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22 de Marzo de 2006
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La
Voz de Galicia - 22 de Marzo de 2006
Generación basura
Ignacio
Ramonet
HAY
EN FRANCIA como un aire de Mayo del 68. De nuevo
universidades en huelga, estudiantes protestando, barricadas en el Barrio
Latino, enfrentamientos con los guardias de asalto... Pero las apariencias
terminan ahí. Aunque las imágenes sean semejantes, y muchos estudiantes retomen
algunos de los lemas míticos de aquel mayo legendario -«Bajo el adoquín, la
playa»-, la historia no se está repitiendo.
Con un crecimiento económico
avasallador, Francia era hace casi 40 años una sociedad próspera, con tanta
oferta de empleo que debía importar millones de trabajadores extranjeros. Los
que se sublevaron entonces no lo hicieron por temor a no hallar trabajo, sino -y
ahí reside todo el misterio simbólico de aquella explosión- para protestar
contra una sociedad muy conservadora en materia de costumbres y cada vez más
consumista, que podía castrar los ideales de libertad de toda una generación.
La Francia de hoy tiene muy poco crecimiento y una alta tasa de
desempleo entre los jóvenes. Este factor ya fue el detonante, en noviembre del
2005, de la insurrección de las periferias urbanas, donde a veces el 40% de los
hijos de los inmigrantes no encuentran trabajo.
Para tratar de resolver
este problema, bajo una ortodoxa óptica neoliberal, el primer ministro,
Dominique de Villepin, propuso el contrato de primer empleo (CPE). Es sólo para
menores de 26 años, que se verán sometidos a un período de pruebas de dos años
durante el cual podrán ser despedidos sin justificación alguna.
Al
parecer, la intención del primer ministro era vencer los argumentos de tipo
racista que existen en las mentes de muchos empresarios y que les impiden dar
una oportunidad de trabajar a jóvenes franceses de origen magrebí o africano
bajo el pretexto que la legislación laboral no permite despedir con facilidad a
un asalariado.
Al suprimir todo riesgo para el empleador, el contrato
CPE debía favorecer la puesta a prueba de los hijos de inmigrantes y demostrar
que podían ser tan serios, eficaces y profesionales como el que más. Buena, sin
duda, la intención. Pero, ya se sabe, de buenas intenciones está empedrado el
infierno.
Y resultó que lo que parecía bueno, según el primer ministro,
para los marginados de las periferias, se revelaba catastrófico para todos los
jóvenes del país. Éstos -y en primer lugar los estudiantes- entendieron de
inmediato que, bajo el pretexto de querer insertar a unos pocos, el contrato CPE
iba a precarizarlos a todos. Pues a partir del instante en que empezara a
aplicarse no distinguiría entre los jóvenes. Todos se verían sometidos a la
famosa prueba de los dos años con posibilidad de ser despedidos de la noche a la
mañana sin justificación de ninguna clase.
Los sindicatos también lo
vieron rápido y se lanzaron con toda su fuerza a la batalla contra el CPE. Para
ellos era una cuestión capital, pues comprendían que se trataba de destruir el
actual derecho laboral -viejo sueño ultraliberal- y sustituirlo por un sistema
de precarización generalizado.
Es interesante anotar que muchos
comentaristas, y hasta algunos grandes canales de televisión, han presentado la
triste situación de los jóvenes españoles en trabajo precario y mal pagado como
el revulsivo absoluto que la juventud francesa debe rechazar. «No queremos ser
como tantos jóvenes españoles -dicen muchos estudiantes revoltosos-, no queremos
ser una generación basura».
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