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22 de febrero de 2006
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La
Voz de Galicia - 22 de febrero de 2006
Eusebio Leal
Ignacio
Ramonet
PASEANDO
por la luminosa Habana Vieja, recorrida por grupos de
turistas deslumbrados, me encuentro con una de las personas que más admiro:
Eusebio Leal, historiador de esa ciudad y responsable de la fabulosa
restauración del centro histórico que hoy en día todo el mundo elogia.
Conocí a Eusebio hace más de 25 años, a principios de la década de los
ochenta. Me lo presentó mi amigo Alfredo Guevara, el forjador del Nuevo Cine
cubano, a la sazón viceministro de Cultura. Recuerdo que era de noche, y
Eusebio, recién nombrado restaurador supremo de la vieja Habana, nos invitó a
recorrer con él las calles y plazas del laberíntico casco antiguo. Aquéllo era
casi todo ruinas y suciedad, casas desvencijadas, apuntaladas a menudo con
tablas y maderos que invadían los callejones o se apoyaban en las paredes
endebles de los frágiles edificios vecinos.
Eusebio Leal se detenía a
veces delante de alguna casona que más parecía una acumulación de escombros, y
con algo de visionario en la voz y en la mirada nos la describía ya restaurada,
desembarazada de su envoltorio de miles de cables eléctricos, rehechas las
vidrieras, los balcones remontados, las puertas restablecidas... Con tal
convicción en su voz, tal entusiasmo en su descripción, que se producía el
milagro, y como una suerte de espejismo, el nuevo edificio se erigía ante
nuestros ojos con el esplendor recobrado de su glorioso pasado.
Recuerdo
en particular su discurso frente a una casa carcomida, desprovista -para nuestro
entender profano- del menor encanto, cerca de la plaza de Armas, en la que él
veía todos los elementos de una mansión andaluza con influencias árabes, y nos
anunciaba que, una vez restaurada, se podría consagrar, por ejemplo, a un hogar
de la amistad cubano-árabe. Eso era hace un cuarto de siglo, y debo admitir mi
escepticismo de entonces. Pero el vaticinio de Eusebio se cumplió, y todos los
que recorren esas calles pueden hoy comprobar que, en dos edificios
restablecidos con fino gusto, se establecieron, en efecto, la casa-museo
arabo-islámica y el restaurante de comida árabe Al Medina.
Me acuerdo
también de que en la plaza Vieja, uno de los lugares más destruidos, Eusebio
Leal, subido en un horrible aparcadero que allí había, nos describía su visión
del futuro. Y nos afirmaba que recuperaría el equilibrio estético de ese lugar.
Era difícil creerlo. Parecía una misión imposible. Y sin embargo, en este viaje
yo mismo he podido comprobar la metamorfosis insólita de la plaza Vieja. El
aparcadero inmundo ha desaparecido y muchos edificios han recobrado su noble
aspecto del siglo XVII como una justa victoria de la belleza.
«El arte
de la restauración -nos dice Eusebio Leal-, consiste en saber respetar el paso
del tiempo en sucesivas etapas que puedan haber dejado huellas de valor,
aquéllas que conservan la identidad o la personalidad de los edificios y de las
cosas». Y añade: «Fue necesario luchar para convencer y persuadir, motivar e
inspirar a nuestros conciudadanos con la idea de que, entre la apretada y
difícil prioridad de nuestras necesidades, la salvación del patrimonio, base de
la espiritualidad de la nación cubana, resultaba indispensable. Porque no sólo
hay que luchar por el pan, tenemos que hacerlo también por la belleza».
A Eusebio Leal, y a su talento sin par, le debemos el maravilloso
encanto recobrado de la vieja Habana, declarada por la Unesco patrimonio mundial
de la humanidad.
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