Sergio Ramírez S. |
31 de mayo
de 2002
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Venezuela
Lecciones y conclusionesEl retorno al poder de Hugo Chávez marcó un hecho inédito en la historia reciente de América Latina. Por primera vez un golpe de estado propiciado y encabezado por el poder económico y apoyado por los EE.UU fue derrotado por la reacción popular. Es necesario analizar lo ocurrido para sacar conclusiones sobre la realidad latinoamericana en general y de sus países en particular. El golpe militar dictatorial, su derrota por la lucha popular y el retorno de Chávez marcó un punto de inflexión, más que en la historia del continente, en la percepción de los procesos políticos que se están desarrollando en esa parte del mundo y, en particular, en la visión de lo que está viviendo el pueblo venezolano. Esto último en consideración de la dificultad de comprensión y las prevenciones que muchos tenían o tienen acerca de la figura de Chávez y la naturaleza del proceso por él encabezado, hechos que son producto de prejuicios ideológicos reforzados o generados por los medios de comunicación hegemónicos. Pareciera ser que haga lo que haga Chávez nunca va terminar de desterrar la idea de que es un militar golpista, esencialmente antidemocrático (aun cuando haya convocado y ganado varias elecciones), un populista trasnochado que tarde o temprano va a perder el apoyo de ese pueblo ignorante que manipula o que engaña, o un simple reformista del que sólo hay que esperar el momento de la traición, en diferentes versiones según sean los intereses de quienes analizan. Asi, la cobertura informativa que hicieron algunos medios considerados ”progresistas” el día de la efímera dictadura de Carmona Estanga, es una pieza de colección en cuanto a la cantidad, salvo contadas excepciones, de sesudas elucubraciones acerca de por qué era obvio que Chávez no podía durar mucho más en el poder. Demás está decir que pocas son las veces en que estos diarios pasaron a ser tan útilea para….. envolver pescados. Que tan acríticamente
se haya aceptado la lectura de los medios de comunicación venezolanos,
controlados por la rección de ese país, acerca de Chávez
y, especialmente, lo que él representa socialmente, lectura reproducida
casi textualmente por los medios latinoamericanos y europeos, indica lo
poco digerible que es lo que pasa en Venezuela para ciertas concepciones
prefabricadas de lo que debe ser un proceso revolucionario, y lo mucho
que se desconoce de un pueblo como el venezolano. En otras palabras, frente
a la ignorancia general, las reacciones ante el fenómeno popular
de Venezuela hablan más de quien las produce que del fenómeno
en sí. Y si bien los acontecimientos de la intentona golpista llamaron
la atención sobre esa región de Sudamérica, es hora
de empezar a analizar en serio lo que allí se está desarrollando,
para poder sacar acertadas conclusiones acerca de la realidad latinoamericana
e en general y de cada país en particular.
ALGUNAS LECCIONESHay ”a priori” tres o cuatro lecciones que dejan los acontecimientos venezolanos. La primera es acerca del inmenso poder de los medios, o mejor dicho, empresas de comunicación, y la vinculación de ellas con el poder económico. A su vez, ese poder muestra también sus límites: los medios pueden disfrazar la realidad, ocultarla, manipularla y hasta inventarla, pero cuando ésta los sobrepasa y se les viene encima, quedan no sólo superados sino desnudos. Hasta los medios de comunicación que no hicieron otra cosa que hacerse eco sin ningún tipo de análisis de lo que decían las empresas comunicacionales venezolanas, debieron admitir que la escandalosa manipulación existió y fracasó, y que lo que pasaba en Venezuela no era lo que ellos intentaban mostrar. Es más que evidente que los multimedios venezolanos no son otra cosa que una apéndice más de ese poder social y económico tradicional que Chávez viene enfrentando y haciendo retroceder desde hace tres años. Sus periodistas son tan concientes de ello que huyeron de los lugares de redacción en que trabajaban, temiendo por sus vidas, cuando vieron como se derrumbaba el golpe. La movilización popular masiva que derrotó la asonada y que volvió a poner a Chávez en el palacio de Miraflores es la contrapartida de este discurso omnipotente que sólo fue capaz de mostrarla cuando fue evidente que no podía seguir negándola, y cuando hacerlo fue, inclusive, un reflejo de espanto.La saña
con que los sectores dominantes actuaron contra los partidarios de Chávez
en el día de dictadura de que dispusieron y, especialmente, el discurso
revanchista, racista y macartista de que hicieron gala en aquel momento
(que hizo recordar a las dictaduras latinoamericanas de la década
del 70 y su Operación Cóndor), da buena cuenta del fenómeno.
No solamente el proceso político, social y económico desatado
a partir del triunfo de Chávez en 1998 amenaza los intereses de
las clases dominantes venezolanas y de los EE.UU., sino que, terminaba
con toda legitimidad política de los partidos tradicionales. Por
lo cual, debieron acudir a resolver su problema sin intermediarios ni testaferros.
Estamos frente a la primera vez en que un golpe de Estado no es encabezado
por un militar o caudillo político, sino directamente por sus verdaderos
gestores, los dueños del poder económico. Carmona, presidente
de la cámara empresarial venezolana ( Fedecámaras), asumió
la suma de los poderes públicos con total desprecio de cualquier
otra instancia de legitimación de su poder que no fueran ellos mismos.
El apoyo desembozado de los EE.UU y la Unión Europea al golpe indica,
además, hasta qué punto la política exterior norteamericana
ha cambiado en lo que respecta al respeto y a la conveniencia de los sistemas
institucionales democráticos formales que imperan en la región
desde la década del 80.
REBROTES DE LA GUERRA FRIALa guerra fría volvió durante algunas horas a Venezuela: los EE.UU no solamente reconocieron y aplaudieron el golpe como tal sino que desnudaron completamente su concepción de que su democracia es pura y exclusivamente el instrumento de gobierno necesario para el mantenimiento de las relaciones sociales capitalistas neoliberales y la subordinación al poder imperial. Esto quedó absolutamente demostrado. La ilusión que sostuvo el ”posibilismo progresista” durante todos estos años, según la cual la política revolucionaria era un imposible, pero también lo eran los golpes y las dictaduras porque el mundo ya no lo permitiría (y mundo significa los EE.UU), terminó de caerse a pedazos en las pocas horas de dictadura empresarial venezolana. Como un reflejo retrasado de las épocas de Reagan, la embajada cubana era asaltada por grupos de choque de la colectividad gusana mientras los dirigentes de la empresa nacional de petróleo gritaban eufóricos el cese de los envíos de petróleo a la Isla de Martí.Sin embargo,
el pueblo venezolano sorprendió a todos, demostrando la profundidad
de la Revolución Bolivariana y, sobre todo, la profundidad de las
esperanzas depositadas en ella. Sorprendió a los golpistas, y a
muchos que seguían, angustiados, los acontecimientos a la distancia.
Y estos hechos demuestran que pese a todo hay grandes continuidades en
la historia política latinoamericana que no están tan rotas
como los años 90 parecieron demostrar. Lo primero que queda claro
es que los movimientos populares transformadores existen, no son una reliquia
de un pasado lejano. Y que ningún proceso de cambio social llega
muy lejos si no cuenta con esa fuerza inmensa que significa el apoyo y
la creación misma de los sectores sociales populares, con su movilización
callejera y con la organización constante, de todos los días.
Al mismo tiempo, lo ocurrido en Venezuela vuelve a poner en el centro de
la discusión el papel del Estado y el poder que éste detenta.
A contramano de ciertas interpretaciones de moda, el pueblo venezolano
tomó como punto crucial de la disputa la defensa y conservación
del poder del Estado, única herramienta que poseen para implementar
políticas y asegurar su cumplimiento a pesar de los grandes poderes
económicos. Por otra parte, el apoyo popular no basta sin un apreciable
poder de fuego. La garantía de que el proceso venezolano no derive
en una guerra civil cruenta y sin cuartel, en una nueva y recrudecida Colombia,
es el equilibrio de fuerzas que el ”chavismo” mantiene en las FF.AA, y
que logró socavar rápidamente el poder de la dictadura empresaria.
Esto tiene muchas razones, desde el carácter del ejército
venezolano hasta el profundo arraigo que en él tiene el hombre que
encabezó dos rebeliones militares hace diez años y que ahora
simboliza y concentra todos las aspiraciones, los sueños, los odios
y los resentimientos de una sociedad dividida. Pero sobre todo implica
que la fuerza popular ha logrado resquebrajar una de las principales garantías
para que un sistema de opresión se mantenga en pie: su poder represivo.
Y si los oligarcas venezolanos no se han atrevido aún a desatar
una guerra civil no es por prudencia ni por miedo al derramamiento de sangre,
algo que nuestra historia reciente ha probado de sobras que no les importa,
sino por pánico a perderla.
EL PELIGRO NO HA PASADOLo que ocurrió en Venezuela no es un hecho más en la historia de luchas y caos de América Latina. Es el nudo de una situación que cada día se pone más complicada, con los EE.UU decididos a no perder posiciones por todos los medios a su alcance, y estos son muchos y no tienen límites morales ni políticos más allá de su propia conveniencia. No es casualidad cómo han evolucionado los distintos procesos políticos a partir del triunfo de Chávez en 1998. La situación actual está latente desde aquel momento y si no había estallado todavía fue por circunstancias que tienen que ver más con los tiempos políticos y las correlaciones de fuerza que con la disputa en sí. La diferencia entre la política de Clinton y la de Bush no es una cuestión de grado solamente: se defienden los mismos intereses, pero mientras el primero intentaba mantener el status quo, el segundo busca alterarlo violentamente hacia una dominación semicolonial desembozada, donde existen únicamente el garrote y los dólares. No es solamente Venezuela: es Colombia, Cuba, es el mundo entero el amenazado que lucha contra tales designios. La posibilidad de la izquierda brasilera de lograr un triunfo electoral pone histéricos a los gurúes de Wall Street, mientras que en Argentina avanza a marchas forzadas la implantación definitiva de una política de destrucción permanente de su economía nacional en medio de las movilizaciones populares popositoras. Los pueblos latinoamericanos continúan siendo peones en un juego de ajedrez donde se juegan sus propios destinos, y aun les falta tener una estrategia para poder jugarlo.A manera de conclusión: el fracaso del golpe del 11 de abril en Venezuela no significa que el peligro haya pasado. Al contrario, cuanto más sientan los poderosos de siempre la amenaza de perder sus privilegios, más dispuestos estarán a intentarlo todo. Esta es una constante en su conducta social. La historia de América Latina abunda en ejemplos que lo demuestran. Sergio
Ramírez S.
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