| Los
Verdes de Andalucía - 1 de Octubre de 2003
El quinto
poder
Ignacio
Ramonet
La prensa y
los medios de comunicación han sido, durante largos decenios, en
el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso
de los poderes. En efecto, los tres poderes tradicionales -legislativo,
ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse y cometer errores. Mucho
más frecuentemente, por supuesto, en los Estados autoritarios y
dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable
de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras
contra las libertades.
Pero en los
países democráticos también pueden cometerse graves
abusos, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos
surjan del sufragio universal y la justicia -en teoría- sea independiente
del ejecutivo. Puede ocurrir, por ejemplo, que ésta condene a un
inocente (¡cómo olvidar el caso Dreyfus en Francia!); que
el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población
(como ha sucedido en Estados Unidos, durante más de un siglo, respecto
de los afro-estadounidenses, y sucede actualmente respecto de los oriundos
de países musulmanes, en virtud de la “Patriot Act”); que los gobiernos
implementen políticas cuyas consecuencias resultarán funestas
para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la actualidad, en numerosos
países europeos, respecto de los inmigrantes “indocumentados”).
En un contexto
democrático semejante, los periodistas y los medios de comunicación
a menudo han considerado un deber prioritario denunciar dichas violaciones
a los derechos. A veces, lo han pagado muy caro: atentados, “desapariciones”,
asesinatos, como aún ocurre en Colombia, Guatemala, Turquía,
Pakistán, Filipinas, y en otros lugares. Por esta razón durante
mucho tiempo se ha hablado del “cuarto poder”. Ese “cuarto poder” era,
en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación
y al coraje de valientes periodistas, aquel del que disponían los
ciudadanos para criticar, rechazar, enfrentar, democráticamente,
decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales
contra personas inocentes. Era, como se ha dicho a menudo, la voz de los
sin-voz.
Desde hace
una quincena de años, a medida que se aceleraba la mundialización
liberal, este “cuarto poder” fue vaciándose de sentido, perdiendo
poco a poco su función esencial de contrapoder. Esta evidencia se
impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización,
al observar cómo llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo,
ya no simplemente industrial sino predominantemente financiero, en suma,
un capitalismo de la especulación. En esta etapa de la mundialización,
asistimos a un brutal enfrentamiento entre el mercado y el Estado, el sector
privado y los servicios públicos, el individuo y la sociedad, lo
íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.
El verdadero
poder es actualmente detentado por un conjunto de grupos económicos
planetarios y de empresas globales cuyo peso en los negocios del mundo
resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los Estados.
Ellos son los “nuevos amos del mundo” que se reúnen cada año
en Davos, en el marco del Foro Económico Mundial, e inspiran las
políticas de la gran Trinidad globalizadora: Fondo Monetario Internacional,
Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio.
Es en este
marco geoeconómico donde se ha producido una metamorfosis decisiva
en el campo de los medios de comunicación masiva, en el corazón
mismo de su textura industrial.
Los medios
masivos de comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales
de televisión, internet) tienden cada vez más a agruparse
en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos
con vocación mundial. Empresas gigantes como News Corps, Viacom,
AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global
Com, Disney, Telefónica, RTL Group, France Telecom, etc., tienen
ahora nuevas posibilidades de expansión debido a los cambios tecnológicos.
La “revolución digital” ha derribado las fronteras que antes separaban
las tres formas tradicionales de la comunicación: sonido, escritura,
imagen. Permitió el surgimiento y el auge de internet, que representa
una cuarta manera de comunicar, una nueva forma de expresarse, de informarse,
de distraerse.
Desde entonces,
las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar “grupos” para
reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales
(prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades
de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas,
de la comunicación y la información. Estas tres esferas antes
eran autónomas: por un lado, la cultura de masas con su lógica
comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles;
por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing,
la propaganda, la retórica de la persuasión; y finalmente,
la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio
o televisión, la prensa, los canales de información continua,
en suma, el universo de todos los periodismos.
Estas tres
esferas, antes tan diferentes, se imbricaron poco a poco para constituir
una sola y única esfera ciclópea en cuyo seno resulta cada
vez más difícil distinguir las actividades concernientes
a la cultura de masas, la comunicación o la información (1).
Por añadidura, estas empresas mediáticas gigantes, estos
productores en cadena de símbolos multiplican la difusión
de mensajes de todo tipo, donde se entremezclan televisión, dibujos
animados, cine, videojuegos, CD musicales, DVD, edición, ciudades
temáticas estilo Disneylandia, espectáculos deportivos, etc.
En otras palabras,
los grupos mediáticos poseen de ahora en adelante dos nuevas características:
primeramente, se ocupan de todo lo concerniente a la escritura, de todo
lo concerniente a la imagen, de todo lo concerniente al sonido, y difunden
esto mediante los canales más diversos (prensa escrita, radio, televisión
hertziana, por cable o satelital, vía internet y a través
de todo tipo de redes digitales). Segunda característica: estos
grupos son mundiales, planetarios, globales, y no solamente nacionales
o locales.
En 1940, en
una célebre película, Orson Welles arremetía contra
el “superpoder” de Citizen Kane (en realidad, el magnate de la prensa de
comienzos del siglo XX, William Randolph Hearst). Sin embargo, comparado
con el de los grandes grupos mundiales de hoy, el poder de Kane era insignificante.
Propietario de algunos periódicos en un solo país, Kane disponía
de un poder ínfimo (sin por ello carecer de eficacia a nivel local
o nacional (2)) en comparación con los archipoderes de los megagrupos
mediáticos de nuestro tiempo.
Estas megaempresas
contemporáneas, mediante mecanismos de concentración, se
apoderan de los sectores mediáticos más diversos en numerosos
países, en todos los continentes, y se convierten de esta manera,
por su peso económico y su importancia ideológica, en los
principales actores de la mundialización liberal. Al haberse convertido
la comunicación (extendida a la informática, la electrónica
y la telefonía) en la industria pesada de nuestro tiempo, estos
grandes grupos pretenden ampliar su dimensión a través de
incesantes adquisiciones y presionan a los gobiernos para que anulen las
leyes que limitan las concentraciones o impiden la constitución
de monopolios o duopolios (3).
La mundialización
es también la mundialización de los medios de comunicación
masiva, de la comunicación y de la información. Preocupados
sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga
a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen,
como objetivo cívico, ser un “cuarto poder” ni denunciar los abusos
contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir
y perfeccionar el sistema político. Tampoco desean ya erigirse en
“cuarto poder” y, menos aun, actuar como un contrapoder.
Si, llegado
el caso, constituyeran un “cuarto poder”, éste se sumaría
a los demás poderes existentes -político y económico-
para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático,
a los ciudadanos.
La cuestión
cívica que se nos plantea de ahora en adelante es la siguiente:
¿cómo reaccionar? ¿Cómo defenderse? ¿Cómo
resistir a la ofensiva de este nuevo poder que, de alguna manera, ha traicionado
a los ciudadanos y se ha pasado con todos sus bártulos al enemigo?.
Es necesario,
simplemente, crear un “quinto poder”. Un “quinto poder” que nos permita
oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante.
Un “quinto poder” cuya función sería denunciar el superpoder
de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos,
cómplices y difusores de la globalización liberal. Esos medios
de comunicación que, en determinadas circunstancias, no sólo
dejan de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra
del pueblo en su conjunto. Tal como lo comprobamos en Venezuela.
En este país
latinoamericano donde la oposición política fue derrotada
en 1998 en elecciones libres, plurales y democráticas, los principales
grupos de prensa, radio y televisión han desatado una verdadera
guerra mediática contra la legitimidad del presidente Hugo Chávez
(4). Mientras que éste y su gobierno se mantienen respetuosos al
marco democrático, los medios de comunicación, en manos de
un puñado de privilegiados, continúan utilizando toda la
artillería de las manipulaciones, las mentiras y el lavado de cerebro
para tratar de intoxicar la mente de la gente (5). En esta guerra ideológica,
han abandonado por completo la función de “cuarto poder”; pretenden
desesperadamente defender los privilegios de una casta y se oponen a toda
reforma social y a toda distribución un poco más justa de
la inmensa riqueza nacional (ver artículo de Maurice Lemoine, páginas
16-17).
El caso venezolano
es paradigmático de la nueva situación internacional en la
cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva
función de perros guardianes del orden económico establecido,
y su nuevo estatuto de poder antipopular y anticiudadano. Estos grandes
grupos no sólo se asumen como poder mediático, constituyen
sobre todo el brazo ideológico de la mundialización, y su
función es contener las reivindicaciones populares que tratan de
adueñarse del poder político (como logró hacerlo,
democráticamente, en Italia, Silvio Berlusconi, dueño del
principal grupo de comunicación trasalpino).
La “guerra
sucia mediática” librada en Venezuela contra el presidente Hugo
Chávez es la réplica exacta de lo que hizo, de 1970 a 1973,
el periódico El Mercurio (6) en Chile contra el gobierno democrático
del presidente Salvador Allende, hasta empujar a los militares al golpe
de Estado. Campañas semejantes, donde los medios de comunicación
pretenden destruir la democracia, podrían reproducirse mañana
en Ecuador, Brasil o Argentina contra toda reforma legal que intente modificar
la jerarquía social y la desigualdad de la riqueza. Al poder de
la oligarquía tradicional y al de los típicos reaccionarios,
se suman actualmente los poderes mediáticos. Juntos -¡y en
nombre de la libertad de expresión!- atacan los programas que defienden
los intereses de la mayoría de la población. Tal es la fachada
mediática de la globalización. Revela de la forma más
clara, más evidente y más caricaturesca la ideología
de la mundialización liberal.
Medios de comunicación
masiva y mundialización liberal están íntimamente
ligados. Por eso, es urgente desarrollar una reflexión sobre la
manera en que los ciudadanos pueden exigir a los grandes medios de comunicación
mayor ética, verdad, respeto a una deontología que permita
a los periodistas actuar en función de su conciencia y no en función
de los intereses de los grupos, las empresas y los patrones que los emplean.
En la nueva
guerra ideológica que impone la mundialización, los medios
de comunicación son utilizados como un arma de combate. La información,
debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia,
se encuentra literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras,
por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones.
Se produce
en este campo lo ocurrido con la alimentación. Durante mucho tiempo,
el alimento fue escaso y aún lo es en numerosos lugares del mundo.
Pero cuando gracias a las revoluciones agrícolas los campos comenzaron
a producir en sobreabundancia, particularmente en los países de
Europa occidental o de América del Norte, se observó que
numerosos alimentos estaban contaminados, envenenados por pesticidas, que
provocaban enfermedades, causaban infecciones, generaban cánceres
y todo tipo de problemas de salud, llegando incluso a producir pánico
en las masas como el mal de la “vaca loca”. En suma, antes uno podía
morirse de hambre, ahora uno puede morirse por haber comido alimentos contaminados...
Con la información,
sucede lo mismo. Históricamente, ha sido muy escasa. Incluso actualmente,
en los países dictatoriales, no existe información fiable,
completa, de calidad. En cambio, en los Estados democráticos, desborda
por todas partes. Nos asfixia. Empédocles decía que el mundo
estaba constituido por la combinación de cuatro elementos: aire,
agua, tierra, fuego. La información se ha vuelto tan abundante que
constituye, de alguna manera, el quinto elemento de nuestro mundo globalizado.
Pero al mismo
tiempo, uno comprueba que, al igual que el alimento, la información
está contaminada. Nos envenena la mente, nos contamina el cerebro,
nos manipula, nos intoxica, intenta instilar en nuestro inconsciente ideas
que no son las nuestras. Por eso, es necesario elaborar lo que podría
denominarse una “ecología de la información”. Con el fin
de limpiar, separar la información de la “marea negra” de las mentiras,
cuya magnitud ha podido medirse, una vez más, durante la reciente
invasión a Irak (7). Es necesario descontaminar la información.
Así como han podido obtenerse alimentos “bio”, a priori menos contaminados
que los demás, debería obtenerse una suerte de información
“bio”. Los ciudadanos deben movilizarse para exigir que los medios de comunicación
pertenecientes a los grandes grupos globales respeten la verdad, porque
sólo la búsqueda de la verdad constituye en definitiva la
legitimidad de la información.
Por eso, hemos
propuesto la creación del Observatorio Internacional de Medios de
Comunicación (en inglés: Media Watch Global). Para disponer
finalmente de un arma cívica, pacífica, que los ciudadanos
podrán utilizar con el fin de oponerse al nuevo superpoder de los
grandes medios de comunicación masiva. Este observatorio es una
expresión del movimiento social planetario reunido en Porto Alegre
(Brasil). En plena ofensiva de la globalización liberal, expresa
la preocupación de todos los ciudadanos ante la nueva arrogancia
de las industrias gigantes de la comunicación.
Los grandes
medios de comunicación privilegian sus intereses particulares en
detrimento del interés general y confunden su propia libertad con
la libertad de empresa, considerada la primera de las libertades. Pero
la libertad de empresa no puede, en ningún caso, prevalecer sobre
el derecho de los ciudadanos a una información rigurosa y verificada
ni servir de pretexto a la difusión consciente de informaciones
falsas o difamaciones.
La libertad
de los medios de comunicación es sólo la extensión
de la libertad colectiva de expresión, fundamento de la democracia.
Como tal, no puede ser confiscada por un grupo de poderosos. Implica, por
añadidura, una “responsabilidad social” y, en consecuencia, su ejercicio
debe estar, en última instancia, bajo el control responsable de
la sociedad. Es esta convicción la que nos ha llevado a proponer
la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación,
Media Watch Global. Porque los medios de comunicación son actualmente
el único poder sin contrapoder, y se genera así un desequilibrio
perjudicial para la democracia.
La fuerza de
esta asociación es ante todo moral: reprende basándose en
la ética y sanciona las faltas de honestidad mediática a
través de informes y estudios que elabora, publica y difunde.
El Observatorio
Internacional de Medios de Comunicación constituye un contrapeso
indispensable para el exceso de poder de los grandes grupos mediáticos
que imponen, en materia de información, una sola lógica -la
del mercado- y una única ideología, el pensamiento neoliberal.
Esta asociación internacional desea ejercer una responsabilidad
colectiva, en nombre del interés superior de la sociedad y del derecho
de los ciudadanos a estar bien informados. Al respecto, considera de una
importancia primordial los desafíos de la próxima Cumbre
Mundial sobre la Información que tendrá lugar en diciembre
próximo, en Ginebra (8). Propone además prevenir a la sociedad
contra las manipulaciones mediáticas que, como epidemias, se han
multiplicado estos últimos años.
El Observatorio
reúne tres tipos de miembros, que disponen de idénticos derechos:
1) periodistas profesionales u ocasionales, en actividad o jubilados, de
todos los medios de comunicación, centrales o alternativos; 2) universitarios
e investigadores de todas las disciplinas, y particularmente especialistas
en medios de comunicación, porque la Universidad, en el contexto
actual, es uno de los pocos lugares parcialmente protegidos contra las
ambiciones totalitarias del mercado; 3) usuarios de los medios de comunicación,
ciudadanos comunes y personalidades reconocidas por su estatura moral...
Los sistemas
actuales de regulación de los medios de comunicación son
en todas partes insatisfactorios. Al ser la información un bien
común, su calidad no podría estar garantizada por organizaciones
integradas exclusivamente por periodistas, a menudo vinculados a intereses
corporativos. Los códigos deontológicos de cada empresa mediática
-cuando existen- se revelan a menudo poco aptos para sancionar y corregir
los desvíos, los ocultamientos y las censuras. Es indispensable
que la deontología y la ética de la información sean
definidas y defendidas por una instancia imparcial, creíble, independiente
y objetiva, en cuyo seno los universitarios tengan un papel decisivo.
La función
de los “ombudsmen” o mediadores, que fue útil en los años
1980 y 1990, está actualmente mercantilizada, desvalorizada y degradada.
Es a menudo un instrumento de las empresas, responde a imperativos de imagen
y constituye una coartada barata para reforzar artificialmente la credibilidad
de los medios.
Uno de los
derechos más preciados del ser humano es el de comunicar libremente
su pensamiento y sus opiniones. Ninguna ley debe restringir arbitrariamente
la libertad de expresión o de prensa. Pero las empresas mediáticas
no pueden ejercerla sino bajo la condición de no infringir otros
derechos tan sagrados como el de que todo ciudadano pueda acceder a una
información no contaminada. Al abrigo de la libertad de expresión,
las empresas mediáticas no deben poder difundir informaciones falsas,
ni realizar campañas de propaganda ideológica, u otras manipulaciones.
El Observatorio
Internacional de Medios de Comunicación considera que la libertad
absoluta de los medios de comunicación, reclamada a viva voz por
los dueños de los grandes grupos de comunicación mundiales,
no podría ejercerse a costa de la libertad de todos los ciudadanos.
Estos grandes grupos deben saber de ahora en adelante que acaba de nacer
un contrapoder, con la vocación de reunir a todos aquellos que se
reconocen en el movimiento social planetario y que luchan contra la confiscación
del derecho de expresión. Periodistas, universitarios, militantes
de asociaciones, lectores de diarios, oyentes de radios, telespectadores,
usuarios de internet, todos se unen para forjar un arma colectiva de debate
y de acción democrática. Los globalizadores habían
declarado que el siglo XXI sería el de las empresas globales; la
asociación Media Watch Global afirma que será el siglo en
el que la comunicación y la información pertenecerán
finalmente a todos los ciudadanos.
NOTAS:
(1) Ignacio
Ramonet, La tiranía de la comunicación, Madrid, Temas de
Debate, 1998; y Propagandas silenciosas, Instituto Cubano del Libro, La
Habana, 2001.
(2) Véase,
por ejemplo, en Italia, la superpotencia mediática del grupo Fininvest
de Silvio Berlusconi, o en Francia, la de los grupos Lagardère o
Dassault.
(3) Presionada
por los grandes grupos mediáticos estadounidenses, la Federal Communications
Commission (FCC) de Estados Unidos autorizó, el 4 de junio de 2003,
la flexibilización de los límites a la concentración:
una empresa podría controlar hasta el 45% de la audiencia nacional
(contra el 35%, en la actualidad). La decisión debía entrar
en vigor el 4 de septiembre último, pero debido a que algunos ven
en ella “una grave amenaza para la democracia”, fue suspendida por la Corte
Suprema.
(4) Ignacio
Ramonet,“El crimen perfecto”, Le Monde diplomatique, edición española,
junio de 2002.
(5) Maurice
Lemoine, “Laboratorios de la mentira en Venezuela”, Le Monde diplomatique,
edición española, agosto de 2002.
(6) Y muchos
otros medios de comunicación, como La Tercera, Ultimas Noticias,
La Segunda, Canal 13, etc. Véase Patricio Tupper, Allende, la cible
des médias chiliens et de la CIA (1970-1973), Editions de l’Amandier,
París, 2003.
(7) Ignacio
Ramonet, “Mentiras de Estado”, Le Monde diplomatique, edición española,
julio de 2003.
(8) Armand
Mattelart, «La clave del nuevo orden internacional”, Le Monde diplomatique,
edición española, agosto de 2003.
Fuente:
Le Monde diplomatique, edición española. Octubre 2003
http://www.monde-diplomatique.es |