Alberto Piris |
4 de marzo de 2008
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Habla un periodista israelí
Que los grandes medios de comunicación estén, en su
mayoría, al servicio de los Gobiernos no es algo que debiera
sorprendernos. Contribuyen con su tenaz repetición de ideas elementales a
que se acepte como normal lo que no lo es. Así, debería tomarse a
chirigota el leer en algunos diarios estadounidenses —y en sus fieles
repetidores europeos— que el Gobierno de Bush se queja dolidamente de la
“intromisión extranjera” (entiéndase: iraní) en los asuntos iraquíes.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Eso se asume ya con normalidad y no son pocos los que se
indignan por ello, olvidando que la auténtica intromisión que sufre Iraq
es la que se inició con la invasión del año 2003 y que todavía no ha
concluido. Pero la palabra “intromisión” suena mal aplicada a la acción de
“los nuestros”, y se tienen como más aceptables otras expresiones: lucha
contra el terrorismo, liberación del pueblo iraquí de la tiranía de Sadam
o ayuda en la construcción de la democracia. Un machaqueo insistente acaba
dando por buena cualquier distorsión de la realidad.
Claro está que existen medios alternativos que permiten
otras aproximaciones a la misma realidad, pero su alcance suele ser muy
limitado y sus efectos, poco perceptibles. Si en algún lugar de este
atribulado mundo se aprecia bien hoy el efecto distorsionador de ciertos
medios de comunicación, éste es Israel.
Yonatan Mendel fue corresponsal de una agencia de prensa
israelí antes de trasladarse a la Universidad de Cambrigde, donde ahora
desarrolla un proyecto de investigación sobre la relación entre el idioma
árabe y la seguridad israelí. En el último número de London Review of
Books, escribe sobre “Cómo llegar a ser un periodista israelí”.
El documento tiene gran valor por proceder de quien ha
vivido desde dentro los procesos que narra, y es aconsejable para quienes
deseen analizar el papel de la prensa al justificar la ocupación israelí
de los territorios palestinos. Empieza reconociendo la calidad y seriedad
del actual periodismo israelí, su capacidad para denunciar abusos y
corrupciones y para actuar vigilantemente frente al poder. Lo ha sufrido
la clase política cada vez que se ha descubierto algún escándalo y ni
siquiera el Presidente ni el jefe del Gobierno reciben trato de favor
cuando cometen errores, incluso en asuntos de su vida privada.
Toda esa loable profesionalidad periodística desaparece
en cuanto se roza el asunto de la seguridad nacional. Entonces brota el
maniqueísmo más vergonzoso: todo se reduce a un nosotros (los ejércitos)
contra ellos (el enemigo). Irrumpe el más típico discurso militar oficial
y ya no hay posibilidad de matizar ningún aspecto. Insiste Mendel en que
“no es que los periodistas israelíes estén cumpliendo órdenes o respetando
un código escrito: simplemente, tienen una opinión favorable de sus
ejércitos”. Si no la tuvieran, afirma, no serían aceptados por la
profesión. Opinión que se manifiesta, sobre todo, en su manera de
informar.
Para ellos, las acciones militares de Israel nunca son
agresiones, sino “respuestas” a las provocaciones palestinas. El Ejército
no “secuestra”: solo “arresta” o “detiene”. Cuando en junio de 2006 el ya
famoso soldado Gilad Shalit fue apresado cerca de la frontera con Gaza (lo
que acabó provocando las invasiones israelíes de Gaza y del Líbano ese
mismo año), una treintena de miembros del Parlamento y ministros del
Gobierno palestino fueron arrancados de sus lechos durante la noche, tras
una incursión militar en los territorios palestinos, y transferidos a
prisiones en Israel, para ser utilizados como rehenes, lo mismo que Hamás
había hecho con los soldados israelíes capturados. A pesar de la visible
aparatosidad de la ilegal operación, ningún medio de comunicación israelí
habló de secuestro, sino de simple detención.
Cuando hay víctimas civiles, se trata de “lamentables
incidentes” (y los bebés se describen como “jóvenes”). El ejército nunca
asesina. Ni siquiera cuando una bomba de una tonelada cae sobre una zona
residencial en Gaza, matando a un terrorista y a catorce personas
inocentes, de ellos nueve niños. Se trata, simplemente, de un asesinato
selectivo, aceptado por la legislación en vigor. Para los medios, tampoco
existen los “territorios ocupados”: son, simplemente “los territorios”.
Esto transmite la idea de que los judíos son siempre las víctimas, los que
actúan en defensa propia; y los palestinos, los atacantes, los que agreden
con violencia y sin razón alguna.
Dado que una gran mayoría de los ciudadanos de menos de
50 años debe cumplir un mes de servicio anual como reservistas, un Jefe de
Estado Mayor comentó: “En Israel, todo paisano es un soldado que tiene
once meses de permiso”. Salman apostilla que “los medios de comunicación
en Israel nunca tienen permiso”. Durante doce meses al año se encuadran
disciplinadamente al lado de sus ejércitos y transmiten al mundo lo que
éstos desean.
La consecuencia de todo lo anterior es que se hace muy
difícil para el pueblo israelí tener una idea cabal de una situación que,
en realidad, ignora. En esas circunstancias, va a costar mucho alcanzar
una solución a tan largo y sangriento conflicto, porque ésta requerirá, en
último término, que ambas partes hagan unas concesiones para las que no
están preparadas, a causa de una incompleta o tergiversada información.
Publicado en Estrella
Digital de España el 4 de marzo de 2008
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