Sergio Ramírez
Actualizado: 24 de Septiembre de 2001
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América Latina
LA OEA
Y EL SINGULAR ENEMIGO DE EE.UU.
La magnitud del apoyo que los países de América Latina y El Caribe le brindan a EE.UU. se puede medir por la decisión de la OEA de reflotar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) que está absolutamente obsoleto en la realidad. Hace mucho tiempo que había dejado de tener vigencia, nadie apostaba por él. Incluso en la 2a. Cumbre Hemisférica (Santiago, 1998) se acordó redefinir el TIAR en una conferencia de seguridad hemisférica en el año 2004.

El TIAR quedó obsoleto no sólo porque EE.UU., al igual que la dictadura de Pinochet, apoyara a Gran Bretaña, una potencia extra continental, contra Argentina durante la Guerra de las Malvinas en 1982, sino también porque era producto de la imposición norteamericana en el período de la ”Guerra Fría” y sus fundamentos no reflejan ni la realidad política y económica, ni las reales amenazas de hoy a la seguridad. Sin embargo, ante la urgencia de enfatizar su subordinación ante Washington a raíz de los atentados recientes a ese país, primaron el oportunismo y la inconsecuencia pragmática. Los gobiernos decidieron resucitar el TIAR, ya que no existe otro tratado que autorice "el empleo de la fuerza armada", como reza su artículo octavo, ni el artículo tercero que considera el "ataque armado por parte de cualquier Estado contra un Estado Americano" como "un ataque contra todos los Estados de América".

En la adopción de este acuerdo, el gobierno de Lagos jugó un importante rol. La canciller Soledad Alvear (DC) se comprometió a combatir el terrorismo en Chile, detectando sus vías de financiamiento y evitando que sus bases se establezcan en territorio chileno. Mientras que el ministro (s) de Relaciones Exteriores Heraldo Muñoz (PS), en falaz argumentación, estimó que la decisión de la OEA de apelar al TIAR no contradice la apreciación de que es un tratado que está desfasado de la realidad, por lo que la necesidad de reformarlo sigue en pie. Esta muestra de subordinación, bajo la pantalla de la unidad continental, es una contradicción evidente con el unilateralismo que caracteriza la política exterior estadounidense, rasgo que se ha remarcado desde que Bush asumiera la presidencia, cuando se negó a adherir al Protocolo de Kyoto o cuando decidió continuar con el proyecto de escudo antimisiles. Cabe recordar que tampoco adhirió al Tratado de Roma que creó el Tribunal Penal Internacional y se retiró de la Conferencia contra el Racismo.

Si bien se ha hablado mucho de un antes y un después del ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono, es difícil todavía precisar cuáles serán los cambios que experimentarán las relaciones internacionales. En todo caso, es evidente que se producirán medidas restrictivas a las libertades de las personas debido al incremento del control policial y militar. Hechos que fueron desestimados por el gobierno de la Concertación. En efecto, la canciller Soledad Alvear dijo que los atentados que afectaron hace unos días a los EE.UU. "constituyen una flagrante y dramática negación de los principios más básicos que rigen el orden internacional y la protección de las personas".

Al reflotar un tratado caduco, alabar la ”democracia” norteamericana, inclinarse reverente a sus demandas y presiones y sumarse a su cruzada de venganza, que puede significar miles y miles de asesinatos de inocentes, los gobiernos de la región (con la excepción de Cuba), aceptan la tradicional condición de habitantes del ”patio trasero” de las dependencias norteamericanas. Se convierten en cómplices de las siniestras actividades terroristas y criminales que son tradición del imperio. Hacen suyo al ”enemigo” que han inventado Bush y el Pentágono. En efecto, como parte de su estrategia para identificar al "nuevo enemigo" en su guerra revanchista, la Casa Blanca señaló a Osama bin Laden como el "principal sospechoso" de los atentados masivos contra EE.UU. Hay hechos concretos que lo señalan como un adversario real del poder imperial de EE.UU. Pero ésa es solo una parte de la historia. Lo que los líderes estadounidenses, encabezados por Bush y los jefes de la CIA, del FBI y del Departamento de Estado, evitan recordar ahora, con el silencio cómplice de los gobernantes latinoamericanos, es que el millonario saudita y su red de combatientes en Afganistán fue un producto de la CIA y del Departamento de Estado en su guerra fría con la ex Unión Soviética a fines de los 70. Hecho conocido y apoyado en su oportunidad por las cúpulas políticas representadas en la reciente reunión de la OEA.

FUE RECLUTADO POR LA CIA
La verdad no se puede ocultar. Agentes de la inteligencia estadounidense reclutaron a Bin Laden para pelear contra las tropas del gobierno democráticamente elegido, que había solicitado la intervención del ejército soviético en Afganistán (1979-1989). Y fue la CIA la que le enseñó las técnicas de la guerra clandestina, además de otros procedimientos más modernos como el traslado de dinero de un banco a otro a través de sociedades fantasmas; o formas de fabricación de explosivos ultramodernos; y el uso de códigos cifrados para ocultar mensajes y posición de tropas.

La historia de esos vínculos secretos se basa en declaraciones de funcionarios estadounidenses y ex asociados de Bin Laden, así como en conversaciones que algunos periodistas de Europa y EE.UU. mantuvieron estos últimos años con el ahora declarado ”enemigo” de EE.UU. Esos antecedentes señalan que el primer contacto entre Bin Laden y EE.UU. ocurrió en 1979, en el edificio de la embajada norteamericana en la capital de Turquía. Pocas semanas antes, en diciembre de ese año, Moscú había aceptado enviar tropas e intervenir militarmente en Afganistán. Se retiraría en 1989, en medio de la más grande de las derrotas.

El principal ideólogo de la estrategia de Washington en Afganistán fue Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad de Jimmy Carter (1977—1981). Furibundo anticomunista de origen polaco, Brzezinski vió la intervención soviética como su gran oportunidad para rivalizar con Henry Kissinger como el "gran cerebro" de la geopolítica estadounidense. La estrategia apuntaba además a apoyar a grupos guerrilleros islámicos, opuestos a Moscú. Esos mismos grupos serían ampliados después a la zona de las entonces repúblicas soviéticas del Asia Central con la idea de destruir desde adentro al orden soviético, ”ateo y opuesto a los nacionalismos regionales”. Bin Laden fue soldado, ideólogo y financista de esos grupos que, tras la retirada del ejército soviético, se volvieron contra Washington. "Fue una idea estúpida", comentaron voceros de Kissinger a dos décadas de aquella decisión de Brzezinski.

Pero EE.UU. no estuvo solo en la creación, ayuda, entrenamiento y financiación de los "muyahidines" de Afganistán. Lo secundaron Arabia Saudita y Pakistán (países de mayoría musulmana). Por lo cual, se puede afirmar que los Talibanes son una creación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de EE.UU. en cooperación con la Inteligencia Inter-Servicios (ISI) de Pakistán. Asi lo reconoció el experto norteamericano en Asia del Sur, Selig Harrison, ante expertos de seguridad en Londres, en la última semana de febrero, justo antes del asalto de los Talibanes contra las estatuas de Buda en Bamiyán. Como integrante de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional desde 1974 hasta 1996, Harrison estuvo en estrecho contacto con la CIA. "Les advertí que estábamos creando un monstruo" -dijo- "La CIA cometió un error histórico".

Luego de la intervención soviética a Afganistán la CIA había alentado a los grupos islámicos de todo el mundo para que fueran a Afganistán. Los EE.UU. y sus aliados entregaron 3 billones de dólares para construir el movimiento de resistencia más grande jamás fundado. Harrison, escéptico acerca del enorme fortalecimiento de las fuerzas islámicas en ese entonces, discutió con los líderes de la CIA. "Ellos me dijeron que esta gente era fanática, y mientras más fieros fueran, más ferozmente lucharían contra los soviéticos", dijo.

Pakistán desempeñó un papel central en la operación. No sólo porque la mayoría de los militantes habían sido preparados y entrenados en los colegios religiosos islámicos y campamentos pakistaníes, sino también porque Pakistán les dio dinero y armas. La CIA había dejado en manos pakistaníes gran parte de las decisiones sobre cómo usar los fondos de los EE.UU. Supervisando los militantes islámicos en Afganistán, Pakistán expandió su esfera de influencia en la región. También continúa la vieja asociación entre las agencias de inteligencia. La CIA mantiene vínculos estrechos con el ISI aún en el presente.

NOSOTROS CREAMOS EL MONSTRUO
Existen incontables antecedentes de la relación de EE.UU. con su ”enemigo de hoy. "Bin Laden y su grupo fueron entrenados también por el servicio secreto pakistaní", declaró Magnus Ranstrop, experto del Centro para Estudio del Terrorismo de la Universidad de Saint Andrews en EE.UU. "Arabia nos apoyó, junto con Pakistán y, por supuesto, la CIA", dijo Jamal Fadl, un ex aliado de Bin Laden, hoy bajo el régimen de protección de testigos estadounidense, a la prensa de ese país. Además, según las revistas estadounidenses The Nation y The Atlantic Monthly, que han reconstruído buena parte de toda esta historia, los "muyahidines" antisoviéticos fueron reclutados de entre los 3 millones de afganos refugiados en Pakistán por la CIA, cuyos agentes también manejaron los fondos que, en su mayoría, llegaban de Washington y Riad. En total se habla de unos 10.000 millones de dólares en 10 años.

Tras la derrota soviética, Bin Laden rompió con la CIA. Fue en 1990 cuando, en su lucha contra el iraquí Saddam Hussein durante la Guerra del Golfo, la Casa Blanca desplegó tropas en Arabia Saudita y rompió su promesa de retirarlas tras el conflicto. El suelo árabe es sagrado para los musulmanes porque en ella se encuentran La Meca y Medina, los lugares de nacimiento y muerte del profeta Mahoma. Bajo la ley coránica se prohíbe que fuerzas extranjeras ocupen territorio árabe.

Enfrentado entonces con la familia real, Bin Laden fue despojado de su ciudadanía saudita en 1991 y deheredado. Poco después, dos atentados destruyeron bases norteamericanas en Arabia Saudita. Pero la mejor descripción de la nueva situación la hizo entonces Richard Murphy, subsecretario de Estado para el Cercano Oriente bajo la administración de Ronald Reagan: "Nosotros creamos el monstruo". Una definición contradictoria con la estrategia actual de Washington de inculparlo de los atentados del reciente 11 de septiembre en EE.UU.

Luego del retiro de las tropas soviéticas en 1989, los EE.UU. perdieron interés en las fuerzas fundamentalistas que ellos habían concentrado en Afganistán. Una vez que terminaron los pagos, el frente islámico se desintegró y los grupos comenzaron a luchar por la supremacía y saquear la población. Al principio de los años 90, Pakistán creó al Talibán, que no sólo son reclutas de los colegios musulmanes, sino que empleados pagados por el ISI. Los inconsecuentes y sumisos gobiernos latinoamericanos, por dictamen del dueño del ”patio trasero”, condenan a este singular ”enemigo” de EE.UU.

Sergio Ramírez
s.ramirez@telia.com

 
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