a prensa escrita está en crisis. En muchos lugares está
experimentando un considerable descenso de difusión y una grave pérdida de
identidad y de personalidad. ¿Por qué razones y cómo se ha llegado a esta
situación? Independientemente de la influencia, real, del contexto económico y
de la recesión, nos parece que las causas profundas de esta crisis hay que
buscarlas en la mutación que han experimentado, en los últimos años, algunos
conceptos básicos del periodismo.
En primer lugar, la misma idea de la información. Hasta hace
poco informar era, de alguna manera, proporcionar no sólo la descripción precisa
-y verificada- de un hecho, un acontecimiento, sino también un conjunto de
parámetros contextuales que permitieran al lector comprender su significado
profundo. Era responder a cuestiones básicas: ¿Quién ha hecho qué?, ¿con qué
medios?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿cuáles son las consecuencias?
Todo esto ha cambiado completamente bajo la influencia de la
televisión, que hoy ocupa en la jerarquía de los medios un lugar dominante y
está expandiendo su modelo. El telediario, gracias especialmente a su ideología
del directo y del tiempo real, ha ido imponiendo, poco a poco, un concepto
radicalmente distinto de la información. Informar es, ahora, "enseñar la
historia en marcha" o, en otras palabras, hacer asistir (si es posible en
directo) al acontecimiento. Se trata, en materia de información, de una
revolución copernicana, de la cual aún no se han terminado de calibrar las
consecuencias. Esto supone que la imagen del acontecimiento (o su descripción)
es suficiente para darle todo su significado.
En el límite, sobra hasta el propio periodista, en este cara a
cara telespectador-historia. El objetivo prioritario, para el telespectador, es
su satisfacción, no tanto comprender la importancia de un acontecimiento como
verlo con sus propios ojos. Cuando esto ocurre, es una alegría. Y así se
establece, poco a poco, la engañosa ilusión de que ver es comprender y que
cualquier acontecimiento, por abstracto que sea, debe imperativamente tener una
parte visible, mostrable, televisable. Esta es la causa de que asistamos a una
emblematización reductora, cada vez más frecuente, de acontecimientos complejos.
Por ejemplo, todo el entramado de los acuerdos Israel-OLP se reduce al apretón
de manos entre Rabin y Arafat... Por otra parte, una concepción como ésta de la
información conduce a una penosa fascinación por las imágenes "tomadas en
directo", de acontecimientos reales, incluso si se trata de hechos violentos y
sangrientos.
Hay otro concepto que también ha cambiado: el de la actualidad.
¿Qué es hoy la actualidad? ¿Qué acontecimientos hay que destacar en el mare
magnum de hechos que ocurren en todo el mundo? ¿En función de qué criterios hay
que hacer la elección? También aquí es determinante la influencia de la
televisión pues es ella, con el impacto de sus imágenes, la que impone la
elección y obliga, nolens volens, a la prensa escrita, a seguirla. La televisión
construye la actualidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al
silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes. Poco a poco
se va estableciendo entre la gente que la importancia de los acontecimientos es
proporcional a su riqueza de imágenes. O, por decirlo de otra forma, que un
acontecimiento que se puede enseñar (si es posible, en directo, y en tiempo
real) es más fuerte, más interesante, más importante, que el que permanece
invisible y por tanto, su importancia es abstracta. En el nuevo orden de los
medios las palabras, o los textos, no valen lo que las imágenes.
También ha cambiado el tiempo de la información. La
optimización de los medios es, ahora, la instantaneidad (el tiempo real), el
directo, que sólo pueden ofrecer la televisión y la radio. Esto hace vieja a la
prensa diaria, forzosamente retrasada en los acontecimientos y, a la vez,
demasiado cerca de los hechos para poder sacar, con suficiente distancia, todas
las enseñanzas de lo que acaba de producirse. La prensa escrita acepta la
imposición de tener que dirigirse no a los ciudadanos sino a los
telespectadores.
Todavía hay un concepto más, un cuarto, que se ha modificado.
Fundamental: el de la veracidad de la información. Hoy, un hecho es verdadero no
porque corresponda a criterios objetivos, rigurosos y verificados en las
fuentes, sino simplemente porque otros medios repiten las mismas afirmaciones y
las «confirman»... Si la televisión (a partir de una noticia o una imagen de
agencia) emite una información y si la prensa escrita, y la radio, la retoman,
es suficiente para acreditarla como verdadera. De esta forma, como podemos
recordar, se construyeron las mentiras de las «fosas de Timisoara», y todas de
la Guerra del Golfo. Los medios no saben distinguir, estructuralmente, lo
verdadero de lo falso. En este embrollo mediático, nada más en vano que intentar
analizar la prensa escrita aislada de los restantes medios de comunicación. Los
medios (y los periodistas) se repiten, se imitan, se copian, se contestan y se
mezclan, hasta el punto de no constituir más que un único sistema de
información, en cuyo seno es cada vez más arduo distinguir las especificaciones
de tal o cual medio tomados por separado. En fin, información y comunicación
tienden a confundirse. Demasiados periodistas siguen creyendo que son los únicos
que producen información, cuando toda la sociedad se ha puesto frenéticamente a
hacer lo mismo. No existe prácticamente institución (administrativa, militar,
económica, cultural, social, etc.), que no se haya dotado de un servicio de
comunicación que emite -sobre ella misma y sus actividades- un discurso
pletórico y elogioso. A este respecto, todo el sistema en las democracias
catódicas se ha vuelto astuto e inteligente, capaz de manipular sabiamente los
medios y de resistirse a su curiosidad. Ahora sabemos que la «censura
democrática» existe.
A todas estas deformaciones hay que añadir un malentendido
fundamental... Muchos ciudadanos estiman que, confortablemente instalados en el
sofá de su salón, mirando en la pequeña pantalla una sensacional cascada de
acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden
informarse con seriedad. Error mayúsculo. Por tres razones: la primera, porque
el periodismo televisivo, estructurado como una ficción, no está hecho para
informar sino para distraer; en segundo lugar, porque la sucesión rápida de
noticias breves y fragmentadas (una veintena por cada telediario), produce un
doble efecto negativo de sobre-información y desinformación; y, finalmente,
porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión más acorde con el mito
publicitario que con la movilización al que el ciudadano adquiere el derecho a
participar inteligentemente en la vida democrática.
Numerosas cabeceras de la prensa escrita continúan, a pesar de
todo, por mimetismo televisual, por endogamia catódica, adoptando las
características propias del medio audiovisual: la maqueta de la primera página
concebida como una pantalla, la reducción del tamaño de los artículos, la
personalización excesiva de los periodistas, la prioridad al sensacionalismo, la
práctica sistemática del olvido, de la amnesia, en relación con las
informaciones que hayan perdido actualidad, etc. Compiten con el audiovisual en
materia de marketing y desprecian la lucha de las ideas. Fascinados por la forma
olvidan el fondo. Han simplificado su discurso en el momento en que el mundo,
convulsionado por el final de la guerra fría, se ha visto considerablemente más
complejo. Un desfase tal entre este simplismo de la prensa y la nueva
complicación de la política internacional, desconcierta a muchos ciudadanos que
no encuentran en las páginas de su publicación un análisis diferente, más
amplio, más exigente, que el que les propone el telediario. Esta simplificación
resulta tanto más paradójica, en cuanto que el nivel educativo continúa
elevándose y aumentan los estudiantes superiores. Al aceptar no ser más que un
eco de las imágenes televisadas, muchos periódicos mueren, pierden su propia
especificidad y, como consecuencia, sus lectores.
En Le Monde Diplomatique creemos que informarse sigue siendo
una actividad productiva, imposible de realizar sin esfuerzo y que exige una
verdadera movilización intelectual... Una actividad tan noble en democracia,
como para que el ciudadano decida dedicarle una parte de su tiempo y su
atención. Si nuestros textos son, en general, más largos que los de otros
periódicos y revistas, es porque resulta indispensable mencionar los puntos
fundamentales de un problema, sus antecedentes históricos, su trama social y
cultural, su importancia económica, para poder apreciar mejor toda su
complejidad.
Cada vez más lectores aceptan esta concepción exigente de la
información y son sensibles a nuestras formas, sin duda imperfectas, pero
sobrias, de observar la marcha del mundo. Las notas a pie de artículo, que
enriquecen los textos y permiten, eventualmente, completar y prolongar la
lectura, no parecen molestarles demasiado. Al contrario, muchos ven en ellas un
rasgo de honestidad intelectual y un medio para enriquecer su documentación
acerca de tal o cual informe.
«Son necesarios largos años, escribe Vaclav Havel, antes de que
los valores que se apoyan en la verdad y la autenticidad morales se impongan y
se lleven por delante el cinismo político; pero, al final, siempre acaban
ganando la batalla».
Esta seguirá siendo también nuestra paciente apuesta.