Alberto Piris - rodelu.net |
26 de febrero de 2008
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El retorno de la fuerza
Hace ya cierto tiempo que algunos de los que veníamos,
ingenuamente, recabando el respeto a la legislación internacional y
propugnábamos la renovación y el fortalecimiento del único organismo capaz
de ejercer cierta autoridad universal al respecto, como es Naciones
Unidas, hemos empezado, mal que nos pese, a abandonar tan utópico
idealismo. Las lecciones del pragmatismo más realista que pueda imaginarse
se vienen acumulando una tras otra y demuestran que, a la larga, la única
Ley que rige en el sistema internacional de los Estados sigue siendo la
fuerza. Como en los tiempos del Imperio Romano.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Fuerza que no necesita ser exclusivamente militar y que
puede ejercerse en planos muy diversos, como el económico, demográfico,
financiero, diplomático, etc., pero que, en todo caso, se apoya en último
término en la existencia de las armas y de los ejércitos, y en la
posibilidad de su inmediata utilización sin más miramientos.
El ejemplo más reciente lo ha dado el Gobierno de Ankara,
ordenando a sus fuerzas aeroterrestres invadir Iraq, para atacar en la
zona septentrional de ese país a las bases de los guerrilleros kurdos del
Partido de los Trabajadores del Kurdistán, que luchan por la independencia
de su pueblo. Gobierno, el turco, cuyo presidente, por cierto, mantiene
una buena relación personal con su homólogo español, en el ámbito de la
llamada “Alianza de Civilizaciones”, aunque hasta el momento se ignora que
se haya producido cualquier gesto de protesta del Gobierno de Madrid, por
atenuado y amistoso que fuese, ante tan flagrante violación militar de una
frontera internacional.
Tampoco la OTAN, de la que Turquía es miembro destacado
por su potencia militar, ha mostrado oficialmente su repulsa por una
acción agresiva que vulnera el artículo 1º del Tratado del Atlántico
Norte, donde se estipula que las partes firmantes deberán “abstenerse en
sus relaciones internacionales de recurrir a la amenaza o al uso de la
fuerza en cualquier forma que sea incompatible con los propósitos de las
Naciones Unidas”.
Por su parte, EEUU, hoy el responsable último de la
integridad territorial de un Iraq militarmente ocupado por sus ejércitos,
se ha sumado a esta vergüenza de alcance internacional. El presidente Bush
declaró haber sido informado por su homólogo turco y apoyó la acción al
considerarla parte de la lucha internacional contra el terrorismo. La
Unión Europea, por boca de Javier Solana, expresó la idea de que la
invasión “no es la mejor respuesta” y que “la integridad territorial de
Iraq es importante”, pero sin atreverse a dar un paso más.
Bien es verdad que EEUU tiene un pasado sombrío que no
desea remover, puesto que cualquiera podría recordarle que las acciones de
los independentistas kurdos instalados en Iraq en poco se diferencian de
los actos terroristas que, en un pasado no muy lejano, perpetró desde la
vecina Honduras la contra nicaragüense, armada, abastecida y apoyada por
EEUU. Con la diferencia de que la contra fue promovida por EEUU para
derribar a un Gobierno que, en Managua, no mostraba la debida sumisión a
Washington, mientras que el independentismo kurdo hunde sus raíces en la
Historia y en la hipócrita y egoísta actuación de las potencias que
derrotaron al Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial.
Tampoco Europa tiene la conciencia tranquila: ¿Por qué
los kurdos no pueden aspirar a la misma independencia que la comunidad
internacional acaba de regalar generosamente a la minoría albanesa de
Serbia, establecida en Kosovo? Pregunta que sólo tiene una respuesta:
porque no son capaces de ejercer la fuerza en grado suficiente o de
conseguir el apoyo de algún país más poderoso que sí pueda ejercerla.
Respuesta que, por muy ajustada a la realidad que esté, no deja de abrir
camino a muy peligrosas e imprevisibles repercusiones en todo el planeta.
Tampoco España está libre de culpa: fue un presidente del
legítimo Gobierno español quien, con su presencia activa, su opinión y su
aportación personal a la trama de mentiras en las que se basó, contribuyó
a desencadenar la mayor violación del orden internacional que se ha
conocido en los últimos tiempos: la invasión de Iraq en el año 2003, cuyas
consecuencias todavía ensangrentarán al mundo durante algunos años.
Nicaragua, el Kurdistán, Iraq... la lista podría
ampliarse mucho. Pero, llegado a este punto, advierto un error en esta
columna: está en el título. No es que la fuerza, como factor determinante
de las relaciones internacionales, esté retornando, porque nunca nos había
abandonado. Ciertamente hubo momentos en la Historia en los que la
humanidad, temporalmente horrorizada por los efectos de las guerras, buscó
la forma de hacerlas imposibles. La amarga realidad es que los organismos
internacionales creados para “preservar a las generaciones venideras del
flagelo de la guerra” (como literalmente enuncia la Carta de Naciones
Unidas) parece como si sólo hubieran servido para recubrir con un leve
barniz de aparente progreso la violencia que impera en los Estados que
marcan la dirección en que se mueve hoy la dolorida tribu de los seres
humanos.
Publicado en Estrella
Digital de España el 26 de febrero de 2008
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