A la ONU le cuesta poner en pie la fuerza de interposición
en el Líbano, mientras la política de ''guerra contra el
terrorismo'' de Washington y sus aliados no hace más que
exacerbar los conflictos; Irán lanza un desafío al Consejo de
Seguridad, invitándolo a ''negociaciones serias'' y emergen
nuevos actores, sobre todo en Asia. La injusticia social, la
pobreza, las migraciones, el comercio, el medio ambiente se
vuelven más apremiantes y el curso de la mundialización parece
dar un vuelco.
A modo de esbozo cartográfico que ayude a ubicarse en los
laberintos de la actualidad, se presentan aquí, en cuatro
observaciones generales y diez breves consideraciones, algunos
modestos elementos de orientación sobre el nuevo estado del
mundo.
Observaciones generales
Primera: El principal fenómeno de nuestra
época, la mundialización económica, no parece haber incidido
directamente en estos enfrentamientos en Medio Oriente. Ni
para desencadenarlos, ni para fomentarlos, ni para
apaciguarlos.
Lo que confirmaría dos postulados: el carácter arcaico de
esta guerra en la que se mezclan, como en el siglo XIX,
conflictos territoriales, crispaciones nacionalistas y
pasiones religiosas; además, el error de la ideología liberal
de creer que el mero aumento de los intercambios es generador
de paz.
Segunda: El hecho de que una vez más Medio
Oriente concite la atención de los medios de comunicación no
debe hacer olvidar la importancia estratégica de Asia, donde
se juega en gran parte el destino del siglo XXI, teniendo en
cuenta el creciente peso de dos gigantes, India y China. No
hay que subestimar el peligro de enfrentamientos entre China y
Taiwán; Corea del Norte y Japón; India y Pakistán
Tampoco debe subestimarse al África Subsahariana donde,
como en una olla a presión, se acumulan problemas de todo tipo
(entre ellos el de la miseria extrema y los migrantes
clandestinos), que acabarán explotándoles en la cara a los
países ricos.
Tercera: La guerra nuclear vuelve a
convertirse en una de las dos mayores amenazas que pesan sobre
el mundo (la otra es la catástrofe ecológica). Israel, a quien
durante los recientes combates le costó imponerse claramente
por medios militares convencionales, posee armas atómicas
pero, al igual que otros dos Estados nucleares rivales,
Pakistán e India, no adhirió al Tratado de No Proliferación
Nuclear. No lejos de este escenario, tres potencias económicas
se encuentran militarmente comprometidas y sufren desengaños:
Estados Unidos, Reino Unido y Rusia. Las dos primeras en Irak
y Afganistán, la tercera en Chechenia. Por añadidura, la más
importante alianza militar, la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN) de la que Francia (a su vez potencia
atómica) es miembro, combate también en Afganistán.
Aunque existan en otras partes peligros de conflicto
nuclear en la península de Corea y el Estrecho de Taiwán la
zona que se extiende desde las fronteras occidentales de India
hasta el Canal de Suez concentra el arsenal más devastador de
todos los tiempos. Con excepción de China, todas las grandes
potencias se encuentran allí militarmente activas. Una simple
chispa puede producir la deflagración
Por eso, el manejo de las crisis que allí se suceden
requiere una experiencia diplomática cuya clave sólo posee
Naciones Unidas. Pero, tal como acaba de demostrarse en el
Líbano, la ONU, en su actual configuración, sigue siendo a la
vez indispensable y desesperadamente impotente frente a los
grandes conflictos contemporáneos. En cuanto a la Unión
Europea (UE), con su larga historia de desastres bélicos,
sería el mejor de los mediadores si no siguiera siendo un
enano político.