Ignacio Ramonet - rodelu.net |
26 de noviembre de 2005
|
el
Periódico de Catalunya - 26 de noviembre de 2005
El calabozo del mundo
• Los
países ricos encierran a África en un laberinto de la pobreza
del que sólo se sale asaltando Europa
Ignacio
Ramonet
Director de
Le Monde Diplomatique
Con
fascinación y escalofríos asistimos a los repetidos y a veces
trágicos asaltos contra las murallas alambradas de Melilla,
llevados a cabo por disciplinadas columnas de jóvenes
subsaharianos. En otras zonas (Canarias, la isla italiana de
Lampedusa, las costas de Grecia, Chipre, Malta, la isla
francesa de Mayotte cerca de Madagascar), los invasores
llegan de noche --si no zozobran--, a las playas en
silenciosas embarcaciones, como antaño hacían vikingos,
normandos y sarracenos. En Europa y otras partes del mundo
rico, muchos tienden a considerar a esos asaltantes
como agresores, delincuentes o hasta criminales. Algunos
reclaman mano más dura. Más vigilancia, más policía, más
Ejército, más expulsiones... Sin parar a preguntarse por qué
causas esas personas están dispuestas a correr tantos riesgos
para, en definitiva, poner por precio vil al servicio de
nuestro confort y alto nivel de vida su fuerza de
trabajo. Para empezar a entenderlo hay que recordar que el
África subsahariana es una de las regiones más pobres del
planeta. Con una pobreza extrema que se explica por diversos
factores. En primer lugar, la trata de esclavos, crimen y
genocidio que vació durante siglos al subcontinente de
millones de sus hombres y mujeres más jóvenes, sanos y
fornidos, obligando a comunidades enteras a vivir escondidas y
aisladas en las profundidades de la jungla, sin contacto
alguno con los progresos de la técnica y de la
ciencia. Luego ha de rememorarse la colonización de África,
impuesta a sangre y fuego, a base de guerras, exterminios y
deportaciones. Todos los poderes locales que osaron oponerse y
resistir a los conquistadores portugueses, británicos,
franceses, alemanes, holandeses o españoles fueron
aplastados. Las potencias coloniales establecieron de modo
autoritario una economía fundada en la exportación de materias
primas hacia la metrópoli y en el consumo de productos
manufacturados producidos en Europa. Así, África perdió en los
dos tableros. Y esa doble explotación, por lo esencial, no se
ha modificado. Por ejemplo, Costa de Marfil, primer productor
mundial de cacao (40% del total) nunca ha podido desarrollar
una industria chocolatera exportadora. Igual se puede afirmar
de Mali o Níger, dos de los principales productores de
algodón, quienes se han hallado en la imposibilidad de montar
una verdadera industria textil. Y eso porque, en general, las
tarifas aduaneras excesivas impuestas por los países
importadores ricos a los eventuales productos elaborados en el
Sur arruinan toda posible competencia con los productos
fabricados en el Norte.
LOS PAÍSES desarrollados
quieren conservar la exclusividad de la transformación de las
materias primas, o, en el marco de la globalización liberal,
aceptan deslocalizar sus fábricas hacia China donde la
mano de obra es hábil, dócil y, sobre todo, barata, pero no
están dispuestos a invertir en África, ni a desarrollar en
este continente un sector industrial importante. La división
internacional del trabajo, efectuada en favor de los intereses
de los países del Norte, atribuye a África negra un rol
subalterno, marginal, lo cual impide a esta área entrar en la
espiral virtuosa del desarrollo. Las fabulosas riquezas
mineras y forestales del continente africano son vendidas a
precios de saldo, para el mayor enriquecimiento de nuestras
empresas importadoras y transformadoras. De ese modo, no se
crean empleos ni siquiera en las industrias agroalimentarias,
que es el sector básico a partir del cual se puede edificar un
verdadero desarrollo agrícola, y más tarde industrial. Por eso
también, África es el último continente que aún conoce con
regularidad crisis alimentarias, y hasta hambrunas como la
actual de Níger. Esta región del mundo, tan a menudo
calificada por los medios dominantes del Norte de
"subdesarrollada, violenta, caótica" e "infernal", no habría
conocido tal inestabilidad política --golpes de Estado
militares, insurrecciones, masacres, genocidios, guerras
civiles--, si los países ricos del Norte le hubiesen ofrecido
reales posibilidades de desarrollo en lugar de seguir
explotándolas hasta el día de hoy. La pobreza creciente se ha
convertido en causa de desorden político, de corrupción, de
nepotismo, y de inestabilidad crónica. Y esta misma
inestabilidad desalienta a los inversores tanto locales como
internacionales. Con lo cual se cierra el circulo vicioso del
laberinto de la pobreza.
HAY QUE añadir a este
escalofriante panorama, la epidemia de sida que está diezmando
a la población del sureste del continente y que ya ha creado
unos 12 millones de huérfanos. La pandemia priva a los menores
de su familia y los expone a toda clase de peligros. Entre
ellos el de ser reclutados como soldados o por redes de
prostitución infantil. Mientras un niño europeo o japonés
tiene una esperanza de vida de unos 80 años, la de un menor de
Zambia, Uganda o Mali apenas llega a los 33. Éstas son
algunas de las razones que explican por qué hoy día un (o una)
joven del sur del Sáhara, en plena salud y a menudo con buena
formación educacional, no desea seguir viviendo en lo que es
el calabozo del mundo. Decenas de miles, en este momento,
están marchando hacia los vados que conducen a Europa, con la
esperanza de poder vivir, por fin, una vida de persona normal.
Y quizá también con la reivindicación inconsciente de que algo
les debemos a ellos de nuestra riqueza actual. Esto es sólo
el comienzo, y no se sabe qué tipo de muros habrá que
construir para desalentar el flujo. Porque el Banco Mundial
acaba de advertir de que la bomba demográfica ya ha estallado,
y que ya hay en los países pobres unos 2.500 millones de
jóvenes de menos de 22 años que no encuentran trabajo en sus
países. Y cuya única perspectiva es la de correr al asalto de
las murallas de Europa... |