| el
Periódico de Catalunya - 5 de Noviembre de 2004
Bush,
vértigos y escalofríos
• Si el presidente considera que
la victoria le ha dado un cheque en blanco, estamos perdidos
Ignacio
Ramonet
Director de
Le Monde Diplomatique
Mala noticia. La reelección de
George W. Bush a la presidencia de Estados Unidos es una pésima
noticia para la democracia. Resulta, en efecto, chocante y en cierta medida
hasta escandaloso que los electores estadounidenses hayan elegido a un
dirigente que ha mentido al Congreso y a su pueblo, que los ha engañado
para obtener la autorización de invadir Irak, que ha aceptado un
uso desproporcionado de la fuerza, causando la masacre de más de
100.000 iraquís, que ha sido incapaz de detener a Osama Bin Laden,
que ha empantanado a las Fuerzas Armadas de su país en el lodazal
iraquí, que ha permitido las torturas en la cárcel de Abú
Graib y en otras prisiones, que ha autorizado la increíble excepción
jurídica de Guantánamo y pisoteado las convenciones de Ginebra
sobre los presos de guerra, que ha favorecido de manera descarada a las
grandes empresas que le ayudaron a ser elegido, que ha empobrecido a las
clases medias, que no ha creado empleos y que ha acumulado uno de los déficits
públicos más gigantescos de la historia.
OBVIAMENTE no se trata de dudar del
carácter libre, legal y legítimo de esta elección
acaecida en la democracia más antigua del planeta. Usando de su
derecho incontestable, los electores han actuado como mejor les ha parecido.
Pero da vértigo y escalofríos
constatar que precisamente este dirigente, conocido además por su
credulidad religiosa, su mediocridad intelectual y su incultura, haya resultado
ser el más votado de la historia electoral norteamericana. Es un
poco como si el electorado, en estos tiempos de amenazas terroristas, hubiese
dicho: preferimos a un dirigente tramposo para hacer una guerra
sucia contra un enemigo vicioso (Osama Bin Laden).
No sería nada extraño
que el sistema democrático, hoy día tan vapuleado ya en muchos
ámbitos por su incapacidad para limitar la acelerada expansión
del poder económico, sea de nuevo objeto de ataques por parte de
muchos sectores que lo criticarán ahora con más saña.
Nadie debe olvidar --sin que este
recuerdo sirva de comparación-- que en 1933 el propio Adolf Hitler
accedió al poder de modo democrático. Y que eso creó
tal desconcierto y tal disgusto en varias capas sociales cultas, educadas
y progresistas de Europa que muchos de sus miembros renegaron para siempre
de la democracia y no dudaron en enrolarse, por ejemplo, en el movimiento
comunista (entonces totalitario y estaliniano) que denunciaba con claridad
la "democracia burguesa".
Quizá aún no hayamos
alcanzado ese límite en el que toda una generación abjura
de las virtudes de la democracia. Pero hay en la victoria electoral de
George Bush y de su vicepresidentísimo Richard
Cheney un carácter de fracaso moral de un sistema que nos debe
alertar.
Todo dependerá de la interpretación
que el reelegido presidente le dé a su triunfo. Si, ocultándose
a sí mismo lo que le debe a la impresionante maquinaria de propaganda
mediática, considera su victoria como un plebiscito a su política,
estamos perdidos. Eso le llevaría a contemplar su éxito como
una suerte de patente de corso, o de cheque en blanco, para seguir, con
los mismos métodos (el secretismo, la ocultación y la mentira),
unos idénticos objetivos: la hegemonía imperial y el unilateralismo.
En cambio, si se detiene a reflexionar
un instante (con la ayuda de su eminencia gris Richard Cheney) quizá
constate que, en política internacional y más precisamente
en el Oriente Próximo, Estados Unidos se encuentra en un atolladero.
La guerra de Irak está perdida, o por lo menos no se puede ganar
sino enviando unos 300.000 nuevos efectivos (el doble de los que ya se
encuentran en el campo de batalla), para lo cual habría que restablecer
el servicio militar obligatorio, cosa que, durante la campaña electoral,
George Bush ha prometido no hacer.
Tampoco puede atacar Irán
como era su intención (ni permitir que Israel lo haga). Primero,
porque no dispone de fuerzas para hacer simultáneamente una segunda
guerra de mayor envergadura. Y también porque en ese caso se sublevarían
los shiís de Irak, que son la mayoría de la población,
y entonces ya ni medio millón de soldados serían suficientes
para pacificar este país.
CONSECUENCIA: para tener la garantía
de no ser atacado, Irán avanza ahora con toda probabilidad hacia
la fabricación del arma nuclear, que era precisamente lo que Washington
trataba de evitar desde hace años...
De ahí que se esté
especulando en este momento sobre la posibilidad de que el segundo George
Bush sea diferente del primero. Tendremos una buena indicación
de esto en cuanto empecemos a saber qué personalidades ocuparán
los cargos de secretario de Estado y de ministro de Defensa. Pues se da
por descontado que Collin Powell y Donald Rumsfeld abandonarán
sus funciones.
Aunque no le guste al presidente
George Bush, la solución en esta región pasa primero
por una implicación seria de Washington en el conflicto Israel-Palestina
que conduzca a una paz aceptada por las dos partes. El relevo actual del
líder palestino Yasir Arafat --que ayer, en su primera conferencia
de prensa poselectoral el presidente Bush ya dio por muerto-- ofrece
una inmejorable ocasión de corregir la línea seguida hasta
ahora. Es obvio para todas las cancillerías que la Hoja de ruta
fijada por Washington no ha funcionado y que el abandono de la situación
a la única iniciativa israelí (la de Ariel Sharon)
ha empeorado las cosas. Sólo con el relanzamiento de la dinámica
negociadora se podrá avanzar con seriedad hacia una conferencia
internacional para la paz en Irak con la participación de la ONU,
de los países que criticaron la intervención de marzo del
2003, de los estados árabes y de todas las fuerzas políticas
iraquís (incluidos los grupos insurgentes).
Hay que aceptar lo que todo el mundo
sabe, que las autoridades iraquís actuales no son más que
marionetas nombradas por el ocupante militar. De esa manera será
concebible que países como Egipto, Argelia, Marruecos y hasta Pakistán
envíen fuerzas suficientes para favorecer el acceso real de Irak
a la soberanía, a la democracia y a la prosperidad. Haciendo esto,
el segundo George Bush nos dará una gran sorpresa y terminará
siendo un gran presidente. |