Nuestra negativa a despenalizar el aborto se basa fundamentalmente en el
amparo al derecho a la vida por nacer, tema en el que hay vacíos legales. Es
imperioso crear instrumentos jurídicos para proteger a las niñas y niños
uterinos, indefensos y dependientes de sus madres para subsistir.
Junto a los adelantos de la medicina genética, surge una nueva corriente
llamada bioética donde la ciencia se expresa desde una dimensión moral,
legislación de avanzada promueve proyectos sensibles a los no nacidos y hay
leyes sobre protección y conservación de embriones congelados. ¡Cómo no sería
sujeto de derecho el ser intrauterino!
Claro que somos dueñas de nuestro cuerpo, sólo que cuando hay gravidez impera
otra individualidad (puede ser incluso una niña) que no puede decidir por sí
misma. La libertad de la mujer consiste en ser educada debidamente para saber
cómo evitar un embarazo, tener fácil acceso a distintos sistemas de control de
la natalidad, ser ayudada por el hombre en la decisión de procrear o no, y
contar con un sistema de salud pública que le permita asistencia eficaz y
gratuita en sus necesidades sanitarias y ginecológicas. El Estado debe crear y
garantizar la aplicación de políticas públicas al respecto, difundiendo por
medios masivos de comunicación, la instrucción necesaria a los efectos de una
maternidad responsable y una vida sexual sana.
Destruir a los hijos en el vientre que los concibió no erradicará la causa de
los abortos en nuestro país, con todo lo que duele a la sociedad esta situación.
Los derechos tienen como contrapartida la responsabilidad que es controlada por
las normas en este y otros temas, y nuestro orden jurídico plantea excepciones,
por ejemplo, ante riesgo de vida de la madre.
El Ministerio del Interior y el Poder Judicial deben combatir en serio las
clínicas clandestinas, industrias abortivas millonarias que todos saben dónde
están y siguen ahí. Es cívicamente irritante y maquiavélicamente injusto que una
joven sea procesada por abortar, mientras algunos policías corruptos continúan
recibiendo coimas por colaborar con tales empresas, y ciertos médicos hipócritas
-no hipocráticos- siguen predicando salud y vendiendo muerte. Explotación
fantástica a costillas de la adversidad femenina. Responsabilicemos legalmente a
los hombres porque los embarazos no surgen por sola voluntad de la mujer, no
olvidando que un estado de preñez supone relaciones sin condón con riesgo
latente en cuanto a transmisión de enfermedades venéreas. Seguimos discutiendo
sin educar, sin diseñar estrategias masivas de contención, sin cambiar
estructuras. Si en horarios colmados de teleteatros de tercera categoría y con
igual intensidad, se hablara de salud sexual y reproductiva, profilaxis ante
enfermedades por contacto sexual, uso de preservativos, maternidad, métodos
anticonceptivos, y asuntos relativos a la intimidad en pareja con lemas
parecidos a: "disfrutar sin riesgos es disfrutar más". Flexibilizando métodos de
adopción ampliados a uniones no tradicionales, premiando el engendrar con ayuda
oficial efectiva, ya que muchas familias se privan de tener hijos porque temen
no poder mantenerlos, mientras nos encaminamos a ser una población en vías de
extinción. Entre los que emigran, las muertes por accidentes de tránsito, cáncer
de pulmón, violencia doméstica, pasta base, niños abortados, nos estamos
quedando sin gente. Es imprescindible brindar condiciones de vida confortable
para estimular la decisión de procrear como opción, y no como privilegio
reservado a determinado poder adquisitivo. En España el gobierno anunció que
"...las familias con residencia legal recibirán 2.500 euros por cada nuevo hijo
que nazca en nuestro país".
La mujer puede morir cuando se hace un aborto en condiciones de riesgo: en
Uruguay no llegan a 5 por año. El niño abortado no nacido es eliminado
indefectiblemente, siempre. Cifras no oficiales hablan de 33.000 por año en
nuestro país. Casi una cultura del no engendrar.
Protegiendo la vida crecemos como sociedad, de lo contrario involucionamos.
Sentimos que el aborto es una forma más de crimen doméstico hacia el indefenso
total. Jamás resolveremos el gran problema de la violencia si no aprendemos a
respetar a los seres humanos más inermes y vulnerables.
Publicado en La República el 16 de agosto de 2007