Ignacio Ramonet - rodelu.net |
9 de junio de 2006
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El Periódico
de Catalunya - 9 de junio de 2006
La guerra del fútbol
• La identificación de los equipos con las naciones desbordará
las pasiones populares hasta el absurdo
Ignacio Ramonet
Director de Le Monde Diplomatique
Traducción de Xavier Nerín
Unos 40.000 millones de telespectadores (de
audiencia acumulada) se disponen a presenciar la fase final de
la Copa del Mundo de fútbol que hoy empieza en Alemania.
Ningún otro acontecimiento suscita tanta pasión entre los
habitantes de nuestro planeta. Para muchos seguidores, el
fútbol sigue siendo el mejor exponente de las "virtudes de la
nación". El campeonato se vive como una auténtica "guerra
mundial ritualizada", y los jugadores encarnan los atributos
de la colectividad nacional: coraje, audacia, virilidad,
lealtad, fidelidad, sentido del deber, del territorio,
pertenencia a una comunidad, espíritu de sacrificio... "El
título de campeón --constata un informe de la UE-- no es solo
conquistado por un equipo, sino por la sociedad de la que
procede. Así pues, la colectividad se proyecta en el equipo y
deposita en este sus esperanzas de conquista, su energía
vencedora, pero también sus frustraciones personales y su
agresividad", pues el fútbol también favorece las
implantaciones míticas, las proyecciones imaginarias y los
fanatismos patrióticos. "Ayuda a mantener un nacionalismo
residual --escribe el historiador Pierre Milza-- que,
en las grandes confrontaciones internacionales, da lugar a
bruscos y efímeros accesos de pasión chovinista". Así, el
Mundial adopta toda la apariencia de una guerra ritual que
apela a los emblemas nacionales (himnos, banderas, presencia
de jefes de Estado) y los comentaristas recurren a metáforas
guerreras. El primer régimen que instrumentalizó el fútbol fue
el fascismo de Mussolini. Él pensaba que permitía
reunir, "en un espacio propicio para la puesta en escena, a
multitudes considerables; ejercer una fuerte presión sobre las
mismas y mantener las pulsiones nacionalistas de las masas".
Mussolini fue el primero en considerar a los jugadores
de Italia "soldados al servicio de la causa nacional". En
consecuencia, el fútbol puede llevar al paroxismo las crisis
entre nacionalidades; de ahí la idea de que uno de los
atributos de la independencia de un estado-nación es el
equipo-nación, depositario de una enorme inversión simbólica
de las "grandes virtudes patrióticas". Por otra parte, en
razón de esta igualdad mítica (una nación, un equipo), las
antiguas RFA y RDA decidieron, en 1991, fusionar a los suyos
en un solo equipo de Alemania. En cambio, Catalunya, Euskadi o
Galicia reivindican el derecho, como Escocia y País de Gales,
a constituir su propio equipo nacional. Es interesante
observar que aunque Montenegro acaba de conseguir la
independencia nacional, sus jugadores participarán en el
Mundial en el seno del equipo de Serbia-Montenegro. El fútbol
irá así por detrás de la política.
EN LAS zonas de
guerra, el fútbol refleja la violencia de los antagonismos. En
Israel, por ejemplo, los grandes clubs están afiliados a los
partidos políticos: el Betar depende del Herut (derecha
nacionalista), el Maccabi del Partido Liberal, el Hapoel del
movimiento laborista y el Elitzur está apadrinado por los
religiosos; solo los clubs del norte del país (Galilea) son
mayoritariamente árabes. La Autoridad Palestina mantiene desde
1964 un equipo nacional que juega en el extranjero. Tanto más
cuanto el fútbol palestino tiene su antigüedad y la selección
participó en el Mundial de 1934, antes de la fundación del
Estado de Israel. Otro lugar de crisis: Irlanda del Norte.
Como en la vida política, la división confesional entre
católicos y protestantes se vive también en los estadios. El
club de Belfast, el Lindfield, cuyos dirigentes, jugadores y
seguidores son solo protestantes, no ha estado autorizado,
durante mucho tiempo y por razones de seguridad, a enfrentarse
con el único club católico de la ciudad, el Cliftonville, en
el campo de este, en territorio católico. Los partidos, ida y
vuelta, se disputaban bajo alta vigilancia en terreno neutral.
Esta oposición entre católicos y protestantes es una de las
características del fútbol en el Reino Unido. También la
encontramos en Escocia y en Inglaterra, donde da lugar a
rivalidades que han originado, en parte, el
hooliganismo. Así, en Glasgow, los partidos entre el
club católico del Celtic y el club protestante de los Rangers
generalmente acaban convirtiéndose en choques extremadamente
violentos (66 muertos y un centenar de heridos el 2 de enero
de 1971). En Liverpool, los encuentros entre el equipo
protestante Liverpool FC (donde juegan varios españoles) y el
club local católico Everton suelen dar lugar a desenfrenos
parecidos.
ESTAS violencias confesionales solo son
comparables a las que acompañan a los partidos entre equipos
nacionales británicos. Pues el Reino Unido es el único país
que ha hecho admitir a la FIFA el reconocimiento de cuatro
equipos (Irlanda del Norte, Escocia, País de Gales e
Inglaterra) para un solo Estado. Los encuentros
amistosos entre Inglaterra y Escocia, especialmente,
suelen acabar en enfrentamientos violentos (un muerto y 90
heridos el 21 de mayo de 1988). Los seguidores ingleses han
adoptado toda la panoplia del nacionalismo extremo --desde el
bulldog, animal mascota de los ultras, hasta la bandera
británica (que no es la de Inglaterra) y los cantos de
guerra-- y entre ellos suele haber activistas del National
Front infiltrados. En su seno nació el fenómeno
skinhead, que poco a poco se ha ido generalizando en toda
Europa, donde se pueden encontrar, en torno a algunos clubs y
equipos nacionales, las mismas fascinaciones por la violencia,
por los temas patrioteros e incluso racistas... En
Alemania, con ocasión del Mundial, la identificación de los
equipos con las naciones o las etnias provocará, sin duda,
desbordamientos, exacerbados por el delirio popular y la
pasión mediática que calienta a fondo a las opiniones
públicas. Hasta el absurdo. Todos quieren ganar, cuando todos
(salvo uno) van a perder. Y esta fatalidad de la derrota puede
volver loco.
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