Ignacio Ramonet - rodelu.net |
4 de abril de 2006
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Le
Monde Diplomatique en español - Abril de 2006
Francia 'enferma'
Ignacio
Ramonet
Un
organismo comatoso cuya reforma se impone
con irrefutable evidencia. Sobre el trasfondo de la angustia sanitaria
provocada por las amenazas de la gripe aviar, así aparece Francia a los
ojos de una cohorte de "derrotistas" de derechas (1). Este ambiente
pesimista se ha visto corroborado por acontecimientos recientes de índole
diversa, que al transmitir la sensación de que las instituciones se
desmoronaban han contribuido al actual malestar generalizado: catástrofe
judicial y naufragio de los medios de comunicación en el proceso de los
pedófilos de Outreau, ley del 23 de febrero de 2005 que reconoce "el papel
positivo" del colonialismo (2), fallos concernientes al portaaviones
Clemenceau, revueltas en los suburbios en noviembre de 2005, repliegues
identitarios y afirmación de los comunitarismos con ocasión del caso de
las caricaturas de Mahoma o del repulsivo asesinato del joven Ilan Halimi,
privatización encubierta de Gaz de France, etc. Las
Casandras de la "Francia que se hunde" ven sumirse al país en una suerte
de desesperación colectiva que se habría manifestado especialmente el 29
de mayo de 2005, con ocasión del "No" al proyecto de Tratado
Constitucional europeo. "Francia, afirma por ejemplo Nicolas Baverez, jefe
de fila de los "derrotistas", se ha aislado en una burbuja de demagogia y
mentiras, los políticos se niegan a decir la verdad (...) No se atreven a
hacer reformas porque temen las revoluciones. Pero es precisamente la
ausencia de reformas lo que culmina en las revoluciones" (3). Para
terminar con esta "Francia enferma en una Europa decadente", llaman a una
rectificación liberal. Y hace tiempo que recomiendan la desregulación del
mercado laboral, convencidos de que basta con accionar algunas simples
palancas. En este contexto alarmista, apremiado por los "rupturistas",
el primer ministro francés Dominique de Villepin, acusado de estar "de pie
ante Bush pero de rodillas ante la CGT", habría decidido romper "la
política expectante de las elites" y concretar por fin la reforma del
empleo. De manera que el verano pasado hizo votar precipitadamente el
Contrato de Nuevo Empleo (CNE) que entró en vigor el 1 de septiembre de
2005 para las empresas con menos de veinte asalariados, esto es, los dos
tercios de las empresas francesas. La principal innovación son las
modalidades de su ruptura. Como dice el inspector laboral Gérard Filoche:
"Se trata esencialmente de un ‘nuevo derecho de despido': se puede
despedir a cualquiera en cualquier momento, sin motivo, sin procedimiento,
sin apelación" (4). Como se topó con una resistencia sumamente
moderada contra este tipo de contrato que responde a las antiguas demandas
de la patronal, Villepin creyó que podría salirse de nuevo con la suya al
hacer votar el 8 de febrero pasado, sin verdadero debate parlamentario, el
Contrato de Primer Empleo (CPE) destinado esta vez a las empresas con más
de veinte asalariados y reservado a los jóvenes de menos de veintiséis
años. Lo mismo que con el CNE, el patrono tiene durante los dos primeros
años la posibilidad de rescindir el contrato sin comunicarlo por escrito.
El primer ministro ha tratado de explicar la extraña índole del CPE
pretextando que después de las recientes revueltas en los suburbios era
urgente favorecer el empleo de jóvenes sin formación. El argumento no ha
convencido. Rápidamente la oposición al CPE ha cobrado una envergadura y
una intensidad considerables en las universidades, con el apoyo inmediato
de los principales sindicatos. El desafío es tanto político como
simbólico. Después de la grave derrota sufrida en julio de 2003 con el
voto a la ley de jubilaciones, el movimiento popular en Francia tenía que
reponerse. Por añadidura, los ciudadanos consideran que aceptar el CPE
después de haber tenido que ceder ante el CNE es abrir el camino al
desmantelamiento completo del código de trabajo, sacrificarlo en el altar
de la flexibilidad y favorecer la precarización definitiva del empleo.
Acusada por la derecha de ser hoy "el enfermo de Europa", Francia es
por el contrario un país que resiste. Uno de los pocos en Europa donde con
formidable vitalidad una mayoría de asalariados se niega a una
globalización salvaje que significaría la toma del poder por las finanzas.
Y que abandona a los ciudadanos a las empresas mientras el Estado se lava
las manos. Descorazona esta modificación radical de la relación entre los
poderes públicos y la sociedad (el final del "Estado protector"). La
solidaridad social constituye un rasgo fundamental de la identidad
francesa. Una solidaridad que el CPE contribuye a liquidar. De ahí
una vez más la impugnación. Y la revuelta.
Notas:
(1) Nicolas Baverez, Michel Camdessus, Christophe Lambert, Jacques
Marseille, Alain Minc, todos cercanos a Nicolas Sarkozy. (2) El
presidente Jacques Chirac pidió el 4 de febrero de 2006 la reescritura de
ese texto que "divide a los franceses". (3) L'Express, París, 12 de
enero de 2006. (4) http://www.monde-diplomatique.es/isum/Main?ISUM_ID=Center&ISUM_SCR=externalServiceScr&ISUM_CIPH=-zLZBxShVB8MZ-wyw85ElBmfZv5oqcXJK5ERouUrufR-y56l5PuzCsH3u9GO3JhhL7El1JL5hQtLWcv8Zt4V04fVzMcZDKemQ6gFP-529bM_
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