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28 de octubre de 2005
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La
Voz de Galicia - 26 de octubre de 2005
Eduardo Haro
Ignacio
Ramonet
EN TÁNGER,
donde yo me crié, alla por los años sesenta conocí a
Eduardo Haro Tecglen, el cronista rojo que falleció en Madrid el
pasado 18 de octubre. Precedido por una reputación de gran profesional, llegó a
la ciudad del Estrecho para dirigir el diario de lengua castellana España, que
allí se editaba desde que las tropas de Franco, en 1940, habían ocupado esa urbe
administrada hasta entonces por las naciones firmantes del tratado de Algeciras
(1906).
Eduardo sustituía a otro gran periodista, Manuel Cerezales. Pero
a diferencia de éste, que era -además de esposo de la novelista Carmen Laforet-
una persona reservada y casi encerrada en su universo profesional, Haro y su
esposa de entonces, Pilar Ybars, se integraron de inmediato en el mundillo
intelectual de Tánger.
En aquella época, aunque Marruecos había
conseguido su independencia en 1956 y por consiguiente Tánger había perdido su
carácter internacional, aún flotaban en el aire los efluvios excitantes del
cosmopolitismo reciente. Allí, en el cruce de dos continentes y de dos mares,
coexistían religiones (musulmana, judía, cristiana, hindú), etnias (bereberes,
árabes, sefardíes, europeos latinos, británicos, nórdicos e hindúes) y lenguas
(rifeño, árabe dialectal, haquitía de los judíos sefardíes, castellano-andaluz,
francés, italiano, inglés y maltés).
En aquella pequeña Babel el nivel
cultural era exigente. Los principales creadores se reunían en torno al escritor
y critico de cine Emilio Sanz de Soto. Entre quienes participaban en lo que
podríamos llamar su tertulia cabe citar al escritor Ángel Vázquez (autor de La
vida perra de Juanita Narboni), músicos como Alberto Pimienta, pintores como
Juli Ramis, Antonio Fuentes y José Hernández. También acudían allí autores
famosos afincados en la ciudad, como el estadounidense Paul Bowles y su esposa,
la novelista Jane Bowles, quienes a veces iban acompañados de autores de la
talla de Truman Capote o de William Burroughs.
En este grupo se integró
Eduardo Haro Tecglen. Entre 1957 y 1960 había sido corresponsal en París del
diario madrileño Informaciones y hablaba francés con fluidez. Se había
impregnado mucho de la cultura política francesa, en una época de gran debate
sobre la guerra de Argelia. Y estaba muy familiarizado con la obra de Albert
Camus, de Jean-Paul Sartre y con todo lo que se llamaba el «compromiso
político».
En aquel enriquecedor ambiente tangerino empezó a despuntar
también el genio creador de su hijo Eduardo Haro Ibars (muerto de sida en 1988,
a los 40 años), quien luego sería el principal poeta de la movida madrileña.
Salvando las trampas de la censura, Haro Tecglen transformó el periódico
España, a pesar de que éste estaba al servicio de la propaganda del régimen
franquista. Para quien sabía leer entre líneas, sobre todo en las noticias del
extranjero, este periódico era de un gran atrevimiento político.
Con esa
experiencia de conseguir ser audaz para el lector inteligente, Eduardo fue
llamado en 1968 por José Ángel Ezcurra para asumir la subdirección del semanario
Triunfo. Ya en el tardofranquismo alcanzó en esa función su apogeo profesional,
convirtiendo esta publicación (en la que tuve el honor de colaborar junto con,
entre otros muchos, Manuel Vázquez Montalbán y Ramón Chao) en una lectura
obligada para todo demócrata en España.
El resto de su trayectoria es de
todos conocido. Nos queda, para siempre, su ejemplo.
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