidad.
Publicado en Estrella
Digital de España el 19 de febrero de 2008
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