lon
motivo de la conmoción que
agita a gran parte del mundo musulmán por la
publicación en Europa de unas caricaturas
consideradas ofensivas por los mahometanos, se han
escuchado entre nosotros voces aún más
sorprendentes, si cabe, que las barbaridades
proferidas estos días por muchos seguidores de la
religión fundada por Mahoma.
En ese ambiente de creciente
irracionalidad, un periodista español proclamó, en
un programa televisado, que “sería necesario
replantearse de nuevo (sic) el debate sobre
la libertad de expresión”. Es difícil escuchar
mayor necedad, sobre todo cuando ni siquiera
aludió al debate primordial (que más abajo
detallo) que por fuerza debería suscitar entre
nosotros la descomedida irritación musulmana
observada estos días.
Hemos contemplado furiosas
manifestaciones animadas con disparos de armas de
fuego, quema de banderas, algaradas insultantes y
agresivas, asedio y asalto a locales relacionados
con ciertos países europeos (en Damasco, las
embajadas de Dinamarca y Noruega fueron
incendiadas al grito de “Alá es grande”) y
pancartas mostrando al primer ministro danés
degollado por los seguidores de Mahoma. Incluso en
la manifestación londinense del viernes pasado
hubo quien amenazó con la repetición de los
atentados que sufrió la capital británica en julio
del 2005, lo que rebasa con mucho lo tolerable:
¡Muertes indiscriminadas para castigar la
publicación de unas caricaturas en la prensa!
También hemos oído simplezas.
“Quien insulta a Mahoma insulta a Dios, y a Dios
no se le puede insultar”, se proclamó ante las
cámaras, desde la Gran Mezquita de Madrid, como
argumento definitivo y demoledor para justificar
tales excesos. ¿A qué niveles de irracionalidad se
puede todavía descender en pleno siglo XXI?
El verdadero debate a desarrollar
es el que se refiere al fanatismo y a la
intolerancia que éste genera. No sobre el
fanatismo en general, pues hay muchos tipos dentro
del género, desde el patriótico al futbolístico,
pasando por el musical o el de la tribu. Hoy hay
que debatir sobre un tipo concreto de fanatismo
que ha hecho derramar caudales de sangre a la
humanidad a lo largo de los siglos: el fanatismo
religioso.
Porque es el fanatismo de raíz
religiosa el que se ha desvelado estos días con
toda crudeza, mostrando su áspera intolerancia, su
desmandada violencia y su cerril ceguedad.
Intolerancia, porque se cree amparado por un dios
a quien nadie puede pedir cuentas y de quien
recibe el depósito de la verdad absoluta.
Violencia, porque esa verdad que se dice absoluta
nunca aceptará convivir en paz con otras verdades.
Y ceguera, porque unos textos y tradiciones
míticas, de dudoso origen, se imponen como normas
exclusivas para regir de modo total la vida de las
personas.
No es el momento de expresarse
con angélica clemencia e insistir en la necesidad
de respetar todas las manifestaciones culturales;
ni siquiera es factible respetar todas las
religiones, digámoslo con claridad. Nos sería
imposible aceptar la vieja religión azteca que
ofrecía al dios solar el corazón, todavía
palpitante, de las víctimas humanas sacrificadas
en su altar. Lo mismo cabe decir de la cultura de
la esclavitud o de la que hace de la mujer un
siervo o, aún peor, un simple animal de carga y
trabajo domésticos, a veces tras haber sufrido la
aberrante mutilación genital. Cayeron ya en
descrédito las prácticas inquisitoriales
religiosas que vigilaban lo que se pensaba, se
leía o se decía, y castigaban a los descarriados.
Es también difícil entender que una religión
decrete la infalibilidad del hombre que, como
monarca absoluto, la rige, como aceptan hoy
bastantes católicos sin apenas reparos. Esta
enumeración podría ser más larga, pero nos indica
que hay límites que la razón humana no puede
franquear.
El multiculturalismo muestra
estos días poca aptitud para adaptarse a las
sociedades modernas del mundo desarrollado. Si los
hechos comentados siguen repitiéndose, asistiremos
a su entierro definitivo. Cuando la religión,
cualquier religión, exige de las personas un
respeto ciego de sus mitos, creencias y dogmas, no
es posible el mestizaje: habrá imposición o
conversión. Tampoco habrá multiculturalismo: en
esas circunstancias sólo es posible la asimilación
o la expulsión. Así actuó el cristianismo en el
pasado —y en el presente, cuando le dejan—, así
actúa hoy el islamismo.
Por eso no pasa de ser un
ejercicio de buena voluntad lo que ayer firmaban
conjuntamente en el International Herald
Tribune los jefes de Gobierno español y turco,
al aludir a “diferencias culturales perfectamente
en armonía con nuestros valores comunes
compartidos”. ¿Cuáles son esos valores comunes?
¿Quiénes los comparten? Sin precisar bien estos
aspectos, sus benévolos deseos no parecen
coincidir con la realidad del mundo actual.
Debatamos, pues, con las reglas
usuales de nuestra cultura democrática, pero no
sobre los límites a la libertad de expresión, una
conquista de la humanidad que nunca debería verse
menoscabada y cuyas fronteras sólo la Ley puede
fijar. Debátase, sobre todo por los que creen
ciegamente en sus dioses y en una futura vida
sobrenatural, acerca de los límites que sería
preciso poner a ese fanatismo que inexorablemente
eclosiona siempre que alguien se cree en posesión
de la verdad absoluta y eterna, y provisto de un
salvoconducto garantizado para el Más Allá.