El
Periódico de Catalunya - 29 de diciembre
de 2004
¡"Good
Bye" Susan!
SIN SUSAN nos quedan pocos autores
de la mejor América. Nos ayudaron a pensar por nosotros mismos y
se van yendo. Tengo una fotografía de Susan en la pared. Lo mejor
es la claridad que ha dejado bajo el marco.
Joan
Barril
Si yo, de joven, hubiera sido Dustin
Hoffman en El graduado hubiera renunciado a un par de matrículas
de honor para acostarme no con la señora Robinson, sino con Susan
Sontag, que acaba de dejarnos un poco más huérfanos precisamente
cuando el mundo se hunde bajo las olas. Si añadimos una ene
de más a su apellido, Sonntag sería en alemán
domingo, el día del sol. Y la luz solar de Susan nos ha servido
para mucho. Es más: nos sigue sirviendo para mucho. Susan,
con su cabellera negra tirando a gris, parecía realmente un personaje
de película. Pero no de película de Mike Nichols,
sino de Woody Allen, esas historias de texto y de debate en la que
los judíos no practicantes como Susan buscaban un sentido
a su vida y dudaban del papel de Estados Unidos en el mundo.
Conocí a Susan en su
magnífico libro Contra la interpretación. En aquella
Europa post-68 que necesitaba a los ismos como la tabla de salvación
que nos permitía flotar en la ciénaga de las ideologías,
Susan nos aconsejaba desde el otro lado del Atlántico que
nos desnudáramos de los apriorismos y que afrontáramos los
textos con una inteligencia virginal. Venía a decirnos que las ideas
no estaban en nosotros, sino que estaban en los libros. Y que el mínimo
respeto a la obra escrita significaba ponernos a su disposición
aunque sólo fuera para sacar de la lectura las dudas más
fértiles.
Acostumbrado a lecturas abstrusas
más cercanas al catecismo marxista que al placer del pensamiento,
Susan era la voz de la conciencia. La escuchaba dentro de mí
cuando cerraba su libro, como una voz que decía: "A mí también
me gustaría ser europea, pero esa Europa necesita que alguien le
abra las ventanas". La ortodoxia marxista no se atrevió a llevar
los libros de Susan a la hoguera de los traidores. Era una liberal
en el sentido más norteamericano del término liberal. Alguien
que podía enfrentarse al poderosísimo establishment
ideológico de Estados Unidos y mantenerse en la peana del respeto.
Fue la luchadora feminista desde la más inteligente de las posiciones.
Sabía que en su país la mujer con poder vendría de
la mano del partido republicano y no erró el pronóstico.
Habló del cáncer que la atenazaba y estableció comparaciones
y disensiones entre su enfermedad y aquella mística tuberculosis
que inspiró a tantos escritores de principios del siglo 20. Susan
no se encerró en ningún sanatorio de ninguna montaña
mágica, sino que decidió quedarse sobre el terreno para dar
carta de naturaleza al arte fotográfico y para no morderse la lengua
a la hora de denunciar a los políticos de su país por torpes
y ultraderechistas, a García Márquez por hipócrita,
al escritor alemán Martin Walser por ser condescendiente
con el Holocausto, a Sharon por genocida y a ETA por atentar contra
la población civil.
Susan no tenía bastante
con ser liberal. Susan era libérrima. Y ahora que se nos
ha ido, con su melena gris al viento y su modernísima obra todavía
vigente, me siento deudor de esa embajadora de la mejor América.
Quería exponer la complejidad en un mundo de McDonald's. Y eso,
ahora va a ser más difícil, incluso en su querida Europa.