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de Argentina - 30 de Junio de 2003
Susan Sontag, escritora, opositora
a la guerra
“El gobierno
Bush me parece increíble”
Enric
González / El País, de Madrid
Es una disidente de su gobierno,
una dura crítica de la invasión a Irak y de los proyectos
imperiales de posguerra, que le parecen francamente idiotas. En esta larga
charla, se toca el íntimo tema de Israel, los porqués de
su oposición al gobierno de Cuba y su teoría de que Estados
Unidos es en realidad un país de partido único.
A Susan Sontag
(Nueva York, 1933) no le entusiasma el término intelectual, el que
mejor la define. En cualquier caso, es autora de cuatro novelas, de decenas
de ensayos y de miles de artículos, y de varias películas.
Ha abordado todos los problemas contemporáneos y forma parte de
la Academia de Estados Unidos. Este año ha recibido el Premio Príncipe
de Asturias de las Letras por su “profundidad de pensamiento y calidad
estética”. Sontag ingresó en la Universidad de California
a los 15 años, se licenció en la de Chicago a los 18, se
casó con un profesor de sociología, tuvo un hijo y se divorció
antes de los 30, ha vencido dos veces al cáncer, y ha vivido de
cerca guerras como la de Vietnam, la del Yom Kipur y la de Bosnia. Su vitalidad
está fuera de toda duda. Esa vitalidad irrumpe en la entrevista
y la convierte en un torrente de opiniones. Sontag fue de los pocos estadounidenses
que, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, se atrevieron
a criticar a George W. Bush. Sigue estando contra él, contra Fidel
Castro, contra el Gobierno de Israel y contra todo lo que le parece tiránico,
falso o injusto. El encuentro se desarrolla en su apartamento de Manhattan,
un hermoso ático lleno de libros, piezas de arte, recuerdos de viajes,
cajas y objetos embalados.
–¿Está
de mudanza?
–No, no. Parece,
pero todo esto es de mi hijo. Acaba de irse a Bagdad. Es escritor. No sé
si sabe usted de mi hijo...
–Sí.
–Dejó
un apartamento y se instalará en otro en cuanto vuelva, y me ha
dejado aquí todo esto durante meses. Desde enero. Tendría
que volver en julio.
–¿Ha
estado en Irak durante la guerra?
–No, en Berlín.
Me dice que en Bagdad la violencia y el desorden son increíbles,
y que los americanos no se enteran. En realidad creen que están
imponiendo el orden, pero no tienen ni idea. Se encierran en sus palacios,
descubren que en un barrio determinado hay electricidad de nuevo y se sienten
muy orgullosos. No tienen ni idea de lo que ocurre en las calles, de que
reina el caos y de que la situación no mejora. Según mi hijo,
las fuerzas de ocupación tienen buenas intenciones y creen estar
haciendo algo, aunque en realidad no consiguen nada. Será interesante
ver lo que ocurre en el futuro.
–La situación
en Afganistán sigue siendo caótica, y esa guerra terminó
mucho antes que la de Irak.
–Es que en
Afganistán ni siquiera han intentado poner orden. El presidente
que colocaron, Hamid Karzai, es, como mucho, el alcalde de Kabul, y quizá
ni eso. Aquello, en realidad, fue sólo una expedición punitiva,
un castigo por el 11-S. Cuando invadieron Irak, en cambio, esperaban ser
recibidos como libertadores y no habían calculado el riesgo de desintegración
social. Todo esto es increíble. La actual administración
de Estados Unidos me parece increíble. Su visión del mundo
es ridícula, y resulta evidente que no funcionará. No creo
que estén trabajando por el bien de nuestro país. Su política
no es ni económicamente viable. Un imperio es muy caro, a menos
que se le extraiga un beneficio. El Imperio Británico era una operación
económica eficiente. No está nada claro, por el contrario,
que Estados Unidos obtenga rendimientos del imperio que proyecta.
–Pero el Gobierno
de George W. Bush niega tener deseos imperiales. Bush y los suyos dicen
que en el fundamento de su política está el idealismo.
–Oh, ya. Usted
habrá hablado con Paul Wolfovitz (el subsecretario de Defensa),
¿no? Un amigo mío, que es funcionario gubernamental y tiene
las mismas opiniones que yo, y obviamente que usted, me contó que
había hablado con un alto cargo del Departamento de Defensa y que
éste le habíadicho: no lo entiendes, George W. Bush es como
Martin Luther King, él también tiene un sueño...
–Pese a todo,
es un Gobierno popular entre los estadounidenses.
–Su fórmula
consiste en afirmar que tenemos enemigos en todas partes, que tenemos que
embarcarnos en una guerra interminable y que cualquiera que se oponga al
Gobierno es antipatriótico. Esa es una fórmula efectiva,
capaz de persuadir a mucha gente. La paranoia es persuasiva. Es difícil
refutar a este Gobierno, incluso imaginar cómo llegará al
descrédito. Incluso si la situación económica empeora
sustancialmente, podrán decir: bueno, estamos haciendo sacrificios
para promover nuestros ideales, ¿quién no está dispuesto
a sacrificarse por los ideales americanos? No sé cómo se
puede frenar toda esta proyección de poder. Resulta especialmente
difícil porque no hay oposición. Estados Unidos tiene un
sistema unipartidista. Sólo existe el Partido Republicano, con una
filial denominada Partido Demócrata.
–Pero en poco
más de un año habrá elecciones presidenciales.
–¿Quién
fue el único demócrata que se opuso frontalmente y con elocuencia
a la invasión de Irak? Robert Byrd, un senador de 86 años,
sin ningún futuro y no exactamente un progre. (En su juventud, Byrd
perteneció al Ku Klux Klan). Hillary Clinton y Robert Schumer, los
dos senadores por Nueva York, votaron a favor de la Patriot Act (la ley
antiterrorista) y concedieron a Bush plenos poderes para hacer la guerra,
pese a que el 80 por ciento de sus electores es contrario a ambas cosas.
¿Por qué? Porque cuentan con que ese 80 por ciento, por furioso
que esté con sus representantes demócratas, no votará
a los republicanos, y en cambio, Clinton y Schumer esperan rebañar
algunos votos a la derecha. El resultado es que los demócratas sólo
actúan pensando en una pequeña minoría de sus potenciales
votantes, los más conservadores. Y que el equilibrio político
se desplaza cada vez más hacia la derecha. Es increíble que
senadores como Clinton y Schumer no se den cuenta de que su obligación
es representar a la mayoría de quienes los votan. Y luego tenemos
a Al Gore, alguien cuya carrera política se ha terminado y que podría
convertirse en un nuevo Daniel Webster (un influyente senador del siglo
XIX). No le costaría nada asumir el papel de perdedor que dice lo
que piensa y pasa a la historia como alguien con principios. Pero Gore
también ha desaparecido.
–La impresión
desde el exterior es que todo Estados Unidos está con Bush.
–Y la impopularidad
de Estados Unidos no deja de crecer. Tengo una amiga que viaja continuamente
por Asia y me dice que allá donde va encuentra un sentimiento antiamericano
fortísimo. Y ésa es la realidad, digan lo que digan el presidente
Bush, José María Aznar, Silvio Berlusconi o Tony Blair: la
mayoría de la población mundial es crítica con respecto
a Estados Unidos. El error, en algunos casos, es pensar que la Casa Blanca
ignora esos sentimientos de la gente. No sólo los conocen, sino
que además les parece perfecto. Dan por supuesto que eso es lo que
ocurre cuando se es el número uno. Dan por supuesto que la fortaleza
de Estados Unidos ha de generar miedo y resentimiento. O sea, que no existe
ninguna posibilidad de que un día digan: ¡oh! es terrible,
hemos descubierto que el mundo nos odia, hemos hecho las cosas mal. Qué
va. Consideran que el presidente de Estados Unidos es presidente de todo
el planeta, y se pasan el día diciendo que somos los mejores, los
más excepcionales; que somos buenos incluso si ocasionalmente nos
equivocamos, porque nuestras intenciones son buenas...
–Pero...
–Los republicanos
se sienten tan fuertes que no temen a nada. Algunos pueden pensar que,
por el hecho de ser tan bárbaros como son, deben ser también
estúpidos. No lo son en absoluto. Son competentes, inteligentes
y tienen valentía para defender sus perversas convicciones. Desde
Albert Speer, Leni Riefensthal y Adolf Hitler se sabe perfectamente la
importancia del espectáculo para que un líder proyecte una
imagen defuerza. Pero, en ese sentido, nunca nadie se había atrevido
a tanto como Bush. Me refiero a su aterrizaje sobre la cubierta del portaaviones
Abraham Lincoln a bordo de un avión de combate. ¡Qué
espectáculo! ¡Qué montaje! Dijeron que el buque estaba
demasiado lejos de la costa y no se podía llegar a él en
helicóptero. Luego admitieron que un helicóptero habría
bastado, pero que al presidente le hacía ilusión llegar de
esa forma. ¡Y no pasó nada!
–Si hubiera
viajado en helicóptero, Bush no habría podido fotografiarse
con uniforme de piloto de combate.
–Sí,
el uniforme que nunca tuvo que vestir durante la guerra de Vietnam... Esa
gente no tiene ningún escrúpulo. Otro ejemplo es la convención.
Como usted sabe, los partidos siempre celebran en verano la convención
en que eligen a su candidato presidencial. Pero esta vez los republicanos
han decidido cambiar un poco las cosas y se reunirán en Nueva York,
en septiembre. De esta forma, Bush iniciará oficialmente su campaña
en el aniversario del 11-S, fotografiándose en la zona cero. Es
pura desvergüenza, puro Hollywood. Esa gente está dispuesta
a ganar a cualquier precio. Estoy segura de que estarían dispuestos
a cancelar las elecciones si corrieran el riesgo de perderlas, cosa que
ahora mismo es muy improbable. Alegarían una emergencia nacional
o una nueva guerra, cualquier excusa. Porque ellos siempre tienen razón.
Para ellos, demostrar el poderío americano es bueno en sí
mismo. Daría igual si no capturaran a Saddam Hussein, daría
igual si no apareciera nunca ninguna de las armas que atribuían
al anterior régimen iraquí: la guerra estaba justificada
porque sí, y punto. En vísperas de la invasión estuvieron
jugando con cuatro o cinco excusas y al final optaron por lo de las armas
de destrucción masiva. Si el presidente no acababa con Saddam Hussein
incumplía su mandato constitucional de proteger al pueblo de Estados
Unidos. No se podía dar un día más a los inspectores
de Hans Blix, la situación requería una intervención
de urgencia porque los misiles nucleares iraquíes apuntaban ya a
nuestras ciudades... ¡Ja, ja!
–En su opinión,
¿por qué se hizo la guerra?
–Irak fue
atacado porque era el país más débil de la región
y el que padecía al dictador más despreciable. Y ahora somos
propietarios de Irak. La idea consistía en instalar grandes bases
militares en territorio iraquí, para siempre, con el fin de aligerar
la presencia de tropas en Turquía, Arabia Saudí y otros lugares
que, desde el punto de vista de la Administración, eran de fiabilidad
dudosa. Querían un Gobierno iraquí fiel a Washington, cuatro
bases en el país y el petróleo. Lo que ocurre es que las
cosas no marchan según los planes.
–En cuanto
concluyó la invasión a Irak, Bush y su Gobierno empezaron
a hablar de Siria y de Irán. ¿Tenemos por delante un futuro
de guerras?
–El gran problema
es la inexistencia de oposición política en Estados Unidos,
que no se compensa por el hecho de que haya muchos descontentos que, como
yo, hablen en público en contra de lo que está ocurriendo.
El actual consenso político favorece a un Gobierno todopoderoso,
que desea seguir contando con los recursos que proporciona una situación
de guerra. Una guerra que, por lo que dicen, se libra contra un enemigo
que no se identifica con ningún Estado en concreto y que está
en todas partes. Esta mañana leía en el periódico
que ahora queremos enviar más tropas a Filipinas para combatir la
insurrección. Todo este despliegue militar, sin embargo, provoca
rechazo en una amplia franja del ejército, la de los coroneles,
capitanes... Conozco oficiales que dan clase en las academias de West Point
y de Anápolis y que están absolutamente en contra de la política
de Bush. Son gente que se sentía representada por Colin Powell,
hasta que éste los decepcionó.
–Los altos
oficiales del ejército de Estados Unidos suelen tener muy buena
formación intelectual.
–Una de las
cosas que aprendí en Bosnia (Susan Sontag vivió en Sarajevo
buena parte del asedio serbio a la ciudad) fue que los militares merecenrespeto.
Y es verdad que los oficiales estadounidenses tienen carreras universitarias
y saben lo terrible que es la guerra. Son gente valiosa, al menos hasta
que se convierten en burócratas del Pentágono y pierden contacto
con la realidad. Saben mucho más que los civiles que los mandan,
no son estúpidos ni sanguinarios, suelen ser personas responsables,
y en muchos casos se sienten perplejos ante la situación. Déjeme
preguntarle sobre algo totalmente distinto. ¿Ha seguido el debate
sobre Cuba? Se han publicado recientemente dos manifiestos: en uno se condena
la política represiva de Fidel Castro; en otro, firmado por gente
muy respetable, como Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano
o Luisa Valenzuela, se afirma que Castro debe defender el derecho de Cuba
a la existencia frente al acoso del imperialismo americano y que Estados
Unidos planea invadir la isla, y no se habla para nada de derechos humanos.
¿Qué piensa usted de todo eso?
–Quizá
sería mejor que fuera usted quien opinara.
–Yo no creo
que Estados Unidos vaya a invadir Cuba, no es necesario. Soy totalmente
contraria a la política estadounidense respecto de Cuba, estoy contra
el embargo y creo que Castro se mantiene en el poder precisamente por el
embargo. Estoy a favor de que se comercie, de que haya turismo, de que
las relaciones sean normales y plenas. En mi opinión, Cuba ha vuelto
a ser el burdel del Caribe, lo que era en tiempos de la dictadura de Batista,
y cuenta con una horrible industria de turismo sexual. Dudo de que la abundancia
de prostitutas de 14 y 15 años en los hoteles de La Habana diga
mucho a favor del gobierno de Castro. Yo viajé a Cuba en los años
sesenta y fui muy partidaria de Fidel Castro hasta 1970. Hasta entonces,
una de las cosas que me gustaban del régimen castrista era que hubiera
terminado con la degradante prostitución masiva. Castro hizo muchas
cosas buenas en los sesenta, en materias como la educación y la
sanidad. Pero luego empezaron las persecuciones contra los homosexuales,
contra
los disidentes... Y desde que se hundió la Unión Soviética
y Cuba perdió los subsidios, se ha vuelto casi a la situación
previa a 1959. Tengo muchas ganas de que termine el actual régimen,
pero estar en contra de Castro no significa estar a favor del imperialismo
americano.
–¿Y
los dos manifiestos?
–García
Márquez es un caso especial. Tiene intensos vínculos humanos
con Cuba y con Fidel Castro, de quien es amigo. Lo cual me parece muy bien.
Pero cuando, desde Bogotá, le exigí públicamente que
explicara cómo podía estar contra la pena de muerte y a la
vez defender que el régimen cubano ejecutara a gente por delitos
menores, su respuesta fue lamentable. En resumen, insistió en que
se oponía a la pena de muerte y aseguró que había
ayudado a muchos disidentes para que pudieran huir de Cuba. ¿Es
ése un régimen que merezca ser defendido? ¿Un régimen
en el que tienes que ayudar a que la gente escape? Me pareció patético.
Yo no esperaba que Gabo García Márquez me respondiera, pero
lo hizo, por respeto hacia mi persona, según dijo. Me afecta la
posición en que se encuentra, porque lo admiro muchísimo.
Mire, yo no creo que los escritores estén obligados a hablar de
política, ni yo ni ninguno. Pero ciertos escritores, con cierta
historia, sí están obligados a opinar en ciertas situaciones.
Si no hablan, su silencio es político. Creo que ése es el
caso de García Márquez. También ha sido el mío
en otras ocasiones. Nunca quise opinar sobre la cuestión de Israel
y Palestina. Yo soy judía, laica al doscientos por ciento, y más
laica con cada minuto que vivo, porque veo los horrores que se cometen
en nombre de la religión. Mi identidad judía procede del
simple hecho de que desciendo de judíos polacos que emigraron a
Estados Unidos en el siglo XIX. Como a muchos otros, me pesa el Holocausto,
y no me sentía confortable criticando a Israel, pese a que era consciente
de las crueldades de la ocupación israelí... Estuve allí
durante la guerra de 1973 y comprobé que la auténtica tragedia
consistía en que ambas partes están equivocadas. Filmé
una película, titulada La tierra prometida, y decidí no volver.
Cuando me pedían que adoptara una posición, me negaba. Hasta
que, hace dos años, me dieron el Premio Jerusalén, una especie
deNobel sin dinero que habían ganado escritores tan maravillosos
como Graham Greene, y decidí aceptarlo, y fui a recogerlo a Israel.
Muchos amigos me pidieron que no fuera, que boicoteara el premio, pero
yo no creo en boicoteos ni dejaría de ir a un país por estar
en desacuerdo con su gobierno. Pasé una semana moviéndome
por Israel; fui a los territorios, a Gaza; me reuní con Yasser Arafat,
aunque no me apetecía nada verle, y decidí hablar. No era
posible seguir en silencio. Nada, ni siquiera el horror de los terroristas
suicidas palestinos podía justificar la crueldad, la opresión
y la humillación ejercidas sobre los palestinos. Tomo partido, y
reclamo el total desmantelamiento de los asentamientos judíos y
la retirada de Israel a las fronteras de 1967. Dicho esto, creo que Gabo
García Márquez no puede seguir siendo amigo de Castro y a
la vez calificarse a sí mismo de periodista. García Márquez
dirige una escuela de periodismo en Cartagena de Indias. Bien, si se considera
periodista, debe estar a favor de la libertad de expresión y en
contra de que se encarcele a la gente por delitos de opinión, como
ocurre en Cuba. ¿Cómo puede callarse y seguir apoyando a
Fidel Castro? Incluso José Saramago, militante del Partido Comunista
portugués, ha sentido que no podía seguir en silencio y ha
criticado el régimen cubano. Contra Castro estamos gente tan distinta
como yo; Pedro Almodóvar, al que quiero mucho y de quien me siento
muy cercana, y Mario Vargas Llosa, de quien estoy claramente más
lejos. No importa con quién esté uno, sino lo que es correcto,
lo que es justo. Me opongo a que se utilice la crítica al imperialismo
americano, muy justificada, pera defender una dictadura horrenda.
–Las posiciones
intelectuales suelen ser menos fáciles y más confusas en
situaciones de crisis grave, como una guerra. Usted se refiere a una situación
así, la de la Guerra Civil española, en su último
ensayo Mirando el dolor de los otros.
–Sí,
empiezo el libro con la reacción de Virginia Woolf frente a las
fotografías de atrocidades difundidas por el gobierno republicano
de Madrid. La guerra de España fue el momento central del siglo
XX, el momento en que muchas cosas quedaron claras, el primer conflicto
realmente fotografiado. Y aunque en este último libro no me extiendo
en el asunto como en anteriores ocasiones, ocurrió que muchos, desde
fuera, se sintieron incapaces de criticar el papel de la Unión Soviética
y de los comunistas, porque pensaban que eso dañaría al bando
que ostentaba la legalidad y la razón, el republicano, y favorecería
a los insurgentes. Esa es una lección que me repito una y otra vez
a mí misma. Nunca es necesario elegir entre la verdad y la justicia.
Hay que estar con ambas.