Ignacio Ramonet - rodelu.net |
3 de junio de 2007
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Le
Monde Diplomatique en español - Junio de 2007
Recomposición de la derecha, nuevo ciclo político
Populismo francés
Hay algo fascinante en esta suerte de marcha
del tigre que ha llevado en Francia a Nicolas Sarkozy a la presidencia de
la República. El innegable talento político que demostró en el curso de
toda la campaña, esa mezcla de voluntarismo, autoridad, personalización,
provocación, nacionalismo y liberalismo, conjugado con un brillante arte
oratorio y un manejo temible de las comunicaciones de masas le ha
permitido, en parte gracias al apoyo masivo de los poderes mediático y
económico, imponerse con manifiesta nitidez.
Ignacio
Ramonet
Lo que después asombró fue la desenvoltura intelectual que
lo llevó a decidir el debate sobre las líneas de delimitación que separan
la derecha de la izquierda. Había analistas que se preguntaban si esas
líneas se habían movido, empujadas por la globalización liberal. Sarkozy
zanjó la discusión. Y mediante la composición de su gabinete, ha
demostrado que el perímetro de la derecha incluye ahora en efecto buena
parte del Partido Socialista, en todo caso su ala "social-liberal". En
este sentido, el nuevo ejecutivo (donde no menos de cuatro miembros:
Bernard Kouchner, Eric Besson, Jean Pierre Jouyet y Martin Hirsch, vienen
de la izquierda) no hace más que reflejar la derechización de la sociedad
francesa.
Una derechización paradójica, dado que el sufrimiento
social no ha dejado de aumentar, y que desde 1995 las luchas sociales
persisten vivas en un mundo laboral duramente golpeado por la
precarización y la tercerización, las deslocalizaciones y el desempleo.
La era del gaullismo se termina, sustituida por la del
sarkozismo, es decir, un populismo francés que se propone reunir en su
seno a todas las derechas, de los lepenistas a los social-liberales, sin
olvidar a los centristas, cautivándolas mediante una ilusión de movimiento
y de apertura calificados de "modernos" y aun de "progresistas". Y cuyas
principales fuentes de inspiración son el modelo republicano
neoconservador de Estados Unidos (véase "Las recetas ideológicas del
presidente Sarkozy", páginas 1, 8 y 9), Silvio Berlusconi en Italia y José
María Aznar en España. Tres experiencias, dicho sea de paso, recientemente
repudiadas por los votantes de esos países.
El nuevo fracaso de la
izquierda constituye en primer lugar una derrota intelectual. El hecho de
no haber producido, por inmovilismo, por quiebra de los sectores populares
o por incapacidad, una nueva teoría política para construir una Francia
más justa, cuando todas las estructuras de la sociedad han resultado
transformadas en los últimos quince años por el brutal desmoronamiento de
la Unión Soviética y el impulso devastador de la globalización neoliberal,
ha terminado por resultar suicida. La izquierda ha perdido la batalla de
las ideas. Y eso después de que su experiencia gubernamental la llevara a
bloquear salarios, cerrar fábricas, eliminar empleos, liquidar las cuencas
industriales, y privatizar parte del sector público. En suma, desde que
aceptó la misión histórica, contraria a su esencia, de "adaptar" Francia a
la globalización, de "modernizarla" a costa de los asalariados y a favor
del capital. Allí está el origen de su derrota actual.
Delegar la responsabilidad del fracaso en los grandes
medios de comunicación, que constituyen hoy el principal aparato
ideológico del sistema, remite a lamento infantil o a impotencia. Porque
la nueva jerarquía de poderes instaurada por la globalización coloca
evidentemente en la cumbre, como poder primordial, el poder económico y
financiero seguido del poder mediático, mercenario del anterior. Este dúo
dominante controla el poder político. Que en las democracias de opinión,
en la era de la globalización, sólo se conquista con el consentimiento
cómplice de los dos primeros.
La "izquierda de la izquierda" tampoco ha tenido en
cuenta esta evidencia; a pesar de la riqueza de sus propuestas ha ofrecido
a menudo un espectáculo consternante de desunión y egotismo.
Para el conjunto de la izquierda, se trata de una derrota
decisiva. Señala el fin de una época. Y la obliga a una indispensable
refundación. Para construir por fin, como se dice en estos tiempos en
América Latina, "un socialismo del siglo XXI".
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