Ignacio Ramonet - rodelu.net
22 de setiembre de 2005

el Periódico de Catalunya - 20 de setiembre de 2005

Por qué Schröder no perdió

• Los alemanes aún consideran al canciller un baluarte del Estado del bienestar y la Europa social

Ignacio Ramonet
Director de Le Monde Diplomatique
Las elecciones en Alemania dejan abiertas muchas opciones de gobierno porque permiten diferentes alianzas entre los principales partidos. Si leemos los resultados en función del criterio tradicional de diferenciación entre izquierda y derecha (admitiendo que estos dos términos aún tengan una clara significación política), constatamos que los electores han votado en ligera mayoría a favor de las izquierdas (SPD + Verdes + PDS-Wasg = 51,1%).
Resultaría pues chocante que Angela Merkel encabezara una coalición de gobierno desconociendo esa importante lección del escrutinio. Por otra parte, una alianza de las izquierdas no parece viable. Gerhard Schröder la descartó de antemano no sólo por su conocida enemistad con Oskar Lafontaine, devenido ahora uno de los líderes principales de la izquierda antiliberal, sino por la incompatibilidad frontal de los respectivos programas.
La izquierda antiliberal, que era la gran novedad política, se ha constituido estos últimos meses sobre la base de una crítica sin piedad del balance del Gobierno de Schröder. Esa formación resulta, como se sabe, de la alianza de dos partidos: el Partido del Socialismo Democrático (PDS), producto de la refundación del Partido Comunista de Alemania del Este, expartido único en tiempos de la RDA, y del Wasg, alternativa electoral para el empleo y la justicia social, una organización creada en enero pasado por sindicalistas y militantes altermundialistas decepcionados por el Gobierno de Schröder.
El Wasg se ha desarrollado sobre todo en Alemania Occidental después de las grandes manifestaciones sociales de verano del 2004, cuando más arreciaban las protestas contra las reformas liberales del canciller. El 22 de mayo pasado, el Wasg ya demostró que podía causarle un daño importante a los socialdemócratas. En las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia, que el SPD dominaba desde hacía 39 años, presentó candidatos en todas las circunscripciones y aunque sólo consiguió un modesto 2,2%, eso significó que 180.000 electores votaron por él, de los cuales 50.000 eran votantes habituales del SPD. La pérdida de estos electores representó una derrota histórica para el SPD que condujo al canciller a provocar nuevas elecciones.
La alianza PDS-Wasg amenazaba con encerrar por un largo periodo a los socialdemócratas en el gueto del 30% en el que estuvieron durante decenios, con la imposibilidad de gobernar, y del que sólo salieron en 1958 cuando adoptaron el Programa de Bad Godesberg, en el que renunciaban al marxismo y se declaraban partidarios de un pacto con el capitalismo en la perspectiva de crear una "economía social de mercado". Utilizar la energía del capitalismo para apuntalar y fortalecer el Estado de bienestar.

ESE PROYECTO recobró vida en 1998 cuando Schröder ganó las elecciones aliándose con los verdes, después de 20 años de políticas cristianodemócratas de Helmut Köhl. Pero muy pronto el nuevo Gobierno empezó a defraudar, adoptando iniciativas de marcado corte neoliberal que el propio Köhl no había conseguido imponer. El cambio de línea inclinaba cada vez más hacia el modelo neoliberal. Eso fue perceptible en marzo de 1999 cuando el ministro de Economía de entonces, Oskar Lafontaine, dimitió con estrépito del Gobierno coincidiendo con lo que muchos consideraron como otra traición: el envío de tropas alemanas, por primera vez desde 1945, a una guerra en suelo europeo, en Kosovo.
La hostilidad hacia el Gobierno del canciller creció en los medios sindicales y de izquierda, sobre todo cuando, hace dos años, Schröder lanzó su idea de la llamada Agenda 2010, que comporta toda una serie de medidas impopulares: reducción de las indemnizaciones de paro de 32 a 12 meses, disminución en materia de Seguridad Social, las jubilaciones ya no serán aumentadas, y la jubilación por capitalización (es decir, la privatización del retiro) será ahora favorecida, etcétera. Las huelgas y las manifestaciones se multiplicaron. El número de parados aumentó así como el de personas viviendo bajo el umbral de pobreza.
En esas circunstancias surgió, como vimos, el Wasg. Y prosperó en las encuestas gracias a su crítica vitriólica de esas medidas antisociales. Todos los institutos de estudios de opinión le daban, antes del comienzo de la campaña electoral, un 12%. Y a la vez, vaticinaban un descalabro completo del SPD otorgándole el 27%.

LA RESPONSABLE de que estos pronósticos no se hayan producido es sin ninguna duda Angela Merkel. El ultraliberalismo delirante de su programa de gobierno y en particular las tesis "visionarias" de su "ministro de Economía en la sombra", Paul Kirchof, han tenido un efecto espantapájaros. En comparación, las medidas liberales de Schröder han aparecido como muy veniales, y en definitiva, moderadas. Por eso, muchos electores que se disponían a votar por la "izquierda de la izquierda", consideraron que la crítica del PDS-Wasg era excesiva y que, comparado al tándem ultraliberal Merkel-Kirchof, Schröder se situaba en un respetable centroizquierda civilizado.
Las primeras lecciones de estos comicios son pues dos. Primero: la izquierda altermundista debe ajustar su crítica de la socialdemocracia a hechos muy concretos, sin dejarse llevar por una retórica de la "traición" y de la acusación excesiva que acaba por favorecer electoralmente a los socialistas.
Y segundo: Schröder, quien quizá se alíe a Merkel en el seno de una Gran Coalición, no debe olvidar que si esta vez no perdió es porque muchos alemanes todavía le consideran como un (cada vez más) frágil baluarte en la defensa del Estado de bienestar y del modelo social europeo...
 
PORTADA IGNACIO RAMONET