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21 de diciembre de 2005
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La
Voz de Galicia - 21 de diciembre de 2005
Esclavos
Ignacio
Ramonet
ESTOY en Dakar (Senegal) participando en un coloquio
internacional consagrado a Las vías del afrorenacimiento . El
tiempo es seco y caluroso, típico aquí de estos días de finales de diciembre, y
el encuentro tiene lugar a orillas del mar en la prestigiosa universidad
Cheik-Anta-Diop. Se analizan los estragos producidos por la globalización
liberal en esta zona del Sahel y se citan, en particular, las destrucciones
sociales causadas por las políticas de ajuste estructural del
Fondo Monetario Internacional (FMI), aplicadas en Senegal por el presidente
Abdoulaye Wade.
La drástica reducción de los presupuestos
gubernamentales se ha traducido en la desaparición de muchos servicios públicos,
privatizaciones a mansalva, despidos de miles de funcionarios. En suma, un
desastre social muy semejante al ocasionado por las mismas políticas en América
Latina. No es, por consiguiente, casualidad que los participantes citen en sus
ponencias al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, como el estadista que ha
sabido parar la ofensiva neoliberal y devolver la dignidad a los ciudadanos
humildes. Constato que, también en África, Chávez se está convirtiendo en una
referencia y un modelo.
Algunos de los ponentes insisten en las causas
históricas del subdesarrollo actual. Ponen el acento en las tragedias de la
trata de esclavos y el colonialismo. Dos calamidades que, según ellos, ningún
otro continente ha conocido en tan devastadora escala.
Decido ir a
visitar la isla de Gorée, situada a media hora de travesía marítima de Dakar.
Por la arquitectura de sus casas coloniales, el color rojo, amarillo y verde de
las fachadas, sus calles empedradas, sus palacios de gobernadores o de capitanes
generales y sus iglesias, la isla recuerda a cualquiera de las Antillas, como si
el pequeño trozo de mar que la separa del continente africano fuese de hecho un
vasto océano.
En Gorée se halla una de las decenas de casas de esclavos
que existían en la isla en la época de la trata. Es la única en toda África que
se ha conservado tal como era. Los negreros, en sus instalaciones, concentraban
a los hombres, mujeres y niños raptados por cazadores en el interior de las
tierras africanas para embarcarlos, ya esclavizados, y venderlos como ganado
humano en América. Cada etnia africana, como cualquier animal de carga, tenía su
precio, en función de su robustez. La más cotizada era la etnia yoruba.
La casa de esclavos de Gorée es pequeña y podía acoger en las inhumanas
mazmorras de su planta baja de 150 a 200 esclavos. En el piso de encima, sin
aparentes problemas de conciencia, vivían los mercaderes blancos. Desde casas
como ésta, que poseían salida directa a un embarcadero, se deportaron
encadenados, a lo largo de más de tres siglos (de 1546 a 1848), unos veinte
millones de personas, de las cuales se estima que, a causa de los malos tratos,
seis millones murieron durante las travesías.
Por su importancia
histórica y porque da testimonio de uno de los mayores crímenes contra la
humanidad, este lugar ha sido declarado patrimonio mundial por la Unesco. Aquí
han venido a inclinarse personalidades como el papa Juan Pablo II (que pidió
perdón por el largo silencio de la Iglesia) o el presidente Clinton. Hoy es
lugar de peregrinación para los afroestadounidenses. También vino hace poco el
presidente Bush. Pero, como comentó Boubacar Ndiaye, conservador de la casa de
los esclavos, «fue un gesto hipócrita. El responsable del penal de Guantánamo y
de los abusos en la cárcel de Abu Ghraib no tenía nada que hacer aquí».
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