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17 de setiembre de 2005
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La
Voz de Galicia - 14 de Septiembre de 2005
Cambiar la ONU
Ignacio
Ramonet
HOY COMIENZA en Nueva York una cumbre excepcional de
jefes de Estado y de gobierno con ocasion del sesenta aniversario de la
creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Más allá de
festejar un cumpleaños, este gran encuentro que durará hasta el viernes
tiene un objetivo central : reformar la ONU.
El mundo ha cambiado
mucho desde aquella Conferencia de San Francisco de junio de 1945 en la
que se gestó esta Organización destinada a garantizar la paz. La Segunda
Guerra Mundial acababa apenas de terminar el 8 de mayo en Europa (pero no
en Asia, donde Estados Unidos aún no había lanzado las bombas atomicas
sobre Hiroshima y Nagasaki obligando a Japón a firmar la paz el 2 de
septiembre). La mayor parte de la humanidad seguía viviendo bajo el yugo
colonial. En el planeta sólo había, en 1945, unos cincuenta países
independientes (hoy son 191).
La creación de la ONU representó una
verdadera revolución en la historia de las relaciones internacionales
porque era la primera tentativa seria de equilibrar las tensiones entre
Estados grandes y pequeños. Por primera vez quedaba prohibido todo uso de
la fuerza. La guerra o cualquier tipo de intervención militar constituía
un «delito contra la paz», excepto en caso de legítima defensa frente a
una agresión exterior. Se instituyó el Consejo de Seguridad, autoridad
suprema en el seno de la ONU, órgano encargado de resolver los diferendos
entre Estados y de sancionar a aquellos países que no respetasen la paz.
Pero aunque la ONU constituyó un adelanto gigantesco en la
humanización de la política exterior de los Estados, pronto se vio que
algo no funcionaba. Primero porque, en el seno del Consejo de Seguridad,
cinco países -los cinco vencedores de la guerra: Estados Unidos, Rusia,
Reino Unido, China y Francia- tenían un doble estatuto privilegiado: eran
miembros permanentes, y disponían de un derecho de veto que les permitía
oponerse a cualquier decisión contraria a sus intereses.
Y
segundo, porque en cuanto empezó la guerra fría, en 1948, la rivalidad
entre los dos supergrandes -Estados Unidos y Rusia- obstaculizó el buen
funcionamiento de la ONU. La organización no pudo evitar la guerra de
Vietnam, ni las agresiones estadounidenses contra Cuba, Nicaragua, Granada
y Panamá; ni tampoco las intervenciones soviéticas en Hungría,
Checoslovaquia y Afganistán. Ni las decenas de «conflictos de baja
intensidad» que se multiplicaron en África, Asia y América Latina causando
millones de muertos.
Esa situación, ya muy insatisfactoria, se
complicó después de la caída del muro de Berlín (1989) y de la implosión
de la Unión Soviética (1991). Estados Unidos, como única hiperpotencia, se
vio tentada por el unilateralismo, una política extranjera egoísta sin
tener en cuenta el mundo exterior. Así invadió Irak en el 2003 a pesar de
la no autorización de la ONU.
Por otra parte, muchos países
«grandes» del Sur -Brasil, México, India, Nigeria, Sudáfrica, Egipto-
consideran que el tercer mundo, donde viven los dos tercios de los
habitantes del planeta, no está bien representado en el Consejo de
Seguridad y aspiran a obtener un puesto de miembro permanente, con o sin
derecho de veto. Además, los dos grandes vencidos de la Segunda Guerra
Mundial -Alemania y Japón-, que son hoy dos de las principales potencias
económicas del mundo y están entre los más importantes contribuidores al
presupuesto de la ONU, también pretenden instalarse en el Consejo de
Seguridad como miembros permanentes.
La batalla diplomática va a
ser tremenda, histórica. Con el cambio de la ONU, la política exterior
mundial va a modificarse. Entramos en una nueva era.
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