Periodista
Digital de España - 29 de diciembre de
2004
Una belleza
no sólo física
Juan
Goytisolo El País
La conocí en el Lido de Venecia
en agosto de 1967. Había leído ya algunos de sus ensayos
y la admiraba profundamente. Los dos formábamos parte del jurado
que concedió el León de Oro a Belle de jour, de Buñuel.
La vi en la playa mientras jugaba con su hijo David, entonces un muchacho
ni siquiera adolescente, y me llamó la atención la belleza,
no sólo física, que irradiaba.
Cuando un par de años después
se instaló en París cenábamos regularmente con ella
Monique Lange y yo. En la revista Libre publiqué una entrevista
que constituyó uno de los primeros manifiestos feministas inteligentes
y que tuvo mucho impacto en el mundo intelectual y literario. En 1975 estaba
yo en Nueva York cuando me comunicaron que estaba gravísima, que
se estaba muriendo de cáncer. Con esa energía y vitalidad
que la caracterizaban luchó de una forma extraordinaria contra la
enfermedad y logró superarla.
Nos vimos luego varias veces en Nueva
York, cuando iba allí a dictar mis conferencias, y en 1993 coincidí
con ella en Berlín. Acababa de volver de Sarajevo y me convenció
de la necesidad de que fuera allí a testimoniar de lo que ocurría.
Nunca le agradeceré bastante ese consejo. Pasé con ella unas
jornadas inolvidables mientras preparaba los ensayos de Esperando a Godot
en un teatrito sin luz eléctrica, iluminado sólo por velas.
A raíz de ello escribí el guión del documental Esperando
a Godot en Sarajevo, que presenté en Madrid a finales de 1993.
En la segunda y terrible acometida
de la enfermedad, tuvo la energía de completar una de sus mejores
novelas, El amante del volcán. Estuve con ellas varias veces en
Madrid y Barcelona con motivo de la presentación de sus novelas
y a mediados de este año me enteré de la tercera acometida
de la enfermedad.
Desde entonces me mantuvo informado
a través de amigos de la gravedad de su situación, pero no
he intentado comunicarme directamente con ella. Inútil decir que
la noticia me ha dejado anonadado.
La voz combativa y libre de Susan
Sontag se apagó ayer en un hospital de Nueva York. La escritora,
nacida en esa misma ciudad en 1933, falleció tras librar largas
batallas contra varios tipos de cáncer que le minaron la salud desde
los años setenta y cuyo padecimiento le había llevado a escribir
su libro La enfermedad y sus metáforas. Había recibido el
Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2003 por una intensa
carrera de escritora comprometida y valiente que empezó en 1963
con El benefactor. Alternó la novela, el teatro y el ensayo, su
obra se tradujo a 30 idiomas y fue de las pocas intelectuales críticas
que se alzaron en su país contra la guerra de Irak, como antes lo
había hecho contra Vietnam y otros conflictos.