Alberto Piris |
11 de marzo de 2008
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La tenacidad del militarismo en EEUU
Una encuesta realizada en EEUU a mediados del pasado mes
de febrero (por PollingReport.com, del grupo TIME) tenía por
objeto evaluar la confianza del pueblo estadounidense en sus
instituciones. A la cabeza de la clasificación quedó la institución
militar, en la que el 51% de los encuestados mostró “gran confianza”,
seguida a corta distancia por la pequeña empresa (47%), los centros de
enseñanza (32%) y la Sanidad (28%). Los telediarios (en un país que tanto
venera la televisión), la Casa Blanca y las grandes empresas apenas
suscitaban la confianza de un 15% de los encuestados. El menor índice (10%
o menos) correspondió a la Prensa, la Abogacía y el Congreso.
Alberto
Piris General de Artillería en la Reserva
Merece la pena reflexionar sobre esa primacía de los
ejércitos en el favor popular, posición que, aun mostrando un muy
paulatino descenso, se ha mantenido en todas las encuestas realizadas por
la misma agencia desde principios de este siglo.
Tal admiración por lo militar en EEUU sorprende a muchos
observadores de la realidad, y más cuando los medios de comunicación se
vienen haciendo eco de los problemas que aquejan a los ejércitos. El
prestigio militar de EEUU ha sufrido rudamente en los últimos tiempos: el
escándalo de Abu Ghraib; los asesinatos de civiles en Haditha; los
problemas para reclutar nuevos soldados, que obligan a rebajar los niveles
mínimos; la inestable situación militar en Afganistán e Iraq; las graves
secuelas —físicas y psíquicas— que afectan a muchos soldados licenciados;
el aumento del índice de suicidios en las fuerzas armadas, etc., son
asuntos que ocupan espacio en los medios de comunicación y parecerían
contradecir los resultados de la encuesta.
Un teniente coronel, William J. Astore, que sirvió en la
Fuerza Aérea de EEUU, donde ejerció la enseñanza, ahora retirado y
profesor del Pennsylvania College of Technology, autor de varios
libros sobre Historia Militar —de quien tomo prestado el título de este
comentario—, analiza las posibles causas de esa aparente contradicción,
que califica como “la tenacidad del militarismo en EEUU”. Merece la pena
comentar sus opiniones.
“Cocinero antes que fraile”, Astore, desde su actual
posición en el mundo universitario, donde predominan las ideas
progresistas y antimilitaristas y se vota predominantemente al Partido
Demócrata, insiste en que es preciso conocer las razones de esa admiración
por lo militar, incluso cuando se desea frenar lo que él llama “nuestra
creciente propensión al militarismo”. Según él, habría que dejar de lado
el mito de los beneficios de las grandes corporaciones o el del poder
imperial, para buscar motivos más cercanos.
Para Astore, los ejércitos son “una de de nuestras
instituciones menos elitista y más heterogénea”, donde desde cualquier
origen social o racial puede ascenderse en la escala de mando, lo que
recuerda el ideal napoleónico de que “cada soldado lleva en su mochila el
bastón de mariscal”. Para las clases más desposeídas del país, es más
fácil enrolarse en los ejércitos y prosperar en ellos que entrar en una
universidad de elite, en una firma prestigiosa de abogados, en los
principales medios de comunicación o en otras instituciones de poder y
prestigio. Dicho de otro modo: los que componen hoy los ejércitos de EEUU
reflejan mejor que estas instituciones la estructura social y étnica de
las pequeñas ciudades antiguas y de los nuevos centros urbanos.
Es también común, señala Astore, ignorar el permanente
atractivo que el servicio militar tiene para muchos jóvenes que están
construyendo su propia identidad. En una sociedad muy protegida y carente
de riesgos, subsiste en cierta juventud un ansia romántica que idealiza el
rigor, incluso la brutalidad, sublimada en el servicio militar y la
guerra. Y completada con el hecho de vivir en un espíritu de compañerismo
y de estima ante los demás.
Aquí es donde el análisis de Astore riza el rizo de la
originalidad: despreciar esas ansias, tachándolas de rudas y primitivas
—como se hace a menudo desde la izquierda progresista—, crea en muchos
jóvenes el deseo de contravenir lo que se ve como una prohibición más.
“Para el mundo académico y de progreso, la guerra es hoy lo que el sexo
fue para la sociedad victoriana, pues lleva consigo emociones que no puede
sentir la gente ‘bien’ y acciones que éstos no pueden nunca realizar”.
¿Cabría imaginar alternativas viables a lo militar, donde sin necesidad de
matar se satisficieran esas ansias, aparentemente inevitables? se pregunta
el autor.
No basta, concluye Astore, con oponerse al militarismo,
por muy inteligente que esto parezca. Hay razones que hacen que los
ciudadanos confíen en los ejércitos y se alisten en ellos, razones que es
necesario analizar a fondo si se desea que EEUU no siga reforzando sus
evidentes tendencias militaristas.
Las circunstancias propias de EEUU hacen que este
análisis no sea extensible a España ni a otros países europeos. Y que, en
contra de la opinión de Astore, no haya que descartar del todo la
advertencia de Eisenhower sobre el peligro que representa el “complejo
militar-industrial” en la política de un país nacido y crecido entre unas
guerras internas de exterminio y otras externas de expansión imperialista.
Porque esa “tenacidad del militarismo” en EEUU sigue siendo la causa
básica de muchas de las catástrofes que se abaten sobre la humanidad.
Publicado en Estrella
Digital de España el 11 de marzo de 2008
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