Ignacio Ramonet - rodelu.net |
3 de marzo de 2006
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Le
Monde Diplomatique en español - Marzo de 2006
Democracias a medida
Ignacio
Ramonet
Presentada
a menudo como el mejor de los
sistemas políticos, la democracia ha sido durante mucho tiempo una forma
rara de gobierno, dado que ningún régimen responde totalmente al ideal
democrático, que implicaría una honestidad absoluta de los poderosos
respecto de los débiles y una condena verdaderamente radical de todo abuso
de poder. Y que hay que respetar cinco criterios indispensables:
elecciones libres; existencia de una oposición organizada y libre; derecho
real a la alternancia política; existencia de un sistema judicial
independiente del poder político; y existencia de medios de comunicación.
Aun así, algunos Estados democráticos como Francia y el Reino Unido
negaron durante mucho tiempo a las mujeres el derecho al voto, y además
eran potencias coloniales que pisoteaban los derechos de los colonizados.
A pesar de esos fallos, este método de gobierno tiene
tendencia a universalizarse. Primero bajo el fuerte impulso del presidente
de Estados Unidos Woodrow Wilson (1856-1924). Pero sobre todo después del
final de la Guerra Fría y la desaparición de la Unión Soviética. Entonces
se anunció "el fin de la historia" con el pretexto de que nada se oponía a
que todos los Estados del mundo alcanzaran un día los dos objetivos de la
felicidad suprema: economía de mercado y democracia representativa.
Objetivos que se convirtieron en dogmas intocables. En nombre de
esos dogmas, George W. Bush estimó legítimo recurrir a la fuerza en Irak.
Y autoriza a sus fuerzas armadas a practicar la tortura en cárceles
secretas establecidas en el exterior. O a someter a tratamientos
inhumanos, en la cárcel de Guantánamo, a prisioneros excluidos de todo
marco legal, como acaba de denunciar un informe de la Comisión de Derechos
Humanos de la ONU, así como una resolución del Parlamento europeo. A
pesar de infracciones tan graves, Estados Unidos no vacila en erigirse en
instancia planetaria de homologación democrática. Washington ha tomado la
costumbre de envilecer a sus adversarios calificándolos sistemáticamente
de "no democráticos", incluso de "Estados canallas" o "bastiones de la
tiranía". La única condición para eludir ese sello de infamia es organizar
"elecciones libres". Pero aun en ese caso todo depende de los
resultados. Como lo muestra el caso de Venezuela, donde desde 1998 el
presidente Hugo Chávez ha sido electo en varias oportunidades en
condiciones democráticas garantizadas por observadores internacionales. Es
inútil. Washington sigue acusando a Chávez de ser "un peligro para la
democracia"; y llegó al extremo de alentar un golpe de Estado en abril de
2002 contra el presidente venezolano, quien se somete de nuevo al
veredicto de las urnas en el siguiente diciembre... Otros tres
ejemplos: Irán, Palestina, Haití, muestran que no basta con ser
democráticamente elegido. En Irán todos evaluaron impecables las
elecciones de junio de 2005: participación masiva de los votantes,
pluralidad y diversidad de los candidatos (en el marco del islamismo
oficial), y sobre todo brillante campaña de Ali-Akbar Hachemi Rafsanyani,
favorito de los occidentales que lo consideraban el vencedor. Entonces
nadie evocaba el "peligro nuclear". Todo cambió brutalmente después del
triunfo de Mahmoud Ahmadinejad (cuyas declaraciones sobre Israel son
inaceptables). Y ahora asistimos a una demonización de Irán. Aunque
Teherán sea signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear y niegue
querer la bomba, el canciller francés acaba de acusar a Irán de
desarrollar "un programa nuclear militar clandestino" (1). Y olvidando ya
las recientes elecciones Condoleezza Rice, secretaria de Estado de Estados
Unidos, reclama 75 millones de dólares al Congreso para financiar en Irán
"la promoción de la democracia". La misma situación, o casi, se da en
Palestina (léase el artículo de George Corm, pág 6) donde tanto Estados
Unidos como la Unión Europea, después de exigir la celebración de
elecciones "verdaderamente democráticas" vigiladas por una miríada de
observadores extranjeros, niegan ahora el resultado de las elecciones, con
el pretexto de que el vencedor, el movimiento nacionalista islámico Hamás
(autor en el pasado de repudiables atentados contra civiles israelíes) les
disgusta. Por último, con ocasión de las elecciones presidenciales del
7 de febrero pasado en Haití, vimos cómo en un primer momento se hizo todo
lo posible por impedir la victoria de René Preval, finalmente elegido, al
que la "comunidad internacional" no quería a ningún precio, debido a sus
vínculos con el ex presidente Jean Bertrand Aristide, él mismo
democráticamente elegido y destituido en 2004. "La democracia, decía
Winston Churchill, es el peor de los regímenes, con excepción de todos los
demás". Lo que parece importunar ante todo actualmente es no poder
determinar por anticipado el resultado de una consulta electoral. Cuando
algunos quisieran poder instaurar democracias a medida. Con resultado
garantizado. Notas: (1) Le Monde, 16 de
febrero de 2006.
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