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triunfo electoral de Hamas en las
elecciones palestinas ha levantado una gran polvareda
mediática que tardará en disiparse. No es fácil para
muchos aceptar que llegue al poder, mediante un genuino
proceso democrático, un partido político que viene
apoyando y ejerciendo la violencia terrorista. Numerosos
análisis han visto la luz estos días, tratando de
explicar lo ocurrido y desentrañar sus causas, para
prever los efectos de ese resultado electoral sobre el
futuro del pueblo palestino.
Muchos comentarios pecan de
parcialidad, si no de hipocresía, al igual que algunas
declaraciones oficiales de destacados líderes políticos
del mundo occidental. Piden que Hamas renuncie a la
violencia, sin mencionar la violencia continua que
ejerce Israel sobre el pueblo ocupado. Que Hamas detenga
los atentados terroristas, sin demandar a Israel que
paralice para siempre los asesinatos selectivos. Los
mismos que exigen a Hamas que cumpla con las exigencias
del decoro internacional y reconozca oficialmente al
Estado de Israel, olvidan que éste incumple
sistemáticamente muchas resoluciones de la ONU, sin que
nadie le amenace por ello con represalias, como las que
ya se anuncian contra el previsible Gobierno palestino
en el que participe Hamas.
Por todo esto, y para que el lector
pueda reflexionar de una manera distinta sobre cuestión
de tanta relevancia internacional, me permitiré comentar
—y recomendar— un libro que a ella se refiere
directamente. No es un riguroso ensayo hecho por
especialistas ni un tratado de política internacional.
Se trata de una novela del conocido escritor argelino
Yasmina Khadra, que previsiblemente se titulará El
atentado cuando se publique en versión española
(L’attentat, Juillard, 2005). Está en la línea de
tantas y tantas obras de ficción que, centradas sobre un
tema de gran actualidad política, aportan elementos de
reflexión que ayudan a entenderlo mejor.
No descubro ningún secreto —pues esto
ya se desvela en la tapa posterior del libro— al decir
que el protagonista de la narración es un prestigioso
cirujano israelí de origen árabe, que trabaja en un
hospital de Tel-Aviv. Tras un salvaje atentado
terrorista que pone a prueba la capacidad del centro
sanitario y su propia pericia médica, descubre que el
suicida es su propia esposa, con la que compartía una
plácida e ilusionada prosperidad burguesa, alejados
ambos del conflicto que sufren sus compatriotas
palestinos. Hasta el final de la obra, el doctor tratará
de averiguar las causas por las que su mujer ha actuado
de modo tan insólito y, para él, incomprensible. En ese
peregrinar anhelante y angustiado irá recogiendo ideas
que a la vez que responden a su inquietante congoja
permiten al lector pensar por su cuenta sobre la misma
cuestión.
Cuando encuentra al terrorista inductor
de su esposa, éste le habla así: “La vida me ha enseñado
que se puede vivir muy pobremente, de migajas y
promesas, pero que nunca se sobrevive a las afrentas. Y
yo sólo he conocido esto desde que nací. Cada mañana,
cada tarde. No he visto otra cosa en toda mi vida”. Le
explica que se aprende a odiar en el momento en que se
cobra conciencia de la impotencia propia. Y prosigue:
“Quiero que entiendas por qué recurrimos a las armas,
por qué los chavales se lanzan sobre los tanques como si
fueran bombones, por qué nuestros cementerios están
repletos, por qué yo quiero morir empuñando mis armas...
por qué tu esposa se ha hecho volar en un restaurante.
No hay peor catástrofe que la humillación. Es una
desgracia inconmensurable. Le quita a uno el gusto por
la vida. Mientras se espera a morir, sólo se tiene una
idea: cómo acabar dignamente tras haber vivido en la
miseria, ciego y desnudo”. (Éstas y las restantes citas
son adaptación libre de A.P. del original en francés).
El protagonista está obsesionado por
una idea: “¿Desde cuándo mi mujer es islamista? No acabo
de entenderlo. Era una mujer moderna, le gustaba viajar
y nadar, saborear su limonada en la terraza del bar y
apreciaba demasiado su pelo como para cubrirlo con un
velo. ¿Qué le habéis dicho para convertirla en un
monstruo, en una suicida integrista, ella que no
soportaba ver llorar a un cachorrito?”.
La respuesta del jefe palestino es una
breve lección de política práctica. “Un islamista es un
militante político cuya única ambición es establecer en
su país un estado teocrático, libre e independiente. Un
integrista es un yihadista radical; no cree en los
estados musulmanes, porque éstos deberán fundirse en un
único califato que convertirá al islam a los países
occidentales, los someterá o los destruirá. Pero
nosotros no somos ni islamistas ni integristas. Somos
los hijos de un pueblo expoliado y escarnecido, que
luchan con las armas que tienen a su alcance para
recuperar su patria y su dignidad”. “¿En qué planeta
vives? —dice en otro momento— Nuestra patria es violada
sin compasión, nuestros niños no recuerdan lo que es una
escuela, nuestras hijas ya no sueñan con sus príncipes
azules porque éstos prefieren la intifada, nuestros
pueblos son aplastados bajo las cadenas de los
tanques...”.
El autor de Las golondrinas de
Kabul (el ex militar argelino cuyo seudónimo
femenino tanto revuelo causó al ser descubierto) pone
ahora en manos de sus lectores una narración que llega
al fondo del corazón y que puede ayudar a entender por
qué un pueblo, el palestino, da a Hamas una amplia
mayoría parlamentaria: porque lleva demasiado tiempo
humillado y aplastado bajo la bota del ocupante y porque
ya no confía en nada que no sea su propia desesperación.