Ignacio Ramonet - rodelu.net |
3 de diciembre de 2005
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Le
Monde Diplomatique en español - Diciembre de 2005
Torturas...
Ignacio
Ramonet
"Nosotros no torturamos", afirmó George W.
Bush. Era el 7 de noviembre último en Panamá, al final de una gira de
cinco días por América Latina, una región largamente martirizada por
regímenes dictatoriales -apoyados por Washington- que practicaban
masivamente las "desapariciones" de sospechosos y la tortura. El
presidente de Estados Unidos respondía así a las recriminaciones
formuladas por el diario The Washington Post (1) contra los servicios de
información estadounidenses, acusados de llevar a cabo secuestros
clandestinos de personas y torturas fuera de Estados Unidos, en prisiones
secretas llamadas "sitios negros".
¿Se puede creer a Bush? La
respuesta es no. ¿No había acaso afirmado, para invadir Irak, que el
régimen de Sadam Hussein estaba vinculado con la red Al-Qaeda? ¿Y que
Bagdad poseía "armas de destrucción masiva"? Dos mentiras en nombre de las
cuales Washington desencadenó una "guerra preventiva" que costó la vida a
decenas de miles de personas (entre ellas, más de 2.000 militares
estadounidenses).
Bush no es de fiar. Menos aún sobre la cuestión
de la tortura. Varios informes, elaborados por instituciones que están más
allá de toda sospecha, como la Cruz Roja Internacional, Amnesty
International o Human Rights Watch (2), confirman que, desde los atentados
del 11 de septiembre, las autoridades estadounidenses ya no respetan, en
su lucha contra el "terrorismo internacional" (3), las Convenciones de
Ginebra sobre el trato debido a los detenidos, ni la Convención de las
Naciones Unidas contra la tortura.
La administración de Bush
cambió las reglas del juego al decidir, el día siguiente al 11 de
septiembre, instaurar tribunales de excepción y crear, fuera del
territorio de Estados Unidos -y, por ende, fuera de toda jurisdicción
estadounidense- la prisión de Guantánamo para encarcelar a "prisioneros
del campo de batalla" (calificación diferente de "prisioneros de guerra",
lo que impide el recurso a la Convención de Ginebra).
La tesis
neoconservadora del jurista Alberto Gonzales, ex asesor del presidente y
actual Attorney General (ministro de Justicia) es, de algún modo, la
siguiente: Estados Unidos no debe "debilitarse" por respetar los
derechos humanos. En dos informes remitidos en febrero y agosto de 2002,
Gonzales modificó el derecho relativo a la tortura. Este término designa
ahora, en Estados Unidos, sólo los actos "que afecten irremediablemente a
la integridad física de los prisioneros". Más allá de este umbral, todo
suplicio es legal. ¿Cómo sorprenderse de que, desde diciembre de 2002,
en la cárcel de Bagram, Afganistán, la utilización de la tortura por parte
del ejército estadounidense se haya convertido en sistemática? Allí, los
sospechosos son "encadenados en sus celdas y golpeados con frecuencia",
"lanzados contra las paredes o las mesas", o reciben "patadas en la ingle
y las piernas", o se les vierte "agua en la boca hasta que se ahogan".
Muchos mueren (4).
Una investigación dada a conocer por The New
York Times (5), confirmó la rutina de los tormentos infligidos por
militares estadounidenses que, en la mayoría de los casos, torturan a sus
detenidos sin siquiera interrogarlos... La investigación reconoce que las
técnicas utilizadas por los hombres del 519º batallón de información
militar en Bagram les fueron enseñadas en Guantánamo... Y que ese mismo
batallón 519 ha estado después a cargo de los brutales interrogatorios de
la prisión iraquí de Abu Ghraib. Otras investigaciones revelan que la
Central Intelligence Agency (CIA) secuestra a sospechosos en todo el mundo
-en Alemania, Italia, Suecia y otros lugares- para entregarlos a países
amigos, como Arabia Saudí, Jordania o Egipto, donde pueden ser torturados
sin límites. Recientemente, algunos informes han demostrado que la CIA
disponía de una verdadera red de cárceles secretas en todo el mundo
-calificada por Amnistía Internacional de "gulag de nuestro tiempo"-,
algunas de las cuales estarían ubicadas en países de la Unión Europea
(¿Polonia?) y de Europa del Este (¿Rumanía?)
Además de repugnante
en los planos jurídico y ético, todo esto se revela como desastroso para
el prestigio moral de los estadounidenses en el mundo. Como otras
democracias enfrentadas a la amenaza del terrorismo, Estados Unidos ve
convertirse la cuestión de la tortura en un dilema político central. En su
debate con el vicepresidente Richard Cheney, defensor de una línea dura,
el senador republicano John McCain recordó que, dado que existen sanciones
que un gobierno democrático jamás debe infligir a un ser humano, la
grandeza de la democracia reside en su capacidad de prohibirse recurrir a
ciertas medidas de fuerza. La primera de ellas es la tortura.
Notas: (1) Dona Priest, "CIA Holds Terror Suspects
in Secret Prisons", The Washington Post, 2 de noviembre de 2005. (2)
Ver "Violación de los derechos, muertes sospechosas y torturas", extractos
del informe de Human Rights Watch, Le Monde diplomatique, edición
española, abril de 2004. Ver también Stephen Grey, "La CIA deslocaliza la
tortura", Le Monde diplomatique, edición española, abril de 2005. (3)
En realidad debería decirse contra el "terrorismo islamista", puesto que
auténticos terroristas internacionales que actuaron a favor de Washington,
como Luis Posada Carriles (culpable de la muerte de decenas de inocentes)
continúan bajo la protección de las autoridades estadounidenses, que se
niegan a extraditarlo. Ver Leonard Weiglass (páginas 14 y 15). (4) Le
Monde, París, 16 de marzo de 2005. (5) International Herald Tribune,
París, 21 de marzo de 2005.
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