Ignacio Ramonet - rodelu.net |
10 de abril de 2007
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El País
de España - 4 de abril de 2007
El barómetro de Líbano
Invitado a participar en un congreso organizado por el filósofo Abdo Kahi en
la Universidad Notre-Dame, estuve la pasada semana en Líbano. No había regresado
a Beirut desde hacía tiempo. Entre tanto, en junio de 2005, mi amigo el valeroso
periodista Samir Kassir había sido asesinado, y el país atravesado momentos muy
duros, como el atentado contra el primer ministro Rafic Hariri y, sobre todo,
los demoledores ataques israelíes de julio del año pasado.
Ignacio
Ramonet
Me interesaba ver de cerca la situación y conversar con analistas e
intelectuales locales. Tanto más cuando las tensiones en la zona no cesan de
agravarse por el temor que el desastre de Irak se extienda a toda el área. Y,
sobre todo, que un eventual ataque israelí o estadounidense contra Irán acabe
por sumir el conjunto de Oriente Próximo en una guerra total.
Líbano es un excelente barómetro de la zona. Porque en su reducida geografía
coexisten, desde hace siglos, 18 comunidades (cristianas, musulmanas y drusas)
que han atravesado toda clase de peripecias. Desde atroces guerras civiles hasta
espléndidos momentos de entendimiento y de prosperidad.
Lo que más se siente, apenas llegar, es que planea por la zona el gran temor
que las dos principales ramas del islam, la suní y la chií, ya enfrentadas en la
guerra civil de Irak, se enzarcen en un gran conflicto fratricida regional. El
problema concierne en particular a Líbano ya que, por tradición, los suníes
junto con los cristianos maronitas han dominado las estructuras de poder,
mientras los chiíes eran excluidos y marginados. Pero con el paso del tiempo, la
importancia demográfica de los chiíes ha ido en aumento. Y hoy constituyen quizá
la minoría más numerosa, que reclama su cuota de poder.
Además, sus milicias, en particular las de la principal organización politica
chií, Hezbolá (el Partido de Dios), se jactan de haber obligado a Israel en 2000
a retirarse de las zonas ocupadas en el sur del Líbano. Y especialmente de haber
contenido, el verano pasado, la ofensiva de las fuerzas israelíes, incapaces,
por vez primera, de vencer en un enfrentamiento armado. Esta no derrota ha sido
calificada de "victoria" por Hasan Nasrallah, el líder del Hezbolá.
Los suníes, los drusos y una parte de los cristianos maronitas, apoyados por
Arabia Saudí y por Estados Unidos, no desean que el Hezbolá (una organización
que mantiene alianzas con Siria e Irán) adquiera más poder en la estructura
política libanesa. Y tratan de restarle importancia a su proeza militar del
verano pasado. En respuesta, Hezbolá ha movilizado a miles de sus partidarios
que acampan con blancas tiendas de campaña, desde hace semanas, en el corazón
mismo de la capital libanesa y paralizan la actividad en parte sus barrios de
lujo recién reconstruidos.
Los bastiones de Hezbolá están en el sur, y decido visitar esas zonas. Lo
hago en compañía del doctor Kamel Mohanna, presidente de la ONG humanitaria
Amel, una de las pocas organizaciones no gubernamentales libanesas no
confesionales, que prestan asistencia médica y de otras índoles a todos los
ciudadanos, sin distinción de confesión religiosa.
Al salir de Beirut hacia el sur del país, aún se pueden ver los graves daños
en los barrios especialmente castigados por el ataque de Israel. Y aunque, con
la ayuda económica de varios países, se han reconstruido muchos de los puentes
bombardeados por la aviación y la artillería israelíes, quedan bastantes por
reparar. Durante el trayecto, el vehículo en el que viajamos, un todoterreno,
debe pasar por vados insólitos y pistas alquitranadas para poder franquear los
obstáculos.
En el sur de Líbano, en la zona fronteriza con Israel, desde hace varios
meses y en el marco de la Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (FINUL),
están desplegados militares españoles. Ha sido una experiencia impactante.
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