Página/12
de Argentina - 29 de diciembre de 2004
A los 71 años,
murió la escritora, ensayista
y cineasta Susan Sontag
Adiós
a la voz más crítica del Imperio
Ni las amenazas de la derecha
más reaccionaria la hicieron callar: desde los ‘60, Susan Sontag
demostró con palabras y hechos su hondo compromiso por buscar un
mundo menos cruel.
Silvina
Friera
La izquierda perdió a una de
las mejores polemistas, considerada la más europea de los escritores
estadounidenses. La escritora y ensayista que encabezó el movimiento
intelectual posterior al mayo del ’68, la defensora de las utopías
como expresión de que es posible construir un mundo mejor, dueña
de una prosa maravillosamente provocadora, que estuvo en contra de todas
las guerras, la mujer que siempre repitió que “como ciudadana del
mundo y ser humano” se sintió obligada a usar su voz pública
a favor de los que no tienen voz. Utilizaba las palabras –y qué
bien lo hacía– para desmontar las mentiras de una sociedad con la
que nunca comulgó: se sentía avergonzada de ser estadounidense,
detestaba la vanidad y la violencia de esa cultura de masas que arrasaba
la cultura de otros países. Ayer murió Susan Sontag, a los
71 años, a causa de la leucemia. “Yo desprecio y temo a Bush”, dijo,
convencida de que hay un velado interés de dominación absoluta
por parte del gobierno de su país. “En ese sentido –agregó
la ganadora del Premio Príncipe de Asturias 2003– es seguro que
Estados Unidos verá el desplome de más Torres Gemelas y Pentágonos.”
Sontag nació el 16 de enero
de 1933 en Nueva York; durante su niñez, a la que recordó
como de la de “una solitaria”, la lectura iluminaba sus días. “A
los ocho o nueve años leí todo Shakespeare”, confesó.
Estudió en las universidades de California, Chicago (donde se licenció
en Filosofía y Letras en 1951), París y Harvard. Por su vasta
formación filosófica y su pasión por la literatura
de vanguardia, la escritora, opinaba su colega Gore Vidal, se convirtió
“más que ningún otro estadounidense, en el eslabón
con la literatura europea actual”, editando textos escogidos de Roland
Barthes y Antonin Artaud. Su carrera literaria comenzó en 1963 cuando
publicó su novela El benefactor. “Tengo la impresión de que
la literatura amplió mi capacidad de compasión”, estimó,
por “la forma de llevarnos a mundos diferentes, envolvernos en su contexto,
y hacernos sentir partícipes de una historia ajena”. A partir del
éxito internacional de sus ensayos reunidos en Contra la interpretación
(1966) y Notas sobre lo camp, se transformó en una autoridad en
lo referente a costumbres de su país.
En 1968 fue enviada como periodista
a la guerra de Vietnam, una experiencia que marcó su vida. Sontag,
también cineasta, filmó a las tropas israelíes en
la guerra de Oriente Próximo en 1973 y dirigió una película,
Tierra prometida, en los Altos del Golán. A mediados de los ‘70
le diagnosticaron cáncer: con esa misma actitud combativa con la
que se comprometía en luchas políticas y sociales, le torció
el brazo a la muerte escribiendo La enfermedad y sus metáforas (1977).
Después se sucedieron otros títulos de Sontag, traducida
a 26 idiomas: Sobre la fotografía (ensayo), Yo, etcétera
(relatos), Bajo el signo de Saturno (ensayos), Ante el dolor de los demás
(ensayo de 2003) y las novelas El amante del volcán y En América,
texto de ficción histórica por el que ganó el National
Book Award en 2000, uno de los premios más prestigiosos de su país.
La autora, que sostenía que
los intelectuales debían comprometerse, cuestionó duramente
a los escritores que se negaron a viajar a Bosnia, viaje que ella realizó
en plena guerra, para impartir clases en la Academia Dramática de
Sarajevo. Allí montó, en colaboración con el director
bosnio Haris Pasovic y actores de diferentes etnias, Esperando a Godot,
de Samuel Beckett. Regresó varias veces para dar clases de cine
y desarrollar proyectos de enseñanza. Decía, después
de las imágenes más espeluznantes que le tocó presenciar,
que para imaginar Sarajevo había que multiplicar a Bagdad por 500.
“No había vida normal. No había agua, electricidad, teléfonos,
las escuelas estaban cerradas. Se estaba bajo un continuo bombardeo”, recordó
la escritora, que en 1993 participó de la fundación del Parlamento
Internacional de Escritores, creado para defender la libertad de expresión
y proteger a los autores perseguidos. Aunque se quejaba ante los medios
de comunicación porque la consideraban una “máquina de opinión”,
Sontag arremetía contra casi todo, especialmente contra los políticos.
No dejaba títere con cabeza. Sobre la política norteamericana
tras los atentados del 11-S e Irak dijo que en EE.UU. hay un partido, el
republicano, y no hay oposición porque los demócratas son
un mero apéndice. Según la escritora, su país marcha
hacia una política imperial. “Estamos en el fin de la república
y el inicio del imperio. Clinton era Julio César y ese señor
horrible de Texas es Augusto.” Respecto de Arnold Schwarzenegger, señaló
que es “un mal chiste que salió de la nada” y lo comparó
con Berlusconi, a quien la gente prefiere en Italia porque “es rico y tonto”.
“En política pasa como en la música, que no quieren a Mozart
y prefieren a las Spice Girls”, resumió las nuevas tendencias de
los votantes estadounidenses. Cuando se revelaron las torturas en la prisión
iraquí de Abu Ghraib, Sontag ironizó: “En EE.UU. evitamos
la palabra tortura, decimos abusos, humillaciones, pero la palabra justa
es tortura”. Y recibió una lluvia de críticas cuando publicó
un ensayo en The New Yorker en el que afirmaba que los atentados del 11
de septiembre de 2001 no habían sido “cobardes”, como los calificó
Bush, sino un “acto llevado a cabo como consecuencia de las alianzas y
acciones específicas de Estados Unidos”.
Cuando en 2001 recibió el
Premio Jerusalén de Literatura, el más prestigioso de Israel
para escritores extranjeros, aceptó el galardón pese a las
presiones para que lo rechazara. La escritora, judía no practicante,
aprovechó la oportunidad para condenar la política de ocupación
israelí en los territorios palestinos y advirtió que la única
solución sería la creación de un Estado binacional
con la desaparición del Estado de Israel. En 1999 polemizó
con el escritor austríaco Peter Handke, a quien criticó por
su defensa de las posiciones serbias en los Balcanes. Otro blanco de sus
objeciones fue Gabriel García Márquez, a quien recriminó
en la Feria del Libro de Bogotá, el año pasado, por su silencio
respecto de las ejecuciones y condenas de disidentes en Cuba. Aunque aseguró
que amaba la obra del autor de Cien años de soledad, Sontag opinó
que “él no dice la verdad sobre Cuba por su amistad con Fidel Castro,
aunque dispone de información de primera mano”. Y la escritora recordó
lo que le respondió el colombiano. “Su respuesta fue ridícula.
Dijo que está en contra de la pena de muerte y que en privado ayudó
a mucha gente. Eso demuestra que sabe lo que pasa. José Saramago
es comunista y apoyaba sin condiciones al régimen cubano, pero declaró
que ya no podía apoyarlo por más tiempo. García Márquez
me dio pena, pero es ridículo. Necesitamos la verdad.”
Aunque recibió amenazas de
muerte por sus afirmaciones acerca de los ataques terroristas a las Torres
Gemelas, a Sontag no le preocupaba lo que podía sucederle. Lo único
que la desvelaba eran los cambios que se estaban produciendo en su país.
La escritora que les hizo frente a distintas guerras –reales y metafóricas–
perdió su última batalla.