Periodista
Digital de España - 29 de diciembre de
2004
El lenguaje
del valor
Carlos
Fuentes El País
Conocí a Susan Sontag una asoleada
tarde de julio de 1963 en Nueva York. Mi editor norteamericano, Roger Straus
(desaparecido en 2004), me invitó a comer al hotel Stanhope, en
la Quinta Avenida. Por ser día de calor, el hotel había dispuesto
un café al aire libre en la acera frente al Museo Metropolitano.
Busqué la cabeza blanca y rizada de Straus, un hombre seductor,
con un toque de dandy neoyorquino de los años treinta, una risa
domeñada y una mirada traviesa.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial,
Roger había adquirido la firma Farrar, Straus y se había
distinguido, rara avis, por la atención prestada a autores extranjeros.
La nueva literatura italiana era su terreno preferido (Moravia, Silone,
Morante, Pavese, Levi), pero su interés por Latinoamérica
fue iniciático. Fue Straus quien rescató del anonimato a
la chilena María Luisa Bombal y redescubrió para la lengua
inglesa al brasileño Machado de Asis, además de encargarse
de las ediciones populares de Alejo Carpentier.
Ahora entraba yo a la legión
literaria de Straus, pero él, aquel caluroso día de verano,
me preparaba una singular sorpresa: conocer a Susan Sontag, que jamás
pertenecería a legión alguna, pues era dueña de una
individualidad que, pronto lo supe, era el ancla profunda y poderosa de
su enorme capacidad para llegar con entereza intelectual a los dominios
compartidos: la comunidad, la sociedad, la polis, los otros.
Parecía una heroína
bíblica. Muy alta. Muy morena. Larga cabellera negra. Sonrisa como
un regalo -que no una concesión- de su fundamental seriedad. Ojos
negros y perpetuamente interrogantes. Y el cerebro más rápido
e intransigente que me ha cabido, en vida, conocer. No fue casual que su
primera pregunta, al sentarme con ella y Straus, fue: "¿Qué
opinas de la relación entre Hegel y Feuerbach?". Esto, que en otra
persona hubiera infundido pavor a quien lo escuchase, no dejó, en
efecto, de alarmarme, si no me hubiese dado cuenta en el acto que Susan
Sontag planteaba toda la relación de amistad a partir del respeto
y el desafío a la inteligencia del otro. No se trataba, en realidad,
de hablar de dos filósofos alemanes, sino de establecer de inmediato
el nivel de la amistad como una forma de la inteligencia. O viceversa.
Que ese inmenso talento de Susan
Sontag no se detenía en la razón, sino que comprendía
al corazón, lo llegué a entender a lo largo de una amistad
que, si no fue todo lo frecuente que yo hubiese deseado, siempre fue estelar,
un verdadero collar de discretas joyas llamadas imaginación, información,
curiosidad, calor humano y, sobre todo, la convicción profunda de
que la literatura es el aposento de una sensibilidad verbal sin la cual
desertamos el don mayor de los seres humanos: comunicarnos con palabras.
Porque cuando mueren las palabra, sobreviene la "selva salvaje" de la violencia,
la ignorancia y la guerra de todos contra todos.
No minimizo la producción
literaria de Sontag si recuerdo que este humanismo verbal propio de su
perfil la pinta de cuerpo entero. Susan estuvo presente en Vietnam para
denunciar el error de una guerra y en Sarajevo para averiguar el horror
de otra. Su batalla política final la dio contra el Gobierno de
George W. Bush y los peligros de una política externa producto de
la ignorancia, la soberbia y el peligro de suprimir, en los propios EE
UU, las libertades públicas. Fue la primera y más fuerte
de los intelectuales del norte contra la pandilla de la Casa Blanca y las
teorías suicidas del unilateralismo y la guerra preventiva.
La inteligencia ciudadana de Susan
Sontag hubiese bastado para acreditar su importancia moral. Ello no bastaría,
sin embargo, para olvidar que, ante todo, Susan fue una de las mayores
voces intelectuales de América y del mundo. Y seguramente, una de
las más renovadoras. Su gran aporte consistió en revelar
el valor de lo popular, la importancia de lo que parecería menos
importante, el cine, la moda, la cursilería, el camp, la relevancia
de lo marginal, excéntrico, perecedero, las obras del tiempo en
su sentido más radical. Cuando la eternidad se mueve, la llamamos
tiempo, escribió Platón. Ese movimiento del tiempo, la certeza
de que la inmortalidad no se sabe inmortal y de que nuestras vidas se disminuyen
si dejan pasar, con aire solemne, las mil y una diversiones de la vida
cotidiana, son temas que le dieron una originalidad necesaria a obras como
Contra la interpretación y La voluntad radical.
Sontag, dentro de la caverna de Platón,
veía la proyección del cine de Fassbinder y de Ichikawa,
del arte de Warhol y de los ensayos de Barthes.
Pero hubo un momento en el que Susan
Sontag entró de lleno en temas que claman nuestra atención
y no la obtienen, entre otros motivos, porque carecen de atractivo estético.
La enfermedad en general. Y el sida en particular. Metáforas del
mal que quisiéramos ocultar en sombra y nombrar en silencio, Sontag
las llevó a la luz pública, a la reflexión humanista,
a la revelación. Consciente de que el dolor requiere un lenguaje,
Sontag le dio las palabras indispensables a las enfermedades silenciadas,
trátese de la tuberculosis ayer o del sida hoy.
Lo hizo con el valor y el tacto con
que esta admirable mujer empleaba el lenguaje. Su mayor orgullo literario
era ser novelista. El benefactor, Estuche de muerte, Yo, etcétera,
El amante del volcán y En América son obras de extrema fidelidad
al credo de Sontag: la literatura es la reserva primaria de la sensibilidad.
Tuve muchos momentos de amistad con
ella. Como cojurados en el Festival Cinematográfico de Venecia del
año 1967, cuando disputamos preferencias estéticas, ella
favorable a Godard, Moravia a Pasolini y Juan Goytisolo y yo -montoneros
hispánicos- a favor del, finalmente, premiado Buñuel. En
las playas del Lido, Susan tenía por lectura ligera, de vacaciones,
a Henry James. En los cafés de Manhattan, descubrió antes
que nadie en América la gran novela de Italo Calvino Si una noche
de invierno un viajero y me confió -alegría compartida- que
"ésa es la novela que me hubiese gustado escribir". Este sentimiento
de la admiración y la sorpresa -la capacidad de descubrir y querer
lo desconocido, prueba de juventud permanente- era habitual en ella y nos
llevaba a sus amigos a leer lo que, sin ella, acaso hubiese pasado desapercibido.
Recuerdo así su contagiosa lectura de Sebald, de Nadas, de Manea,
de Kuzniewicz. El redescubrimiento de Rulfo, cuyo Pedro Páramo prologó.
La invité a participar en
las conferencias acerca de la geografía de la novela en El Colegio
Nacional de México donde, rodeada del entusiasmo del público
y del amistoso calor de Juan Goytisolo, José Saramago, Sealtiel
Alatriste y J. M. Coetzee, Sontag hizo un relato magistral de cómo
puso en escena, en medio de los horrores de la guerra de Sarajevo, la obra
de Samuel Beckett Esperando a Godot, y cómo, en una ciudad asediada,
un teatro del asedio devolvía a los espectadores ese otro nombre
de la acción que llamamos "esperanza". La vi por última vez
en Montreal el mes de marzo del 2004. Recuperada de dos batallas contra
el cáncer, me dijo sonriendo: "Como en el béisbol, la tercera
es la vencida. Three strikes and your are out".
La "vencida" llegó con la
Navidad del 2004. La noticia de su muerte me retrotrae a ese diálogo
reciente en Montreal, cuando Susan culminó nuestra conversación
sobre agendas de nuestro tiempo con una rotunda afirmación: "La
condición femenina, el acceso de la mujer a la dignidad, al trabajo,
a la ley, a la plena personalidad, será el tema central del siglo
XXI".
Recordé, escuchándola,
viéndola transformada por la enfermedad, a la joven de 18 años
que se atrevió a pedirle una entrevista a Thomas Mann en Los Ángeles
y, ya frente a él, no supo qué decir. La admiración
la rindió. Pero acaso un día, Susan recordó al Settembrini
de La montaña mágica cuando nos dice que no hay gran literatura
que no se refiera al sufrimiento y que no esté dispuesta, como literatura,
a asistirnos, a apoyarnos ante el dolor.
Y acaso recuerdo para siempre algo
que le debo al accidente del cine: la imagen de la niña Susan interpretando
el papel de la fiera Pearl Chávez -ya de grande, Jennifer Jones-
en la película Duelo al sol. Filmada en la Arizona de su infancia,
la obra de King Vidor preserva para siempre la mirada melancólica
de una niña morena, de cabellera larga con flores en el pelo.