LA
JORNADA de México - 24 de Julio de 2004
Ante
el dolor de los demás
Susan
Sontag
La escritora y activista estadunidense
Susan Sontag, quien el año pasado recibió los premios Príncipe
de Asturias de las Letras, y el de la Paz, concedido este último
por los libreros alemanes, da a conocer su nueva novela en español,
Ante
el dolor de los demás, publicada por Alfaguara, en la que con
su característica sagacidad literaria y lucidez de pensamiento explora
las atrocidades de la guerra. Con autorización de la editorial ofrecemos
a nuestros lectores un adelanto del libro de Sontag
La primera
tentativa de gran alcance de documentar un conflicto la emprendió
unos años más tarde, durante la guerra de Secesión
de Estados Unidos, una casa fotográfica que dirigía Mathew
Brady, el cual había hecho varios retratos oficiales del presidente
Lincoln. Las fotografías bélicas de Brady -que en su mayoría
hicieron Alexander Gardner y Timothy O'Sullivan, si bien su empleador se
llevaba siempre el crédito- mostraban temas convencionales, como
campamentos en los que residen soldados de infantería y oficiales,
poblaciones en la ruta del conflicto, artillería, buques, así
como las muy célebres de soldados unionistas y confederados muertos
que yacen sobre el terreno bombardeado de Gettysburg y Antietam. Si bien
el acceso al campo de batalla fue un privilegio que el propio Lincoln concedió
a Brady y su equipo, los fotógrafos no fueron comisionados como
lo había sido Fenton. Su prestigio se desarrolló de un modo
más norteamericano, pues el patrocinio nominal del gobierno cedió
el paso al vigor de las motivaciones empresariales y la autonomía.
La justificación primera de
estas fotos de soldados muertos, inteligibles hasta la brutalidad y que
manifiestamente violaban un tabú, fue el deber elemental de dejar
constancia. ''La cámara es el ojo de la historia", es la supuesta
declaración de Brady. Y la historia, evocada como verdad inapelable,
se alió con el creciente prestigio de una idea según la cual
determinados temas precisan de atención adicional, denominada realismo,
y que pronto tuvo mayores defensores entre los novelistas que entre los
fotógrafos. En nombre del realismo, estaba permitido -se exigía-
mostrar hechos crudos y desagradables. Semejantes fotos también
transmiten ''una moraleja útil" al mostrar ''el horror nítido
y la realidad de la guerra, en contraste con su boato", escribió
Gardner en el texto que acompaña la foto de O'Sullivan de los soldados
confederados caídos, con sus rostros agónicos dirigidos al
espectador, en el álbum de sus imágenes y de otros fotógrafos
de Brady que publicó después de la guerra. (Gardner dejó
su empleo con Brady en 1863). ''¡Aquí están los espantosos
pormenores! Que sirvan para evitar que otra calamidad semejante se abata
sobre nuestra nación". Pero la franqueza de las fotos más
memorables del Gardner's Photographic Sketch Book of the War [Libro
de bocetos fotográficos de la guerra de Gardner] (1866) no implica
que él y sus colegas hubieran fotografiado necesariamente a los
sujetos tal como los encontraron. Fotografiar era componer (poner sujetos
vivos, posar) y el deseo de arreglar los elementos de la foto no desapareció
porque el tema estuviera inmovilizado o inmóvil.
No debería sorprender entonces
que muchas imágenes canónicas de las primeras fotografías
bélicas hayan resultado trucadas o que sus objetos hayan sido amañados.
Después de llegar al muy bombardeado valle en las proximidades de
Sebastopol en un cuarto oscuro tirado por caballos, Fenton hizo dos exposiciones
desde idéntica posición del trípode: en la primera
versión de la célebre fotografía que tituló
El
valle de la sombra de la muerte (a pesar del título, la Brigada
Ligera no emprendió su fracasada carga en este paraje), las
balas de cañón se acumulan en el suelo a la izquierda del
camino, pero antes de hacer la segunda foto -la que siempre se reproduce-
vigiló que las balas de cañón se dispersaran sobre
el camino mismo. Una de las fotos de un sitio desolado donde en efecto
había habido muchos muertos, la imagen que hizo Beato del devastado
palacio Sikandarbagh, supuso un arreglo mucho más minucioso de su
asunto, y fue una de las primeras representaciones fotográficas
de lo horrendo en la guerra. El ataque se había efectuado en noviembre
de 1857, y al terminar las tropas británicas victoriosas y las unidades
indias leales registraron el palacio salón por salón, pasando
a bayoneta a los 800 defensores cipayos sobrevivientes, los cuales ya eran
sus prisioneros, y arrojando sus cadáveres al patio; los buitres
y los perros hicieron el resto. Para la fotografía que tomó
en marzo o abril de 1858, Beato construyó las ruinas como un campo
de insepultos, situando a algunos nativos junto a dos columnas al fondo
y distribuyendo huesos humanos por el patio.
Al menos eran huesos viejos. Ahora
ya se sabe que el equipo de Brady dispuso de nuevo y desplazó a
algunos de los muertos frescos en Gettysburg: la fotografía titulada
La
guarida de un francotirador rebelde, Gettysburg muestra de hecho a
un soldado confederado muerto, trasladado de donde había sido abatido
en el campo a un sitio más fotogénico, un recoveco formado
por varias rocas que rodean una barricada de piedras, y se incluye un fusil
de utilería que Gardner apoyó en la barricada junto al cuerpo.
(No parece haber sido el fusil especial que un francotirador habría
usado, sino el de un soldado de infantería común; Gardner
no lo sabía o no le importó). Lo extraño no es que
muchas fotos de noticias, iconos del pasado, entre ellas algunas de las
más recordadas de la Segunda Guerra Mundial, al parecer hayan sito
trucadas; sino que nos sorprenda saber que fueron un truco y que ello siempre
nos decepcione.
Descubrir que las fotografías
que al parecer son registro de clímax íntimos, sobre todo
del amor y de la muerte, están construidas nos consterna especialmente.
Lo significativo de Muerte de un soldado republicano es que es un
momento real, captado de modo fortuito; pierde todo valor si el soldado
que se desploma resulta que estaba actuando ante la cámara de Capa.
Robert Doisneau nunca declaró explícitamente que la fotografía
para Life de una joven pareja que se besa en una acera cerca del
Hôtel de Ville parisino en 1950 tuviera la categoría de instantánea.
Sin embargo, la revelación, más de 40 años después,
de que la foto había sido una escenificación con una mujer
y un hombre contratados por ese día a fin de que se besuquearan
ante Doisneau provocó muchos espasmos de disgusto entre quienes
la tenían por una visión preciosa del amor romántico
y del París romántico. Queremos que el fotógrafo sea
un espía en la casa del amor y de la muerte y que los retratados
no sean conscientes de la cámara, se encuentren con ''la guardia
baja". Ninguna definición compleja de lo que es o podrá ser
la fotografía atenuará jamás el placer deparado por
una foto de un hecho inesperado que capta a mitad de la acción un
fotógrafo alerta.
Si damos por auténticas sólo
las fotografías resultantes de que el fotógrafo se encuentre
en las proximidades, con el obturador abierto, justo en el momento preciso,
se podrán considerar pocas imágenes de la victoria. Tómese
la acción de hincar una bandera en una colina mientras la batalla
toca a su fin. La célebre fotografía del levantamiento de
la bandera estadunidense en Iwo Jima el 23 de febrero de 1945 resulta ser
una ''reconstrucción" de un fotógrafo de la Associated Press,
Joe Rosenthal, de la ceremonia matutina del levantamiento de la bandera
que siguió a la captura del Monte Suribachi, reconstruida aquel
mismo día pero más tarde y con una bandera más grande.
La historia de otra imagen de la victoria, también icónica,
que el fotógrafo de guerra soviético Yevgeny Khaldei tomó
de soldados rusos enarbolando la bandera roja sobre el Reichstag, mientras
Berlín aún arde el 2 de mayo de 1945, es que la proeza se
organizó ante la cámara. El caso de una fotografía
optimista, muy difundida, hecha en Londres en 1940 durante el blitz
es más complejo, pues el fotógrafo, y por ello las circunstancias
de su realización, son desconocidas. La foto muestra, a través
de una pared faltante de la biblioteca sin techo y absolutamente arruinada
de la mansión Holland, a tres caballeros de pie sobre los escombros,
más o menos apartados unos de otros frente a dos paredes de estanterías
milagrosamente intactas. Uno mira los libros; otro engancha el dedo en
el lomo de uno que está a punto de retirar del anaquel; otro más,
libro en mano, lee: la elegante composición del cuadro tiene que
haber sido dirigida. Es grato imaginar que la foto no es la invención
a partir de cero de un fotógrafo merodeando por Kensington después
de un ataque aéreo, el cual había llevado a tres individuos
para interpretar a tres curiosos impertérritos cuando descubrió
la biblioteca de la gran mansión jacobea cercenada y a la vista,
sino más bien que los tres caballeros habían sido vistos
satisfaciendo sus apetitos librescos en la mansión destruida y el
fotógrafo había hecho poco más que espaciarlos de
modo distinto a fin de conseguir una foto más mordaz. En todo caso,
la fotografía conserva el encanto y la autenticidad de la época
que celebra un ideal ya desaparecido de entereza nacional y sangre fría.
Con el tiempo, muchas fotografías trucadas se convierten en pruebas
históricas, aunque de una especie impura, como casi todas las pruebas
históricas.
Sólo a partir de la guerra
de Vietnam hay una certidumbre casi absoluta de que ninguna de las fotografías
más conocidas son un truco. Y ello es consustancial a la autoridad
moral de esas imágenes. La fotografía de 1972 que rubrica
el horror de la guerra de Vietnam, hecha por Huynh Cong Ut, de unos niños
que corren aullando de dolor camino abajo de una aldea recién bañada
con napalm estadunidense, pertenece al ámbito de las fotografías
en las que no es posible posar. Lo mismo es cierto de las más conocidas
sobre la mayoría de las guerras desde entonces. Que a partir de
la de Vietnam haya habido tan pocas fotografías bélicas trucadas
implica que los fotógrafos se han atenido a normas más estrictas
de probidad periodística. Ello se explica en parte quizá
porque la televisión se convirtió en el medio que definía
la difusión de las imágenes bélicas en Vietnam y porque
el intrépido fotógrafo solitario con su Leica o Nikon en
mano, operando sin estar a la vista buena parte del tiempo, debía
entonces tolerar la proximidad y competir con los equipos televisivos:
dar testimonio de la guerra ya casi nunca es un empeño solitario.
En sus aspectos técnicos las posibilidades de arreglar o manipular
electrónicamente las imágenes son mayores que nunca, casi
ilimitadas. Pero la práctica de inventar dramáticas fotos
noticiosas, de montarlas ante la cámara, parece estar en vías
de volverse un arte perdido.